El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 50
43%

CAPÍTULO 50

Attaegina subió a su habitación bastante nerviosa. Le inquietaba la ausencia de la madre guardiana tanto como su presencia. Era verdad que no la percibía, no la sentía cerca con esa densidad y pesadez que solía envolverla. Pero, ¿a dónde había ido la vieja?

Luego estaba Kairós. ¿Por qué le ocultaba el Espejo de Obsidiana, si Nilo lo había encontrado? ¿Sería otro más de esos pactos con diablos mantener el espejo en secreto?

El rey la tenía desconcertada. No le parecía peligroso. Podía sentirlo en sus entrañas. Pero a veces no era él. En ocasiones parecía que una fuerza oscura ajena tomara la voluntad de Kairós. Eso y el miedo, ese miedo atroz que lo corroía desde la infancia, sacaban lo peor de él.

Cuando Attaegina entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí, lo primero que hizo fue cambiarse de ropa.

Se sentía vulnerable con ese vestido de reina ahora manchado con el polvo de la palestra, restos de ungüento y sangre de algunos heridos.

Deseaba ponerse algo cómodo y práctico por si tenía que correr o escapar.

Sin embargo, eso levantaría sospechas pues, en teoría, tenía que aderezarse como era debido para asistir al sacramento fúnebre.

Y teniendo en cuenta que oficialmente se había convertido en la prometida del rey, su única opción era ropa de reina.

Escogió la túnica más austera que encontró, una blanca sin apenas bordados ni adornos.

Y mientras se vestía delante del espejo, sus ojos se posaron en su atuendo de nawal , las prendas con las que había cruzado el desierto.

Esa ropa todavía olía como Halcón. Añoraba tanto el tacto de sus manos, su piel caliente, sus labios sobre su cuello, sobre sus pechos, sobre su vientre…

Se enjugó una lágrima y se sentó en la cama.

Solo quería mirar la gema. Durante los últimos días la había sentido más viva. ¿Por qué? ¿Qué estaría haciendo Halcón?

Tan concentrada estaba en sus reflexiones que no se había dado cuenta aún de un detalle importante: de que alguien había dejado sobre un mueble su bastón de nawal y una copa llena de agua.

«¿Kairós?», se dijo de pronto. ¿Habría sido él?

Puede que le hubiera llevado el bastón sabiendo que iba a necesitarlo, en secreto, ahora que Agámena no rondaba por los pasillos, aunque también podría haber sido cosa de Nilo.

En cuanto a la copa de agua… Eso sí era inconfundible. Solo Kairós conocía esa magia. ¿Solo?

Attaegina dedujo que el rey le había dejado un mensaje. Si bebía de esa copa, sabría qué quería decirle. Pero, ¿y si era una trampa? ¿Y si el agua estaba envenenada?

Tomó el cáliz y lo acercó a su boca. Había sido Kairós. Estaba segura. Solo si bebía, lo sabría. Y aunque le daba miedo hacerlo, sintió en sus entrañas un impulso. Entonces dio un primer sorbo. Fue un trago largo, abundante. Y una extraña sensación hipnótica la envolvió alejándola de la realidad.

Posiblemente por el cansacio y la fatiga, pues llevaba despierta toda la noche atendiendo a los heridos, el sueño la venció.

O quizás fue el agua o lo que quiera que alguien hubiera vertido en esa copa.

El caso es que se desplomó sobre su cama y se sumergió en profundas visiones: seguía allí, en la misma habitación, pero su cuerpo no era su cuerpo.

Sus manos no eran sus manos. Se levantó de golpe para mirarse en el espejo, pero su rostro era el de otra mujer.

Le recordó a Kairós. Era la reina Sámala, sin duda.

Detrás, el viento ondeaba las cortinas blancas de macramé. Habrían sido una decoración hermosa de no estar cubiertas de arañas. Arañas negras, peludas, subían por todas partes, tejían todo el tiempo. Como la madre guardiana...

─Fuiste tú quien aceptó este matrimonio ─murmuró la voz de Agámena a sus espaldas. Attaegina se dio la vuelta, pero no había nadie. Miró de nuevo en el espejo. La reina Sámala le devolvía su reflejo. La madre guardiana también estaba allí tejiendo algo con los dedos, sentada en una esquina.

─¡Yo no sabía nada! ¡Orfias no me lo contó!

