CAPÍTULO 46
En el pasado Teff siempre había celebrado sus victorias por todo lo alto.
Cuando los hombres de su ejército sometían otro pedazo más de tierra ampliando así las fronteras del Imperio, se hacían fiestas de tres días en la capital.
El vino corría por las calles, la comida abundaba, nadie tenía que trabajar y los bailes y la música se prolongaban a lo largo de toda la noche desembocando a menudo en auténtico desenfreno.
Keriel y sus soldados habían regresado por la tarde.
Un perverso halo de maldad sostenía sus sonrisas triunfales tras haberse dado un brutal baño de sangre en Virim.
Lo que habían provocado allí era una auténtica atrocidad, una masacre sin precedentes que pasaría, sin duda, a formar parte de las crónicas de Nueva Pangea.
Pero para Nabor se trataba de trabajo bien hecho, pues la rebelión había sido sofocada por completo. Virim volvía a ser un hijo dócil.
Ocupando el cargo de suma sacerdotisa, Libia presenció el momento de los aplausos y galardones, y en pie a la derecha del Patriarca se sobrecogió al ver a Halcón mientras se acercaba a su padre.
Ese día comprendió que nunca volvería a ser humano.
Incluso cuando abandonaba la apariencia de bestia, Halcón continuaba conservando esas alas membranosas de diablo, tan anchas y grandes que le llegaban hasta los pies.
Algo había mutado también en su rostro: sus colmillos se habían afilado y el hermoso oro de sus ojos se había transformado en rojo incandescente.
Su cornamenta no había desaparecido y su expresión había cambiado. Ahora, la miraba como un diablo.
Halcón caminaba entre sus hombres con un poderío nunca antes visto, sabiendo que era su líder, el mejor de todos.
El más feroz, el más violento, el más letal.
Y Libia se acongojó solo de pensar en cuánta sangre habría bebido y a cuántos seres humanos había devorado vivos.
Cuantos corazones calientes habría mordido para llegar a poseer esa fuerza inexplicable contra la que nada ni nadie podía luchar.
Cuando Halcón se arrodilló ante Nabor para rendirle sus respetos, observó a Libia de soslayo. Ella lo notó, pero no quiso devolverle el gesto. Ese no era el Halcón que le robaba el aliento. Ese era Keriel. Y Keriel había matado a Halcón…
Al caer la noche comenzó un gran festín.
Libia pretendía oficiar un rito de agradecimiento por la ayuda divina brindada a los soldados.
Cuando Ibis vivía se hacían esas cosas, sin embargo, ahora Nabor parecía haberse olvidado completamente de los asuntos religiosos.
Así que Libia se quedó esperando sola en el templo con algunas de sus discípulas más leales.
Ni siquiera habían ido todas. Algunas a menudo se escaqueaban de sus obligaciones y no obedecían a la suma sacerdotisa como ella esperaba, algo que le producía ira y frustración.
Mientras tanto, en los jardines de palacio se armaron tres largas mesas y en ellas se sirvió cordero asado en abundancia junto a otras delicadezas dignas solo de príncipes.
El vino llenaba todas las copas, parecía no ir a terminarse jamás, y los soldados brindaban orgullosos de sus gestas, cada vez más borrachos, vitoreando al Heredero.
El nombre de Keriel ocupaba todas las bocas mientras aquel, subido a una de las mesas, jaleaba a sus hombres recibiendo aplausos y muestras de admiración.
Al verlo en esa actitud, tan salvaje y soberbio al mismo tiempo, Libia sintió desprecio por él.
─ Vámonos ─ ordenó a todas sus discípulas ─ . Es muy tarde y esos hombres están bebiendo demasiado. No quiero que ninguna de vosotras salga de su celda hasta que amanezca y esos rufianes se hayan quedado dormidos de agotamiento, ¿entendido?
