El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 43
37%

CAPÍTULO 43

─Te prometo que no te entregaré, Altair.

─Ya sabes que no me llamo así .

─Seguiré llamándote Altair para protegerte. Y ahora, cuéntame la verdad, ¿eres tú la chica ángel?

Attaegina no dijo nada, solo asintió con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Todo aquello se había enredado más de lo que esperaba y ahora no había vuelta atrás: Kairós la había visto en plenitud. Había visto sus alas. ¿Quién iba a ser, si no?

─Déjame ver tu mano ─le pidió el rey. Casi se le había olvidado, pero una marca de quemadura sirvió para confirmar lo que era evidente. Kairós la examinó. Después le explicó:

─Solo los ángeles se queman cuando tocan oro rojo, ¿lo sabías?

Attaegina lo ignoraba. Es más: nunca antes había visto ese metal. Ni siquiera había escuchado hablar de él.

─¿Por qué? ─preguntó.

─El oro rojo se fabrica en el Tártaro. ─Attaegina seguía sin comprender. No sabía de qué le hablaba. Kairós prosiguió─: El Tártaro, donde viven los diablos.

─Entonces, ¿por qué tu familia posee esa corona?

Esa pregunta desarmó a Kairós. Ahora le tocaba a él revelar sus secretos ocultos.

Pero confiaba en Attaegina. En realidad, lo había hecho desde la primera vez que la vio.

Después de todo, ella lo había liberado de sus demonios y, por primera vez desde hacía muchos años, se sentía a salvo junto a alguien.

─ Kairós, acabo de verlo yo misma: tus ancestros eran diablos.

─Aquí no puedo hablar, Altair… No pueden saberlo.

─¿Quién? ¿Quién no quieres que sepa qué?

El miedo regresó al rostro de Kairós. Una fuerza oscura intangible parecía acecharle desde cada esquina de la cámara real. Debía de ser muy poderosa para que un rey militar tan fuerte y poderoso como él la temiera tanto.

─ Ven… Mejor salgamos al patio.

La tiara de oro rojo continuaba en el suelo, a un lado, pareciendo que los miraba con rencor mientras ambos atravesaban con sigilo el umbral de la puerta que daba al exterior, un umbral cubierto de cortinas blancas de macramé.

Kairós las retiró con el brazo para que Attaegina pasara en primer lugar, aunque ella no se molestó en preguntarle si también las había tejido Agámena, como todo lo que había colgando de las paredes y techos de palacio.

La firma de la madre guardiana impregnaba cada rincón de ese palacio.

Cuando salieron por fin al patio y se sentaron alrededor de una mesilla, debajo del techado que formaban las parras, Kairós suspiró de alivio, como si se hubiera quitado una enorme carga de la espalda.

Allí fuera el aire no pesaba. Attaegina le dio su tiempo para recuperarse y, algunos minutos después, el rey por fin habló.

─Mi madre procedía de una casta de sacerdotisas de Amarat.

Attaegina puso toda su atención en su relato al escuchar la palabra sacerdotisa . Kairós continuó:

─Mi padre la seleccionó de entre todas las que había. Creyó que era la mejor para que le diera un heredero. Él nunca la amó realmente, aunque la colmara de lujos como la habitación que ocupas estos días y la ropa que vistes hoy.

─Entonces, ¿qué quería tu padre de ella? ¿Por qué escogió a una mujer de casta religiosa?

Kairós se quedó pensativo. El recuerdo de su madre le producía una terrible añoranza.

─Ella sabía muchos misterios, conocía la Ley del Cosmos. La familia de mi padre, esos hombres que acabas de ver convertidos en espectros, la consideraron perfecta para servir a Pira con su sabiduría sobre lo oculto.

El rey se levantó y, guiado por su intuición, se quitó la capa regia y se la echó a Attaegina por encima de los hombros al igual que hizo la primera noche que se encontraron allí. Era su mejor capa y Atti no ignoró ese gesto. Después, Kairós alcanzó una copa que había en la mesilla.

─Te habrás preguntado por qué no te he invitado a un trago de buen vino siendo uno de los grandes orgullos de mi reino ─le sugirió de repente cambiando de tema.

Ella se quedó desconcertada mientras se encogía de hombros esperando alguna respuesta coherente.

Kairós prosiguió─: Agámena sabe que el vino me afloja la lengua.

Por eso prohibió a los esclavos que nos lo sirvieran.

Sin embargo, puedo invitarte a un trago de agua.

Atti no sabía qué podía significar aquello. ¿Tendrían en Pira alguna rara costumbre con el agua de bebida que ella desconocía? Kairós se acercó y se volvió a sentar frente a ella, copa en mano.

─Mi madre se llamaba Sámala. Aprendí de ella que la verdad es clara como el agua.

─Tu madre tenía un nombre bonito.

Kairós sonrió.

─Sí, ella también lo era. Mi madre me explicó además que el agua tiene una gran capacidad para memorizar, para contar cosas que no pueden decirse con palabras.

Entonces bebió un trago y, a continuación, girando la copa, se la ofreció a Attaegina exactamente por el sitio por donde él había apoyado sus labios.

Atti no sabía cómo debía actuar. Parecía un rito. Sospechaba que la intención de Kairós no era compartir una simple copa de agua sin más. Se miraron a los ojos y se dieron cuenta de que ya existía cierta complicidad entre ellos. Y siendo así, confiando en él, bebió del mismo cáliz.

En ese momento, sosteniendo la copa, sintió que era transportada a otro tiempo y a otro lugar.

Cuando el agua bajó por su garganta, todo se detuvo a su alrededor.

Y tuvo una visión: el rey Orfias recibía de manos Agámena la tiara de oro rojo.

