CAPITULO 51
Lorick salió del cuartel en dirección a las cuadras.
Casi se había hecho de noche. Por suerte había luna nueva, eso haría más difícil que cualquiera pudiera seguirlo en la oscuridad ahora que ya no tenía al pobre de Aidos para encubrirle.
Su amigo no era más que un cadáver esperando sepultura digna en medio de la palestra, junto a esos otros esclavos que, creyendo poder aspirar a más, se habían alistado en las filas de Kairós.
Las filas para las que no había armas de plata.
A Lorick le habría gustado asistir al sacramento, mirar por última vez a los que habían sido sus compañeros, aun por tan breve tiempo, y desear que Madre Tierra y Padre Cielo dieran descanso a sus almas. Pero esa noche tenían entre manos algo demasiado importante.
Una flecha cruzó el aire a escasos centímetros de su cuerpo y se clavó en la pared de madera del establo.
No le había dado por muy poco. Se quedó quieto, en silencio, mientras buscaba a su enemigo en la oscuridad, cuando alguien intentó abordarlo por la espalda con la intención de clavarle un puñal.
Pero Lorick, aun con el brazo herido y los dedos rotos, se zafó a tiempo.
─ ¿A dónde crees que vas, nórdico? ─ le dijo una voz conocida. Era el general Arestes amenazándolo con su espada ─ . Esta noche tendrías que estar amontonado con toda esa carroña.
A unos pasos de ellos, un poco más atrás, uno de los hombres de Arestes seguía apuntándole con su arco.
Lorick no iba armado. Podría esquivar sus ataques durante unos momentos, pero con el brazo derecho inutilizable y ni siquiera un objeto que le hiciera de escudo, tenía pocas probabilidades de salir airoso.
Arestes avanzó hacia él sacudiendo su espada con la clara intención de matarlo cuanto antes, cuando el arquero cayó desplomado tras recibir un impacto en la cabeza.
Lorick y el general se giraron de inmediato, mas no descubrieron quién andaba ahí…
hasta que la hoja característica de un sable de Teff se interpuso entre ambos.
─ ¡Coge tu arpón! ¡Vamos! ─ le dijo Nilo mientras ganaba tiempo forcejeando contra el general. Sabía que era cuestión de tiempo que Arestes remontara pero, para entonces, Lorick ya iría armado. Y fue justo lo que sucedió.
Nilo esquivó una estocada del general cuando el arpón de plata de Lorick entró en escena.
Entonces el nórdico, con un solo brazo, luchó contra Arestes en un combate épico.
Posiblemente el general era el mejor guerrero de Pira, sin embargo Lorick se anticipaba a todos sus movimientos con un impresionante talento marcial, usando también sus robustas piernas, hasta que lo hirió de gravedad.
Segundos después, a Arestes se le desprendió la espada de las manos mientras caía de rodillas y se sujetaba el muslo con dolor.
─ Hijo de la gran… ─murmuró. La sangre afloraba sin parar ensuciando su ropa y regando la tierra sobre la que se retorcía, agazapado sobre sí mismo.
─Por todos los soldados que han dado la vida por ti y por tu rey, ¡cobardes! ─sentenció Lorick─. Por todos aquellos a los que engañasteis. Los arrojasteis a las alimañas sin ninguna piedad. ¿Quién debería estar ahora engrosando ese montón de muertos?
Arestes lo maldijo tantas veces como pudo antes de quedarse sin aliento, antes de morir sobre su propio charco de sangre, mientras Nilo y Lorick echaban a correr.
─Creta nos está esperando ─le dijo Nilo─, y Atti se reunirá con nosotros muy pronto. El Espejo de Obsidiana está en palacio, yo sé dónde.
─Pero, ¿qué pasará cuando esté delante de él?
─Quizás ella sepa… No lo sé. Posiblemente el poder de esa gema hará algo en el espejo. Como si fuera una llave o algo así.
─¿Y luego?
─Atti dice que Kairós nos ayudará a salir de Pira sin ser vistos.
─¿Kairós? ─se sorprendió Lorick─. Yo no me fío de él. Seguro que nos tiende una trampa.
─Te aseguro que yo pienso igual que tú, pero Atti ha insistido. Dice que ya nos lo explicará todo más adelante cuando…
El sonido de los cuernos se sobrepuso a su voz. Nadie esperaba que sonaran esa noche. Nadie esperaba que las alimañas atacaran dos días consecutivos si ya habían obtenido su botín acordado. Pero es que no eran ellas las que iban a cebarse con Pira en esa ocasión.
Lorick y Nilo, subiendo a una escalinata del muro para ver mejor, divisaron a los lejos una gran mancha negra que avanzaba a la luz de las antorchas.
Portaban los estandartes inconfundibles del Imperio de Alandum, en los que lucía la silueta del mítico Molok.
Y a la cabeza de esa ingente tempestad de demonios sedientos de muerte no iba sino el peor de todos ellos: Keriel, el Rey de los Diablos. Es decir, Halcón.