CAPÍTULO 45
Crónicas de Antigua Pangea
Últimamente Keriel pasaba las horas solo. A menudo se sentaba debajo del Árbol sintiendo que malgastaba allí su tiempo a la espera de que Altair se dignara a acudir a su encuentro. Pero ella parecía haberse olvidado de ese lugar. Y por qué no admitirlo, también de él.
Llevaban días sin hablar. Sin mirarse. Sin verse.
No habían vuelto a dormir arropados cada uno en las alas del otro ni se habían amado de nuevo.
Quizás por eso, Keriel sentía algo que antes jamás había experimentado: hambre y sed.
Le molestaba ese cuerpo, le producía dolor y lo sentía débil, vulnerable a la vez que pesado.
No parecían sentir lo mismo los demás. Los otros ángeles surcaban el cielo y se reunían a celebrar la vida en Pangea.
A Keriel, en cambio, los miedos volvían a acecharle.
No se sentía a salvo en ese sitio extraño que Altair se empeñaba en llamar hogar .
Él quería regresar a la unidad, cuando era una estrella. Cuando era uno con Altair…
─ Ya no vienes nunca a la laguna ─ le reprochó ella apareciendo de repente junto al Árbol. Keriel la miró con indolencia. Se moría por mirarla, por levantarse y acercarse a ella, por hablarle, pero su orgullo se lo impidió.
─ Tú tampoco has vuelto por aquí ─ le devolvió el reproche ─ . Nunca vienes ya al Árbol. ¿Es que ya no te importa?
─ Pensaba que era tu refugio, que te gustaba estar solo. Por eso no he venido hasta hoy.
Keriel se sintió contrariado: era su refugio, sí, pero no le gustaba estar solo. No completamente. Quería estar con ella. No lo reconoció.
─Keriel, ven esta noche a la laguna.
─Ya no me gusta. Hay demasiada gente.
─¡Son nuestros hermanos! ¿Qué quieres?
Él no tuvo respuesta para eso. Ni siquiera lo sabía. Altair insistió:
─Luzbel ha inventado un nuevo instrumento. Quiere mostrarnos cómo suena.
─Luzbel, el ángel de la música… ─masculló Keriel con desgana. Tuvo ganas de maldecir a ese imbécil hasta que Altair se aproximó a él pues, cuando ella estaba tan cerca, se contagiaba de su paz, de su calma. Y por eso, cada vez que se alejaba la añoraba con tanto dolor.
─Ven esta noche, Keriel. Por favor.
Keriel la besó por respuesta. Necesitaba sentirla, abrazarla, tomarla en sus brazos, amarla. Pero Altair notó que había cambiado algo en él.
─¡Keriel! ¡Estás helado!
Keriel no dijo nada. Solo se dejó abrazar. Cuando estaba en los brazos de Altair todo su orgullo, su rabia y su miedo se devanecían. Y sí, tenía frío. Llevaba noches pasando frío.
─Keriel, por favor, ven a la laguna al atardecer. Luego quédate a dormir conmigo. Te echo de menos...
La voz de Altair, su suavidad y su tono suplicante eran algo a lo que Keriel no se podía resistir. Él también la echaba de menos y hacía tiempo que no dormían juntos bajo las estrellas.
─Está bien, iré.
Algunas horas después, antes de que el sol se ocultara, Altair y el resto de ángeles se reunieron en torno a la laguna, como cada noche. Allí hablaban, compartían y, desde que había llegado Luzbel, el ángel de la música, también cantaban.
Cuando Keriel se presentó todos se giraron a mirarle en silencio.
Se hacía extraño verlo por allí. Altair sonrió y le indicó con un gesto que se sentara a su lado.
Él la obedeció sin más. Era imposible averiguar qué estaba pensando.
Y entonces Luzbel les mostró su última creación: era un extraño instrumento de viento compuesto por dos flautas de caña.
─Lo he llamado aulós ─explicó. Y se puso a tocar.
Keriel había oído hablar de la música de Luzbel, pero como nunca se reunía con los demás en la laguna era la primera vez que la escuchaba.
Hasta entonces Altair había tratado en alguna ocasión de explicárselo, de contarle lo que sentía con la música.
Keriel había creído que no sería muy diferente del canto de los pájaros, de las aguas o de los vientos.
Pero esa noche, cuando escuchó a Luzbel tocar el aulós, comprendió que la música que hacía ese ángel no procedía del aire de sus pulmones, ni siquiera de los tubos de caña que conformaban su aulós .
No. La música procedía directamente del Cosmos, de ahí su esencia divina, y Luzbel era el instrumento, el emisario que la había bajado desde el cielo a la tierra.
La mano de Altair buscó la suya en la oscuridad.
Al tacto cálido de ella se dio aún más cuenta de lo frío y aterido que se sentía.
Mientras tanto la música penetró en su alma a través de su piel, lo conmovía, lo emocionaba.
Pero también removía el fondo de sus miserias liberando sentimientos y emociones de los que ni siquiera era consciente.
La música era capaz de desnudarlo para mostrarle sus peores vergüenzas.
Sintió culpa, miedo y envidia, una envidia ávida, capaz de carcomerle las entrañas como un gusano que hubiera anidado en ellas.
Y por eso se levantó, miró a Luzbel con ferviente odio y emprendió el vuelo, agitando sus alas con altanería.
Cuando llegó junto al Árbol, solo, frustrado y arrepentido al mismo tiempo, se sentó en sus raíces. Cada vez tenía más hambre. Más sed. Pero nunca se había llevado nada a la boca. Los ángeles no lo necesitaban. Nunca lo habían hecho. ¿Él sí?
Tenía frío. Habría dado cualquier cosa, sus alas, lo que fuera, por dormir con Altair esa noche. Pero ya no podía volver. Su orgullo se lo impedía. Y mientras se sentía cada vez más ruin, se quedó dormido.