El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

─Altair, tenemos que hablar ─le pidió Kairós en tono autoritario.

Attaegina le cerró el último punto a Lorick, lo besó en la frente y después se levantó para ir con el monarca, que la llevó a una de las fraguas.

Ese día no se prenderían sus fuegos, sino que toda la leña se había reservado para incinerar a los cadáveres.

Cuando estuvieron a solas Attaegina comenzó, indignada:

─¡ Dijiste que tus guerreros tenían armas de plata! Pero es mentira. Lorick y sus compañeros tuvieron que defenderse con armas corrientes. Por eso casi todos están muertos.

─ No hay armas de plata para todos, ¿qué esperabas? ¿Que les dé prioridad a los soldados rasos?

─ ¡Hipócrita! ¿Es esa manera de tratar a tus hombres? ¡Pensaba que mis parientes estarían a salvo en Pira! ¡Esa era la condición para quedarme aquí cuidando a tus enfermos!

─ ¡Yo no te prometí nada! ¡Solo dije que lo intentaría!

─¿Intentar? ─le espetó ella. Y lo miró con desprecio. Kairós, al verla tan enfadada, intentó retractarse.

─Escúchame, Altair...

─Puedes llamarme Attaegina. Todo el mundo ya sabe quién soy. ¿Qué más da?

─Para mí eres Altair, ¡te guste o no!

Attaegina se sorprendió una vez más por su rudeza. ¿Dónde había quedado ese hombre que por la noche le había besado los pies mientras suplicaba su perdón? De nuevo, lo notaba pesado y denso.

─Has vuelto a ponerte la tiara ─señaló. Kairós hizo un gesto de indiferencia.

─Es la tiara del rey de Pira. Tengo que llevarla. Si no…

─¿Por qué les has dicho a todos que soy tu futura esposa?

Cuando Atti le hablaba con tanta firmeza y lo miraba de frente, sin ningún temor, Kairós parecía mermarse y la bravuconería se esfumaba de su gesto. Entonces se acercó despacio a ella, casi arrepentido.

─Altair, si no les hubiera dicho eso te habrían entregado a las alimañas.

─Tu familia tiene pactos con ellas desde hace generaciones, ¿verdad?

Kairós se puso nervioso, miró a su alrededor, asustado, y se llevó un dedo a los labios para hacerle saber que no podía hablar de eso. Attaegina lo ignoró:

─Por eso queríais entregarme desde que llegué.

─¡Pero yo no! ¡Yo no quiero! Oh, Altair, deja que me explique. Desde que bajaste a verme aquella noche, mientras tocaba la lira… No sé qué vi en ti, pero cambié de opinión. Fue como si gracias a ti hubiera visto la luz por fin. Gracias a ti ya no tengo tanto miedo y…

─Si te importo algo, deja que me marche esta noche con mis parientes.

─¿Lo dices en serio? ¿Hoy?

En la forma de hablar de Kairós se adivinaba un angustioso sentimiento de ansiedad.

─No te culparán por ello ─le dijo Atti─. Di que, cuando te despertaste, yo ya no estaba. Es creíble. Y eres el rey, ¿quién dudaría de tu palabra?

Kairós tragó saliva varias veces. Andaba de acá para allá frotándose la cara, las manos.

Estaba nervioso. Sudaba. Entonces se quitó la tiara y la depositó sobre el banco de trabajo de los herreros.

En cuanto dejó de llevarla sobre la cabeza respiró varias veces de manera profunda, como si hubiera corrido durante horas. Y Attaegina se compadeció por él.

─Puede que tus ancestros te hayan dejado en paz…

─le advirtió ella─. Pero mientras la lleves, seguirás siendo su esclavo, ¿sabes?

Esclavo de diablos. No importa que seas el rey, que comas carne cada día y que descanses en una cama lujosa.

Para los monstruos a los que obedecéis solo eres un eslavón más en su cadena de sirvientes.

Y eso no se terminará jamás a menos que dejes de ceder a sus caprichos.

─Y… ¿qué hago, Altair?

─¡Diles que no pagas más! ¡Kairós, eres el rey!

El monarca le sonrió con resignación. Agradecía sus palabras de ánimo, pero negó con la cabeza.

─En Pira el rey no manda. Nunca ha mandado. Solo trato de jugar lo mejor que sé. A veces me tocan buenas piezas y no soy un mal estratega. Pero la partida no se termina, Altair. No se termina nunca…

La abrazó repentinamente. Era un abrazo desesperado.

Attaegina percibía su fuerza áspera, una energía masculina tosca y sin pulir.

Al principio opuso resistencia. Después comprendió que solo ella aliviaba los peores tormentos del rey.

Y en ese instante Kairós pudo sentir una vez más la suavidad de sus hermosas alas de ángel.

─Dije que serías mi esposa para que no te entregaran. Pero también porque de verdad deseo que lo seas…

Ella no esperaba esa declaración tan directa. Así que no era todo una farsa… Kairós la estrechó todavía con más intensidad, como si fuera la única luz que brillaba en su terrible mundo oscuro.

─Altair, me he enamorado de ti. Quiero que permanezcas a mi lado. Que te cases conmigo. Que me dés un heredero.

─Eso no puede ser, Kairós.

Attaegina se separó de él, despacio, mientras el monarca la miraba directamente. Y es que esa mujer le despertaba un incontenible sentimiento de devoción. Le devolvía la fe.

─Yo te trataría como a una reina, nada te faltaría, y te prometo que haría lo que fuera para que ellos nunca te pusieran una mano encima.

─Kairós, escucha…

El rey se acercó de nuevo, pero esta vez más comedido. Acarició su pelo, besó su entrecejo y reposó su nariz en su frente al tiempo que susurraba.

─Altair, yo moriría por ti.