Las discípulas de Libia asintieron en silencio mientras observaban desde lejos el festín con recatada curiosidad, sin cuestionar las órdenes de la suma sacerdotisa.
Y es que Libia puede que fuera casta y virgen, pero no era estúpida.
Ella había conocido de cerca los peores instintos de los varones, y ese desmadre de fiesta no era precisamente una celebración segura para sus jóvenes y tiernas pupilas, tan delicadas e inocentes, vestidas con sus vaporosas túnicas de lino.
Como una madre conduciendo a sus polluelos, la suma sacerdotisa se aseguró de que todas regresaran en orden y sin imprevistos a sus celdas. Y después, ella misma se retiró en actitud indignada.
Llegó sola a su cámara. No había centinelas por los pasillos.
Nabor les había dado la noche libre. « Vergonzoso » , pensó.
Aunque puede que sí hubiera alguien, una figura robusta oculta en los recovecos sin luz.
Alguien que aguardaba su llegada con paciencia como un felino escondido entre la maleza preparado para saltar sobre su presa.
Cuando Libia se topó de bruces con Abdur el corazón le dio un vuelco.
Pero no fue un sobresalto sin más, no se trató de un encontronazo divertido, de un susto y ya.
De hecho, Libia al principio no lo reconoció: el fondo de sus ojos se había ensuciado con un tono rojo turbio, y en esa sonrisa blanca que siempre le había parecido jovial y alegre, halló una perfidia que nunca antes vio en él.
Eso y sus colmillos, que parecían haber crecido…
─ ¿Qué haces aquí, Abdur?
El enorme guerrero de piel negra se cruzó de brazos frente a ella, como si fuera un muro infranqueable.
─Solo quería verte ─le dijo. Ese hombre no se parecía en absoluto al noble centinela que ella había conocido, al que había confiado su seguridad y, en una ocasión, sus peores miedos. A Libia le inquietó su presencia. Empezó a ponerse nerviosa.
─Abdur, ve con los soldados. Necesito retirarme.
La enorme mano de Abdur la retuvo agarrándola de un brazo. Le hizo daño y Libia se quejó.
─¿Qué pasa, señora ? ─le preguntó aquel enfatizando mucho esa última palabra─. ¿Quieres que me vaya? ¿O es que me tienes miedo?
Libia estaba aterrada. Ese hombre ya no parecía Abdur. Su actitud extraña tampoco era fruto de la borrachera. No, de hecho estaba sobrio. Pero algo había cambiado en él. Era su esencia, era…
─Nabor me ha dado la fuerza que no tenía antes. ¿Sabes a cuántos hombres he matado en Virim? ¿Sabes cómo los he matado?
Abdur, sin esperar respuesta, golpeó con un puño la puerta de la cámara de Libia y la derribó.
─¡Vete ahora mismo de aquí! ─le pidió Libia intentando empoderarse─. ¡Vete! ¡Te lo ordena tu suma sacerdotisa!
─Ah, ¿sí?
El centinela la levantó sin esfuerzo y la llevó al interior de la cámara mientras Libia, en vano, intentaba zafarse de sus brazos.
Pero era imposible para una mujer de su tamaño escapar de aquella bestia.
Cuando llegaron ante la gran cama Abdur la arrojó allí con desprecio.
El laurel de oro que ella le había obsequiado continuaba ensartado en su fajín.
─¡Siempre he hecho todo lo que querías! ─rugió─. ¡Pero tú nunca me lo has agradecido! ¡Señora!
─¡Abdur! ¡Abdur, cálmate, por favor! ─gimió Libia entre lágrimas y nervios─. ¡Perdóname si te he faltado! ¡Yo te prometo que…!
Libia intentó levantarse, salir corriendo a pedir ayuda, pero Abdur la atrapó. Sus manos la sujetaron por los brazos. Con solo desearlo, podría romperle los huesos.