─Pero no dudaste cuando te propuso que fueras su reina.

Sámala estaba aterrada. En sus movimientos podía inferirse cierto deje ansioso. El mismo que Atti había observado en Kairós cuando se frotaba la cara y las manos caminando de acá para allá.

─Nadie nunca me dijo que tenía que entregar a mi hijo...

─Así son las cosas, querida.

─¡Pues abandonaré el reino!

─Haz lo que quieras. Pero Kairós se queda aquí. Nos pertenece.

Y Sámala, tras años de ira contenida, montó en cólera y empezó a arrojarle a la anciana todos los objetos que encontró: joyas, frascos de aceite perfumado, incluso candelabros con cirios encendidos...

Hasta que la mano de la vieja la castigó.

Sámala ignoraba que esa mujer tuviera tanta fuerza.

Casi más que el rey. La madre guardiana la miró con una indiferencia cruel y le dijo:

─Deberías descansar. Anda, acuéstate. Kairós está con su padre.

Sámala temblaba de nervios, de impotencia, de miedo, de rabia.

Pero no se atrevía a rebelarse de nuevo contra esa mujer monstruosa.

La madre guardiana se acercó y le deshizo el peinado con delicadeza clavando sus dedos huesudos entre las lazadas de sus trenzas, tirando hacia las puntas después.

Tejer y destejer, no podía evitarlo. Era como su forma de respirar.

En ese momento, los ojos de la reina coincidieron por un instante con los de Attaegina y después se posaron sobre una copa de agua que reposaba sobre su mesilla.

─Tengo sed ─dijo. Luego se acercó la copa a los labios.

Procuró no apurarla del todo. Y finalmente obedeció a la madre guardiana, consciente de que podía recibir la muerte con rebeldía o con docilidad.

Eligió la docilidad porque creyó que sería menos dolorosa así.

Nunca supo si se había equivocado, aunque en el último momento se arrepintió de no luchar un poco más, si no por ella, por el hijo que dejaba solo.

Ya era tarde: Agámena le clavó una aguja envenenada.

Attaegina la sintió atravesando la carne de su espalda, succionando su alma, paralizando su corazón, mientras una nube de arañas negras se deslizaba por las sábanas.

Se le subían por todas partes, sellaban sus labios, no podía respirar, ¡no podía gritar!

Attaegina se despertó sobresaltada. Se miró al espejo: Sámala ya no estaba allí.

Agámena tampoco. Y no había arañas. Pero esa copa y lo que había visto a través del agua era real.

Ahora comprendía que Kairós había dejado ese mensaje para ella: Agámena era la única araña venenosa que había picado a la reina.

Era una advertencia. Esa anciana era muy peligrosa y Kairós le tenía tanto miedo como en su día lo tuvo su madre.

Pero al fin había podido desahogarse con alguien.

Se levantó. Ya apenas entraba luz por el balcón.

Había dormido durante horas y casi anochecía.

Esa noche sería muy oscura además porque había luna nueva.

Entonces se echó por encima de los hombros la capa regia que le había regalado Raira y se preparó para marcharse.

Si todo iba bien, no volvería a dormir sobre esa cama llena de lágrimas, rabia y arañas.

Y salió de su habitación con el bastón de nawal enfundado en la cintura, oculto bajo la capa, al tiempo que los centinelas la saludaban con obediencia.

Todos creían que la futura reina se dirigía a los campos de entrenamiento militar, donde esa noche se incinerarían los cadáveres de los caídos.

Por eso nadie se extrañó de verla sola caminando por los pasillos.

Nilo le había dado indicaciones sobre el lugar en el que se escondía el Espejo de Obsidiana.

Le había descrito qué patrones definían los nudos de los tapices y cortinas y le había explicado cómo leerlos, cual mapa.

Attaegina observaba las cintas, los nudos, las cenefas, descubriendo que empezaban a tener sentido.

Algunos le indicaban que girase en una dirección, otros le decían que continuara recto.

Cuando llegó al primer piso encontró la sala de los telares, pero había centinelas por todas partes.

Sería muy difícil no levantar sospechas.

Necesitaba que ocurriese algo lo bastante llamativo como para desalojar a todos esos hombres de ahí. Y como bien le había enseñado Halcón durante su adiestramiento, pidió ayuda al Cosmos. Sabía que en breve recibiría una señal, un aviso. Algo. Era solo cuestión de paciencia.