CAPÍTULO 47
Los cadáveres de los soldados caídos en batalla se amontonaban sobre la arena de la palestra a la espera de que los esclavos terminaran de adecentarlos y de que el sabio Arquimés les diera digna sepultura oficiando un rito fúnebre, cuando el sol se ocultara.
Pero para eso aún quedaban muchas horas.
No había amanecido todavía, aunque las banderas de Pira ondeaban a media asta y Attaegina ya había atendido a una docena de hombres heridos cuando la llevaron a ver a Lorick, que descansaba sobre el suelo del cuartel junto a otros tantos malheridos como él.
─¡Lorick! ─exclamó al verlo vivo─. ¡Cielo y Tierra! ¡Lorick! ¿Qué te ha pasado?
El nórdico tenía un brazo herido. Era la inconfundible mordedura de las alimañas: desgarrones, infección, carne al aire y dolor, mucho dolor.
Además, se le habían roto dos dedos. Aparte de eso, seguía milagrosamente vivo.
Cuando Lorick abrió los ojos y vio a Attaegina allí, sonrió. Luego se fijó en su atuendo.
─Atti, ¿qué haces vestida como…?
─¿Como una reina? ─terminó la frase por él─. Es una larga historia.
─Entonces, ¿es verdad? ¿Te has prometido con el rey?
─¿Qué?
─Todo el mundo habla de eso desde que ha amanecido, pero pensaba que era un rumor. Atti, explícame, ¿qué pasa entonces con Halcón?
Attaegina miró a su alrededor. Los esclavos iban de acá para allá azorados, transportando tinas de agua, gasas y ungüentos medicinales para los heridos. Nadie parecía estar escuchándoles. Le entablilló los dedos rotos con cuidado y le explicó:
─Es todo una pantomima que Kairós ha orquestado. De lo contrario, me habrían entregado anoche a las alimañas.
─¿Debo suponer que Kairós quiere protegerte? ¿Que está de nuestro lado? ¿Por qué?
Attaegina escurrió una toalla y lavó con cuidado la herida de Lorick, que hizo un esfuerzo por no apartar el brazo de lo mucho que le dolía. Ella respondió:
─Digamos que yo lo salvé primero a él… Nawales y demonios… No puedo contarte mucho más, cumplí con mi deber y algo en él se removió. Para salvarme a mí tiene que traicionar a su familia. Es un asunto delicado, mucho.
─De todas formas, llévate cuidado. Attaegina, ayer presencié cosas terribles aquí abajo.
─¿Eran diablos de Teff? ¿Los envió Nabor? ¿Vino Halcón?
Lorick entendía su inquietud. Negó con la cabeza.
─Si Halcón hubiera ido con ellos, Pira hoy no existiría. Además, no luchaban por Nabor. Por lo visto, no todos los diablos están en el bando de Halcón. Los que vinieron ayer parecen responder a otro diablo de los gordos.
Attaegina recordó por un instante las palabras que Enok, aquel horrible nómada fantasma que la abordó durante su novena en el desierto, le dijo entonces sobre Halcón: «Todos lo odiamos». Así que no iban todos a una...
─Entonces, ¿crees que hay bandos, familias enfrentadas o algo así entre los demonios? ─preguntó.
─Exacto… ─asintió Lorick─. Los de ayer no venían de Teff ni de ningún lugar de Nueva Pangea. Venían de otro mundo al que llaman…
─¿El Tártaro? ─se adelantó Attaegina recordando lo que le había contado Kairós.
─Eso es. Los lideraba un demonio llamado Istar.
Tiene la apariencia de una mujer muy bella, aunque es famosa por su crueldad.
Fue ella quien habló con Kairós para negociar su retirada.
En la conversación, cómo no, participó la madre guardiana.
Pero creo que Istar no es sino solo un emisario de alguien mucho más importante, tanto como para no tener que venir aquí en una simple redada de caza.
─¿Redada de caza? ─se sorprendió Attaegina. Y comenzó a suturar la herida de Lorick. El nórdico apretó los dientes mientras maldecía en voz baja─. Perdóname, lo siento. Esto te va a doler un poco, pero se te curará pronto y sin infección. Te lo prometo.
─Nada, no padezcas y sigue cosiendo, Atti.
─Pero cuéntame eso, ¿qué redada?
─Anoche Arestes y sus subordinados más cercanos se comportaron de un modo extraño.
Era como si lo tuvieran todo planeado para dejar entrar a esas criaturas.
Yo estaba terminando mi ronda a través de las murallas.
Entonces los vi: no oponían resistencia.
Tampoco las alimañas los atacaron a ellos.
Cuando esos monstruos entraron en Pira, arremetieron contra los soldados rasos, mis compañeros.
La mayoría son esclavos que se han alistado hace poco en el ejercito de Pira.
Corrí para avisar a los centinelas de las atalayas, pero cuando llegué los vi quietos.
No soplaron los cuernos hasta que las alimañas se habían disgregado por toda la ciudad.
Entonces me oculté en la oscuridad y escuché a Arestes comentar algo sobre la redada de caza.
No sé, es como si tuvieran un acuerdo con esos diablos, como si el rey de Pira tuviese la obligación de dejarlos entrar para comer de vez en cuando.
─Maldito mentiroso… ─se indignó Attaegina pensando en Kairós─. ¡Me dijo que su pueblo estaba entrenado para luchar contra ellos! ¡No que hicieran pactos! Pero ya veo que no es muy diferente de Nabor… Lorick, ¿qué hiciste entonces?
─Corrí a ayudar a mis compañeros, pero todos estaban muertos ya. Las alimañas los devoraban delante de mis narices. Nuestras armas, las de los soldados rasos, no llevan baño de plata, así que no les hacen daño.
─¡También me dijo que en Pira todos los guerreros manejaban armas de plata!
─Pues es mentira. Pero como yo sé dónde guardan las armas de los superiores, entré en el cuartel y me hice con una espada. Así conseguí sobrevivir, aunque creo que Arestes no contaba con ello. Antes, cuando me ha visto, lo he percibido en su gesto. Sé que me quiere muerto.
─Lorick, por favor, lleva mucho cuidado… ─le dijo Attaegina terminando de cerrarle la herida con el mayor cuidado que supo─. En el cuartel no estás a salvo. Tenemos que escapar de Pira cuanto antes.
─Y, ¿qué pasa con el espejo?
Exacto. Habían llegado hasta Pira con el objetivo de encontrar el Espejo de Obsidiana. Pero todo se estaba complicando mucho y no tenían ni idea de dónde lo escondían.
─Voy a intentar sonsacarle a Kairós y, si no me dice nada, nos vamos en cuanto anochezca. ¿Puedes caminar?
─Sí, sin problema. Tú encuentra a Creta y a Nilo. Llevo días sin verlos.
─Ya… Yo tampoco sé dónde están.
Justo en ese momento, el rey Kairós llegaba al cuartel vestido como un guerrero, con una de sus capas regias y con la tiara de oro sobre la cabeza. A Atti le dio mala espina. Cuando la vio, fue directo hacia ella.
─Cuidado, Atti… A ese hombre le has gustado… ─murmuró Lorick sin que el rey lo escuchara.