─Si me he convertido en esto, ha sido para que me ames ─dijo. En su mirada podía encontrarse una rabia macerada durante mucho tiempo. Una rabia infame contra esa mujer que en ocasiones le hacía sentirse como un héroe pero en otras como un despojo.
─Abdur, escúchame…
─Le entregué mi alma a Nabor para tener la fuerza de un diablo. ¡Para que me amaras, Libia! ─La miró con una mezcla de ira y tristeza profunda, desesperado─. Y, ¿me amas?
El aliento de Abdur tan cerca de ella, su piel ardiendo, sudorosa, y su virilidad atroz le hicieron sentir que se encontraba debajo de una bestia que iba a devorarla de un momento a otro.
─Abdur, escucha… ─susurró─. Yo te he amado como solo una sacerdotisa puede amar… ¿Lo entiendes? Yo hice un voto de castidad y…
La expresión de Abdur se endureció y sus manos presionaron con más fuerza la fina carne de Libia.
─Es por Keriel, ¿a que sí? ─le preguntó en tono cruel. Y Libia se quedó sin respuesta. Abdur lo había sabido siempre─. ¿Y si yo fuera él? Ahora y en esta habitación, ¿me amarías? ¿Me dejarías… entrar?
Abdur le desgarró la túnica de un tirón. Libia gritó. Él no se apiadó por ello. Nadie le impediría esa vez tenerla para él solo, tomarla y poseerla y…
De repente el cuerpo de Abdur se retorció. Soltó a Libia al tiempo que se arqueaba sobre sí mismo, tratando de emitir un grito ahogado mientras pisaba sobre su propia sangre. Alguien lo había herido en el costado.
─Si la tocas, te mato… ─murmuró Halcón acechándolo en posición amenazante. Sus alas membranosas estaban completamente abiertas dando a su aspecto un tamaño mucho mayor y, por supuesto, temible. Abdur se revolvió con rabia mientras Libia escapaba torpemente hacia el otro extremo de la estancia.
─¿Es que te crees que es tuya, Keriel? Como todo, ¿verdad? El Imperio es tuyo y la zorra también, ¿eh?
Halcón no respondió. Los dos se prepararon para una contienda personal sin quitarse la mirada de encima, sin darse la espalda.
Entonces Abdur arremetió contra el Heredero haciendo acopio de una fuerza brutal que destrozó los muebles y el espejo de Libia.
Todas las joyas se desperdigaron por el suelo y decenas de pequeños frascos de cristal fueron aplastados por sus pies mientras se defendía de los agudos y certeros golpes de Halcón que, con sus garras, le rebanó el cuello en cuestión de segundos.
Cuando el cuerpo de Abdur se desplomó sin vida sobre el revoltijo de sábanas manchadas de sangre, toda la cámara vibró.
Libia, acorralada entre una pared y una cortina, contemplaba aquel espectáculo con verdadero pánico.
Y es que, cuando escuchó hablar de la crueldad de Keriel y de su instinto asesino, no se lo imaginó así, tan eficaz, tan atroz.
La siguiente era ella, pues ese diablo ya no respondería a su pasado humano.
Solo estaba sediento de sangre. Y lo peor, era el más fuerte de todos los diablos. Por algo era su rey.
Halcón se dio la vuelta despacio. Sus ojos al rojo vivo la localizaron de inmediato y se dirigió hacia ella caminando parsimonioso, muy seguro de que su presa no tenía escapatoria.
Su expresión carecía de cualquier ápice de raciocinio, no consevaba un solo vestigio de cuando fue humano, amable y justo.
En esos momentos era lo que Nabor siempre había deseado: un monstruo, un demonio sanguinario, un arma letal.
Libia, con el peinado deshecho a lo bruto, la túnica raída y medio cuerpo desnudo, respiraba hondo tratando de asimilar que su hora había llegado, solo deseando que la mordedura de Halcón fuera rápida y le diera una muerte sin dolor.
