CAPÍTULO 44
─¡Altair, tienes que esconderte! ─exclamó Kairós levantando a Atti por encima del suelo para llevársela adentro.
─¿Por qué? ¿Qué está pasando?
Pero el rey no le dio ninguna explicación. Con el horror imprimado en el rostro, la condujo al interior de su cámara y cerró las puertas con todos los cerrojos.
─¿Qué pasa, Kairós? ¿Qué significa esto?
El joven monarca se detuvo un instante y anunció:
─Alimañas.
─¿Qué?
─Sí, Altair. Se ha roto la tregua. Tienes que quedarte aquí.
Pero Attaegina no tenía pensado obedecer, ni siquiera en tales circunstancias. Kairós la sujetó por el brazo para retenerla.
─¿A dónde vas?
─A por mi bastón de nawal . Quiero que me lo devuelvan.
─¿Estás loca? ¡Hay cientos de alimañas rodeando la muralla!
─¡Precisamente, Kairós! ¡Tengo que salir ahí a pelear!
Kairós no la soltó. Al contrario. No pensaba dejarla ir. Attaegina comenzó a forcejear con él.
─¡Altair, estate quieta, escúchame!
Atti desistió. Kairós tenía diez veces más fuerza que ella. Era inútil cualquier intento de escapar.
─Mis guerreros tienen armas de plata, podrán contener a esos diablos. Pero si te atrapan a ti…
─¿Qué? ¿Qué crees que pueden hacerme?
Kairós resopló. La tozudez de Attaegina podía exasperar a cualquiera.
─Attaegina, si las alimañas te capturan y se te lleva al Tártaro, entonces no te garantizo que pueda sacarte de allí jamás.
No mentía. Si por algo estaba reteniendo a Attaegina en contra de su voluntad era por puro deseo de protegerla.
─¡Señor! ─llamaron a la puerta insistentemente. Sin esperar consentimiento por parte del rey, una guarnición de soldados armados irrumpió en la cámara. Parecían desesperados─. ¡Señor! ¡Son alimañas! ¡Muchísimas!
Kairós arrastró a Attaegina hasta el centro de la sala y ordenó:
─¡Acompañadla a su habitación, que no salga de allí! ¡Y protegedla con vuestra vida!
El rey corrió a por sus armas: su lanza, su espada, el escudo ligero...
Se colocó la loriga militar y el yelmo emplumado lo más rápido que pudo y se dispuso a acudir al combate mientras Atti, con el corazón en un puño, era conducida a su habitación sin protestar.
¿Y si Halcón estaba allí liderando a las bestias?
Si era así, debía salir a su encuentro a pesar de las órdenes del rey.
Pero Kairós no había llegado al final del pasillo cuando el general Arestes apareció frente a él acompañado por el sabio Arquimés.
─¿Qué ha pasado? ─les preguntó el monarca con desconcierto. Ver a sus dos grandes pilares allí reunidos mientras se libraba una contienda no auguraba nada bueno.
─Quieren dialogar ─informó Arestes.
─¿Qué? ─se sorprendió Kairós─. Pero, ¿qué quieren? ¿Qué quieren ahora?
─Quieren saber si estamos ocultando a la chica ángel ─respondió Arquimés con los ojos fijos en Attaegina.
Todas las miradas se cernieron sobre ella en aquel instante mientras, sin abrir la boca, buscaba alguna señal en la expresión de Kairós, algún mensaje que solo pudieran entender ambos y que le diera una directriz sobre lo que podía revelar o no.
─Pero Altair no es... ─mintió Kairós con convicción.
No se le veía nervioso. Attaegina valoró que estuviera intentando protegerla, sin embargo aquella mentira empezaba a írseles de las manos.
No sabía qué pretendían esas alimañas pero, por de pronto, Lorick estaba ahí abajo, en ese campo de batalla. Y muy seguramente, Halcón también.
─¿Qué condiciones han puesto? ─preguntó Kairós intentando manejar la situación.
─Quieren verla ─anunció Arestes─. No se fían. Se ha corrido el rumor de que la chica ángel se esconde tras nuestros muros. Quieren comprobarlo ellos mismos.
─Verla y... ¿ya está? ¿Y luego?
Kairós no llevaba puesta la tiara de oro rojo.
Sin embargo, Attaegina sentía de nuevo esa densidad en el aire, la sensación de que había más ojos observándola de los que aparentemente identificaba, como si la acecharan desde las sombras por debajo de todos esos tapices y cortinas, cuando de repente la madre guardiana apareció en escena.
No dijo nada, pero Atti sintió su presencia como un aguijón en el cuello dispuesto a clavársele si daba un paso en falso.
Se preguntó qué represalias tomarían las alimañas.