─No, no puede ser, Kairós. Escúchame, tú y yo…

─No quieres… ¿Verdad?

Attaegina negó con la cabeza, muy segura de sí misma. Y Kairós, soltándola despacio, dio un paso atrás. Las alas de ángel desaparecieron.

─¿Amas a otro? ─le preguntó. Atti asintió─. Tiene suerte, quien quiera que sea. ¿Es ese nórdico?

─No, no… Lorick es el prometido de mi hermana.

─Ya…

Kairós siguió caminando sin rumbo de un lado a otro de la fragua, mirando al suelo, meditabundo. Herido también.

─Y ese otro, ¿qué hace que no viene a buscarte? ─reaccionó de repente presa de la envidia─. No te querrá tanto.

─Eso no es asunto tuyo ─le espetó ella. No pensaba tolerar que hablara mal de Halcón─. Y te aseguro que vendrá a buscarme, tarde o temprano. Además, también es un rey.

─¿Qué? ─se sorprendió Kairós, molesto─. ¿Qué rey? ¿Rey de dónde?

Attaegina miró por la ventana. En otras circunstancias, tal vez un halcón habría cruzado los cielos para darle una señal de que el amor de su vida seguía pensando en ella.

Pero lo único que vio fue la columna de humo negro de la pira funeraria que se había empezado a prender en la palestra. Un mal augurio, sin duda.

─El Rey de los Diablos me busca ─dijo al fin─. Y no desesarás que yo siga en tu casa cuando me encuentre.

─¿El Rey de los Diablos? Altair, ¿qué tienes que ver tú con esa criatura del infierno?

Attaegina no se ofendió ni se preocupó por darle explicaciones sobre cómo habían llegado las cosas hasta ahí. Era una historia demasiado larga…

─Él no siempre fue un diablo ─respondió─. Ni siquiera lo eligió. Su padre sí que es un verdadero monstruo, él lo condenó… El Patriarca tiene la culpa.

─Entonces, ¿hablamos de Keriel? ¿El famoso heredero de Alandum?

Atti asintió.

─¡Pero, si te encuentra, te arrancará el corazón! ¡Quédate en mi reino, por favor! ─El rey se volvió a arrodillar ante ella en actitud suplicante, sosteniendo sus manos─. Quédate, aunque no me ames. ¡Me da igual! Cásate conmigo y mis diablos te defenderán de ese monstruo.

─¿Es que no lo entiendes, Kairós? ¿Crees que tus diablos me protegerán por solidaridad? ¿Qué te pedirán más a cambio? ¿A tu primer hijo?

Kairós calló. Y Attaegina supuso que esa misma condición era la maldición que pesaba sobre él.

De repente, los recuerdos cruzados que tuvo cuando bebió el cáliz de agua le devolvieron la imagen de la reina Sámala discutiendo con el rey Orfias.

Kairós era solo un niño. Y sí: era el primogénito.

El hijo prometido a los diablos por su propio progenitor.

Por eso no podía escapar de allí… Por eso había vivido siempre aterrado.

─Kairós, me marcharé esta noche. Mi misión es buscar a Keriel y hacerle frente. No puedo posponerlo más. Los problemas no desaparecen a menos que uno salga a dar la cara.

─Altair, cuando te oigo hablar me infundes valentía. Por eso quiero que te quedes a mi lado.

─¿Y por qué no vienes conmigo?

Una luz de esperanza refulgió en los ojos oscuros de Kairós. ¿Era una proposición? ¿Podría conseguir que Attaegina se enamorase de él si salía de los muros del reino y afrontaba de una vez a todos sus enemigos, aunque muriese en el intento?

─Abandona este lugar y todos tus lastres en él. Sé libre. Sal del yugo de Pira y devuelve esa tiara de oro rojo a quien la fabricó. No la necesitas.

Kairós se sentía muy inseguro, Attaegina era capaz de hacer que todo en lo que creía se tambaleara. Pero, aun así, seguía transmitiéndole la fuerza, el valor y la fe que jamás había tenido.

─Solo necesito pedirte un favor ─se aventuró ella. Era muy arriesgado hacerle esa pregunta, pero dadas las circunstancias, y ya que él había confesado tantas cosas, Atti creyó que era el momento y el lugar─: ¿Dónde guardáis el Espejo de Obsidiana?

El rey hizo una mueca de desconcierto. ¿Por qué ella lo sabía?

─¿Para qué quieres ese espejo, Altair? Es una reliquia de los diablos.

─Es una de las tres reliquias que sobrevivieron a la caída de la Antigua Pangea.

Existen dos más y… ─Se llevó la mano debajo de la ropa, a la altura del pecho, y extrajo la gema de Halcón─.

Yo poseo una de ellas. Pero hasta que no encuentre ese espejo, esta otra no me sirve prácticamente de nada.

Y solo de esa manera podré vencer a Keriel y devolver la luz a nuestro mundo. ¿Entiendes qué importante es?

Kairós miró la gema muy atento. Luego, se cruzó de brazos.

─Me temo que no puedo ayudarte, Altair. El espejo no está en mi palacio, si eso es lo que pensabas.

─¿Cómo que no? Y, ¿las leyendas?

─Solo son leyendas. Lo siento. No puedo ayudarte.

Se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Pero antes de cruzar el umbral de la puerta de la fragua, se detuvo y la volvió a mirar. La contemplaba, toda ella le parecía hermosa y tan valiente que habría rogado al Cosmos por que accediera a ser su deseada reina.

─No has dormido nada, Altair. Y ya es casi mediodía. ¿Por qué no subes a tu habitación y descansas un poco?

Attaegina percibía que tenía buenas intenciones. También que le ocultaba muchas cosas. Kairós se acercó y le susuró al oído:

─Agámena no regresará hasta media noche.