Estaba ya muy cerca de ella. Podía notar el halo de su cuerpo, su fortaleza. Su mano acariciándole el cuello, cuidándose de no rasgar su piel con sus horrendas garras. ¿La acariciaba?
En el momento en que levantó la cabeza y miró a Halcón a los ojos comprendió que no iba a morir esa noche.
No en manos del Heredero. Y una vez más halló en el fondo de su mirada ese brillo que la había encandilado desde la primera vez, un brillo que lo volvía divino, puro, digno de ser amado.
¿Qué diablo miraba así a una mujer, con esa delicadeza, con tanto amor?
De pronto, un latido la golpeó desde dentro. Era la gema, esa gema blanca que desprendía destellos azules. Comenzó a iluminarse reflejándose en las pupilas de Halcón y él, sin decir nada, la besó.
Los labios de Libia nunca habían sido conquistados.
Nunca imaginó que el contacto con una porción tan pequeña de su cuerpo podría desatar un instinto descomunal como el que Halcón le despertó en ese instante.
Se aferró a él dando rienda suelta a todas las pasiones que el Heredero había ido sembrando bajo su piel con el paso de las semanas, con cada mirada suave y cada palabra agradecida, cuando ella simplemente se ocupaba de curarle las heridas.
Y por primera vez en su vida se sintió dispuesta a desobedecer las leyes entregándole a aquel hombre o diablo o lo que fuera lo más sagrado que una sacerdotisa poseía: su virginidad.
Estaban a solas, era de noche. Ella, semidesnuda. Y la inmensa cama, esperándoles.
Pero la gema volvió a latir contra su pecho.
Entonces Halcón se apartó de Libia inmediatamente.
Su mirada estaba dispersa, perdida muy lejos de allí.
Muy lejos de la suma sacerdotisa en realidad, buscando a alguien a quien luchaba por recordar pero que las neblinas de su mente le ocultaban a medida que su identidad se confundía, se mezclaba con un pasado lleno de dudas y de pesadillas desagradables.
Libia se quedó quieta. Esa noche le habría entregado a Halcón todo lo que él le hubiera pedido.
Pero el Heredero no deseaba nada de ella.
Se dio la vuelta, alcanzó un manto de hilo de algodón y, casi con ternura, se lo echó por encima de los hombros para ayudarla a cubrir su desnudez.
Luego, sin decir absolutamente nada, se dirigió hasta el cadáver de Abdur.
─Voy a sacar de aquí esta carroña ─se limitó a decir. Y casi sin esfuerzo levantó el enorme cuerpo del hombre de armas, cargándoselo sobre los hombros, y se marchó.
Cuando Libia se quedó sola en su cámara en medio del destrozo, con el suelo manchado de sangre mezclada con los aceites aromáticos de los frascos rotos y la puerta desencajada de los goznes, tuvo sentimientos enfrentados.
Contra Halcón, por no haberla tomado como ella esperaba.
Contra sí misma, por haber estado dispuesta a entregar su virginidad.
Contra todo lo que le habían enseñado como sacerdotisa. Contra el Imperio, contra Nabor.
Desnuda y despeinada sobre la cama, con no más joyas que la misteriosa gema blanca, en primer lugar derramó amargas lágrimas por Abdur.
Y después lo hizo por Halcón, porque ya no lograba que pasara un minuto sin que él ocupara todos sus pensamientos.
Sin embargo, el destino no parecía dispuesto a unir sus caminos jamás.
Ella era la suma sacerdotisa. Él, el Rey de los Diablos.
Pero esa no era la mayor de las dificultades, no.
Había una mucho más infranqueable y consolidada.
Y es que, a pesar de que Libia nunca había tenido ningún don para adivinar, y consciente de que jamás lo tendría, no lo necesitaba para darse cuenta de que Attaegina seguía ocupando el corazón de Halcón.
O lo que quedara de él mientras Keriel dejara algo.