Era obvio que se cebarían con todo aquel que intentara ocultarla.
Y ella no podía consentirlo. Además, tenía que salir a comprobar si estaba Halcón.
Si él la miraba de nuevo a los ojos, si volvía a escuchar su voz, si se acercaba a él, puede que una parte de sí mismo la recordara y volviera a prenderse algo de luz en su consciencia.
─¡Soy yo! ─alzó la voz por encima de todos─. ¡Yo soy Attaegina Mentastro!
Kairós reaccionó con la misma incredulidad que el resto, pero ella, para no comprometerlo, fingió:
─¡Yo te he mentido, Kairós! ¡Y te pido perdón por ello! ¡Te suplico perdón, mi rey y señor!
El rey se quedó paralizado sin saber muy bien cómo reaccionar. ¿Debía castigarla en público? ¿Es que esa mujer no tenía miedo de nada?
─Entonces, debes entregarte ─intervino Agámena, que creía que todo se había resuelto a favor del reino en un abrir y cerrar de ojos. Nada más lejos de la realidad, pues el rey aún tenía algo que decir:
─¡No se entregará!
La madre guardiana no aceptó esa muestra de insurrección así como así.
─¿Cómo que no? Kairós, la supervivencia de tu reino pende de un hilo esta noche. Solo tienes que entregarla y nos dejarán en paz.
Era lo que todos deseaban. Lo que pensaban todos. Pero el rey no cedió:
─No la entregaré, ¿me habéis oído? No pienso entregarles a la futura reina de Pira: mi futura esposa.
Attaegina se esforzó por disimular su sorpresa.
Pero, ¿cómo se le había ocurrido semejante respuesta?
¿Se trataba simplemente de teatro? ¿O había una parte de verdad en esos planes?
El general Arestes y el sabio Arquimés se quedaron boquiabiertos al tiempo que buscaban la aprobación en Agámena, quien observaba al joven rey con evidente desprecio, sin disimulo.
─Pero, ¿qué decisión es esa? ─preguntó mirando a Kairós en tono acusador.
Attaegina sintió que el monarca se hacía pequeño como un niño frente a la madre guardiana.
Todos los hombres que había allí la temían como a un depredador que no había comido en días.
Y se preguntó si debía salir en defensa del rey o si eso empeoraría las cosas.
Por lo menos no se había puesto la tiara, esa pieza familiar que pesaba tanto sobre él.
Agámena también se había dado cuenta... y no le gustaba.
─Creo que ha quedado bastante claro, ¿no? ─habló Kairós en tono autoritario. Y Attaegina supo que, por primera vez, el rey se atrevía a reclamar su espacio. Su derecho a elegir sin tener que consultar con nadie más que consigo mismo.
─Y ahora voy a ir a dialogar con esos diablos y les voy a exponer mis propias condiciones ─declaró─. Acompáñame, Arestes. Y vosotros ─se dirigió a los hombres de armas─, escoltad a Attaegina hasta la habitación de la reina y haced guardia hasta que yo vuelva.
Pero Attaegina quería acompañarlo, bajar al campo de batalla y buscar a Halcón.
─¡Kairós! ¡Por favor! ¡Déjame ir a mí también! ─le pidió.
Kairós la ignoró por completo. Toda aquella farsa que habían improvisado entre los dos en cuestión de minutos era realmente delicada. Cualquier metedura de pata ahora podía salirles bien cara.
Así que Attaegina, muy a su pesar, fue llevada casi a rastras a la habitación de la reina.
En sus pensamientos solo estaba Halcón. Temía por él, le daba miedo que los soldados de Pira lo mataran.
« Pero, ¡qué tontería! » , se dijo. Halcón era el Rey de los Diablos.
No existía ejército humano capaz de someterlo.
Además, si Halcón estaba allí, tenía por seguro que iría a buscarla.
Sí, aunque fuera para comerse su corazón.
Contaba con ello. Entonces sería el momento de salvarlo.
Pero pasó una hora y nadie subió a su habitación ni escuchó el clamor de la batalla a lo lejos. Al cabo del rato, y mientras cabeceaba empezando a quedarse dormida, Kairós tocó a su puerta y, cuando ella le abrió, anunció:
─Se han retirado.
Attaegina no entendía nada. ¿Dónde estaba Halcón?
Y, ¿por qué no había ido a buscarla, aunque fuera haciendo rodar cabezas?
Quiso hacerle mil preguntas a Kairós, saber qué les había dicho para que se marcharan, por qué les concedían una nueva tregua.
Y luego estaba lo de ser su futura esposa… El rey no le permitió hablar.
─Te necesitamos abajo ─le dijo─. Hay muchos heridos.