CAPÍTULO 52
Cuando Attaegina escuchó los cuernos de guerra supo inequívocamente que el Cosmos había atendido su petición y le enviaba una señal. Pero no esperaba una tempestad semejante.
En un abrir y cerrar de ojos, todos los hombres de armas de palacio corrían de un lado a otro, asomándose a ventanas y balcones para calibrar la magnitud del peligro.
─ ¡Soldados de Teff! ─ gritó alguien para dar la voz de alarma al resto. Y entonces empezó el caos.
Pira se había acostumbrado a que las alimañas abordaran los muros del reino de tanto en tanto. Pero la palabra Teff simbolizaba un enemigo muchísimo peor, especialmente ahora.
─ ¡Keriel! ¡Llevan a Keriel!
Al oír aquel nombre, a Attaegina le dio un vuelco el corazón. Necesitaba comprobarlo por sí misma. O quizás necesitaba ver a Halcón sin importarle si parecía un humano, una bestia o una mezcla de ambos.
Subió rápidamente por uno de los torreones hasta la azotea, el punto más alto de palacio.
Y cuando se asomó el tiempo se detuvo: en la lejanía, sus ojos y los de Halcón se encontraron.
Se fundieron. Todo se silenció a su alrededor.
Cada uno escuchó la respiración del otro, los latidos de su corazón.
Y eso mismo fue lo que desató el apetito voraz del Rey de los Diablos, que acababa de oler a su presa y no se detendría ante nada ni nadie hasta encontrarla.
El tiempo recuperó su ritmo, un ritmo vertiginoso, y el clamor de la guerra y los gritos desesperados tiñeron todos los sonidos de esa noche mientras Halcón, en su forma de bestia más abominable, destruía la muralla principal de Pira y Attaegina, retrocediendo sobre sus pasos, bajaba a toda prisa las escaleras del torreón dispuesta a encontrar el Espejo de Obsidiana mientras se sujetaba la gema, que se había iluminado como un sol incandescente: jamás antes se había puesto tan roja. Le quemaba la piel.
─ ¡Altair! ¿A dónde vas? ─ la llamó Kairós corriendo hacia ella ─ . ¡Tienes que huir! ¡Keriel te está buscando! ¡Sabe que estás aquí! ¡Vamos!
─ ¡No! ─ se opuso ella girando en otra dirección.
─ Pero, ¿qué haces? ¿A dónde vas, insensata?
Kairós la sujetó bruscamente por el brazo. Cuando llevaba la tiara de oro rojo Attaegina notaba que su energía se volvía fiera, bruta. Se apartó de él, indignada, y cuando él trató de retenerla de nuevo, ella lo empujó con todas sus fuerzas.
─¡ Voy a usar ese espejo! ¡Y esta vez no me vas a engañar más, mentiroso!
─ Pero, ¿qué espejo? ¡No hay ningún espejo, Altair!
─ ¡El Espejo de Obsidiana! ¡Sé que lo escondéis muy cerca! ¡Sé dónde está! ¡Y voy a utilizarlo esta noche para salvar al amor de mi vida y a toda Nueva Pangea!
─ Vergüenza tendría que darte hablarle así a tu rey y futuro marido ─ se sumó una voz a la discusión ─ . Y tú, Kairós, deberías hacerte respetar. Como tu padre con tu madre. Él sí que era un rey fuerte y digno.
─M adre guardiana... ─ se sorprendió Kairós al verla salir de detrás de uno de los tapices de macramé. El terror se adueñó de su rostro en cuanto vio a la anciana, sigilosa, caminando hacia ellos con una madeja de lana en las manos.
─ No me esperabas tan pronto, ¿eh?
─ Pero, si hoy hay luna nueva… Se suponía que habías ido…
─¿ Al Tártaro?
Attaegina comprendió que en los días de luna más oscura la madre guardiana se ausentaba para marchar al inframundo. ¡Así que era otro diablo!
─ Me di prisa por volver porque suponía que esa pécora con la que te has prometido quería husmear en mis cosas.
─M adre guardiana, yo…
Kairós temblaba. Temblaba de los pies a la cabeza. Attaegina dio un paso y se colocó a su lado.
─ Quítate la tiara ─le dijo sin perder la calma. Agámena la miró con desprecio.
─¿Ya se te ha subido a la chepa, Kairós? Pues sí que empezamos pronto. ¿Y vas a hacerle caso?
El rey hizo un amago de llevarse la mano a la cabeza, buscando la tiara. Luego dudó.
─Aunque te la quites, sigues siendo nuestro ─le dijo Agámena─. Nos perteneces. Y también lo harán tus hijos. Y si no tienes descendencia, nos quedaremos con tu pueblo. ─La vieja miró a Attaegina con crueldad─. Si vas a casarte con él, es preciso que empieces a saber qué se cuece en esta casa.
─Kairós no os pertenece, ni a ti ni a nadie ─la retó Attaegina sin vacilar─. Kairós es libre.
─Altair, no digas eso. Escúchame… ─intentó apaciguarla Kairós.
Pero Attaegina lo ignoró y dio otro paso adelante.
Desenfundó su bastón de nawal y avanzó hacia Agámena.
Cuanto más cerca estaba de ella, más monstruosa la veía.
Las manos que había creído de anciana se recubrían lentamente de una vellosidad áspera como la de las tarántulas.
Su mandíbula desgastada salivaba despacio y los hilillos de baba que se derramaban de sus labios caídos se solidificaban en el aire, entrelazándose mientras formaban una tela de araña larga y densa a su alrededor.
¡Eso era lo que Kairós había tratado de advertirle con la última copa de agua!
Y todos esos tapices, cortinas y retales hechos de hilos y nudos eran la inmensa tela de araña en la que tenía sumidos a todos quienes habitaban bajo el techo de palacio. Especialmente a la familia real.
Agámena se lanzó sobre ellos como una bestia desbocada, pero en ese preciso momento Attaegina divisó en el centro del pecho de la anciana la raíz.
Y se acordó de todas las enseñanzas de Halcón: de su bastón manó un látigo de luz que sujetó con fuerza esa protuberancia que se agitaba sin parar, procurando que no se le escurriera.
─¡Altair, corre! ─le pidió Kairós─. ¡Déjalo ya y corre! ¡No vas a poder!
Pero Attaegina no vaciló ni un instante. Allí perseveró, terca como ella sola, mientras la madre guardiana le arrojaba todo tipo de improperios.
─¡Y tú! ─arremetió luego contra Kairós─. ¡Rey mimado y cobarde! ¡No tienes lo que hay que tener para gobernar este reino! ¡Si no es por mí y por Azufre, las alimañas te habrían comido hace años! ¡Y la culpa de tu arrogancia la tiene tu madre!
─¡Ya basta! ─rugió el rey venciendo por fin el pavor que esa mujer le provocaba desde niño─. ¡Siempre he sabido que la mataste tú!
Se quitó la tiara de la cabeza con ímpetu y se la arrojó a los pies a la madre guardiana, explotando de ira, mientras desenfundaba su espada de plata y se abalanzaba sobre ella.
Todo fue muy rápido, pero Kairós dominaba bien el arte de la lucha.
Y siendo así, mientras Attaegina sujetaba a la criatura por la raíz para que no pudiera apenas moverse, Kairós le cortó el cuello a la madre guardiana.
Un único corte, seco, eficaz. La cabeza de Agámena salió despedida y su cuerpo se venció, aflojándose como un muñeco de trapo.
Un simple disfraz que durante generaciones había dado aspecto humano a esa criatura del Tártaro.
Una monstruosidad que ahora adoptaría su auténtica forma.