Al fondo, el abuelo de Kairós aguardaba en silencio esperando que su hijo fuera apto.

Pero, ¿qué hacía el rey Orfias rindiéndole cuentas a la vieja?

Y, ¿cuánto poder tenía esa mujer como para coronar a un rey?

Attaegina vio a una joven vestida como una sacerdotisa.

Era Sámala. Estaba embarazada. Sámala pasaba los días encerrada en su habitación sin salir más que a su balcón.

Más tarde, sostenía en sus brazos a un bebé que no podía ser otro sino Kairós, un bebé precioso que había heredado la apariencia masculina de su padre pero el espíritu libre de su madre.

Sámala no se separaba de él, no lo dejaba nunca en manos de Agámena.

Pero la vieja la observaba, controlaba sus movimientos, la acechaba constantemente.

Quería sostener a ese bebé en sus brazos como fuera, romper el vínculo madre e hijo a toda costa. ¿Por qué?

De pronto los recuerdos avanzaron muy rápido y Atti vio a Kairós con la edad de siete años.

Sus padres discutían. La reina se colocaba delante de su hijo, como si tuviera que protegerlo de alguna bestia.

Y el rey la castigaba mientras su expresión se tornaba monstruosa y la tiara de oro rojo parecía fulgurar sobre su cabeza.

Sin embargo, de noche en el patio, mientras tocaba la lira Sámala le enseñaba al pequeño Kairós algunos sortilegios cotidianos, magia discreta como aquella del agua.

Necesitaba encontrar una manera de comunicarse con el niño sin que nadie más fisgoneara en sus asuntos.

Y un día, en esa misma copa que el joven rey acababa de compartir con Attaegina, Sámala le dijo a su pequeño: «Pronto nos iremos.

Lejos. Y esos diablos no te volverán a asustar».

Attaegina terminó de tragarse el agua. Entonces volvió en sí: una sensación de comprensión absoluta se había adueñado de ella.

Lo había visto todo. La rama paterna de Kairós había pactado con diablos hasta el punto de que su miembros habían aceptado ser como ellos a cambio de entregar su alma.

Pero Kairós se resistía. Su madre, incluso muerta, parecía continuar protegiéndolo.

─Kairós, ¿qué le pasó a tu madre? ¿Por qué nunca os fuisteis?

Kairós aún miraba a Attaegina con la misma devoción que cuando la había visto convertirse en ángel. Se acercó un poco más a ella.

─A mi madre le picó una araña venenosa y murió.

Era lo mismo que había contado Lorick el día en que llegaban a Pira. Una historia popular en apariencia, un mito, el de la picadura de araña y la reina. Pero Kairós trataba de sostener su mirada, intentaba decir más que eso…

─Altair, tienes que irte de aquí ─susurró después con un repentino sentimiento de urgencia─. Mira, no te voy a mentir: cuando llegaste a mi casa se me encomendó averiguar tu verdadera identidad.

─Pero, ¿quién? ¿Quién te encomendó eso, Kairós? Tú eres el rey, ¿quién manda por encima de ti?

Los ojos de Kairós volvieron a llenarse de miedo mientras se ponía un dedo sobre los labios para hacerle saber a Atti que no podía decírselo.

─Eso da igual ahora... Todos sospechan que has mentido. Tu hermana y los otros dos…

─Lorick y Nilo ─añadió ella.

─Bueno, tus parientes están en el punto de mira. Si das un paso en falso, los matan.

Attaegina se olía algo, sí, pero no esperaba que las medidas de Pira fueran a ser tan contundentes. Tenía que sacarlos de allí cuanto antes. Kairós podría ayudarla.

─Sabíamos que vendrías a Pira ─prosiguió el rey─, queríamos usarte como moneda de cambio.

─Vaya… Eso no me sorprende. ¿Por eso insististe en que nos quedáramos más? En el consejo, recuerda, estableciste una semana como mínimo.

Kairós se sintió culpable, tanto que se arrodilló ante ella:

─Perdóname, Altair… ─dijo con la voz trémula─. Yo estaba con ellos, sí. Por eso te invité a cenar varias veces. Mi misión era averiguar quién eras y cuáles eran tus intenciones. Pero te prometo que ya no les obedeceré más.

El joven rey se arrodilló a sus pies y se los besó en actitud reverencial mientras decía:

─Hoy has cambiado mi vida por completo, Altair… Hoy he visto quién eres en realidad. Me humillo ante ti, mi ángel redentor, porque me has salvado. Hoy has curado mi alma. Perdóname, Altair. Perdóname, por favor...

─Yo ya te he perdonado. Y ahora, levántate. Vamos, hazlo.

El monarca continuó arrodillado frente a ella, contemplándola, como si después de una vida de oscuridad hubiera conocido aquella noche por fin lo que era la luz.

─No te arrodilles ante nadie, Kairós ─le pidió Attaegina. Sus ojos de ángel relucían con un brillo ancestral, de otro tiempo, de otro mundo. El rey no podía dejar de observarlos.

─Márchate esta noche, Altair. Yo te ayudaré.

─Vale, pero mis parientes vendrán conmigo.

Kairós hizo un gesto de dificultad.

─Lo intentaré ─dijo.

─¿Cómo que lo intentarás?

─Altair, no es tan fácil. El general Arestes vigila a Lorick. Es muy poderoso. Si no queremos que sospechen...

─¡Kairós, eres el rey de Pira! ¡Ocupa tu lugar!

─¡Es que tú no lo entiendes, Altair! ¡Todo esto es muy difícil y…!

En ese momento los cuernos de guerra sonaron desde las atalayas que defendían la ciudad. Era el sonido inconfundible de la batalla. Pira estaba siendo invadida.