CAPÍTULO 42
─No te muevas, Altair… ─le susurró Kairós pasándole un brazo por encima para protegerla de esas criaturas─. Es por mí a por quien vienen. No te muevas y no te harán nada. Tengo que pedirles perdón…
─¿Por qué? ─protestó Attaegina. Kairós la miró como si hubiera perdido el jucio.
─Porque son mis ancestros y les debo lealtad.
Kairós se arrodilló en actitud suplicante y miró al espectro del hombre adulto que tenía en frente y que parecía liderar a los demás.
─Padre, perdóname, padre…
─¿Y ella? ─respondió el espectro con voz de ultratumba señalando a Attaegina con arrogancia. Atti le sostuvo la mirada y permaneció en pie. También tenía miedo, pero no pensaba ceder.
─Padre, disculpa a mi invitada. Ella no…
─¿Es que no sabes quién soy, insensata? ─le habló directamente a Attaegina─. ¡Soy el rey Orfias! ¡Y todos estos que ves aquí son los antepasados de Kairós, los antiguos reyes de Pira! ¡Arrodíllate ante nosotros o…!
─¡No! ─se opuso Attaegina una vez más─. ¡Yo no os debo lealtad! ¡Y Kairós tampoco! ¡Su vida no os pertenece!
─¡Pero…! Altair, ¿qué estás haciendo?
Attaegina los miró a los cuatro. Uno por uno. Y se limitó a responder:
─Voy a enviarlos al lugar que les corresponde.
─¡Pero…!
─¡Tus antepasados son diablos, Kairós! ¡Sí, diablos! ¿Es que no lo ves? Ellos vendieron su alma, pero tú no tienes que pagarlo.
Aunque no disponía de su bastón de nawal , Attaegina trazó un círculo de protección golpeando con el pie en el suelo, tres veces. Y después, recitó en voz baja los decretos de protección. Luego se dirigió a Kairós:
─Levántate. Me vas a ayudar.
─¿Cómo? ─dudó él.
─¡Sal de ahí, hijo cobarde! ─lo increpaba el espectro del rey Orfias─. ¡Vástago inútil que te dejas proteger por una mujer!
─No les escuches, Kairós ─le dijo ella. Y apretó con fuerza su mano, una mano grande, fibrosa y fortalecida por fuera, pero temblorosa y dócil al tacto.
─¿Qué hago, Altair?
─En primer lugar, míralos a los ojos. No vuelvas a agachar la cabeza en su presencia.
Kairós, por primera vez en su vida, conoció el valor. No era el mismo valor que había que mostrar para cabalgar un caballo desbocado o para salir al campo de batalla con una espada en las manos. Era otro tipo de valor. Y Attaegina lo había prendido en él.
─¡Serás castigado por esto, Kairós! ─gritaba el rey Orfias aumentando de tamaño y adoptando un aspecto estremecedor, diabólico.
─Traidor a la raza ─murmuró otro.
─¡Abuelo, no me digas eso! ¡Sabes bien que yo no soy ningún…!
Attaegina le cogió la mano con más fuerza y Kairós de nuevo se empoderó.
─No hace falta que les respondas ─le susurró ella cerca del oído─. Si no quieres…
─Pero es que sí quiero, Altair ─respondió el rey volviendo a recuperar la entereza. Luego miró fijamente al fantasma de su padre─: ¡Escúchame bien! ¡Mi vida no te pertenece! ¡Ni a ti ni a ninguno de vosotros!
A su lado Attaegina pronunciaba los decretos en voz baja mientras que, con la mano que le quedaba libre, formaba símbolos en el aire. Kairós continuó:
─¡Me da igual qué tratos hicisteis con quien sea! ¡A mí nadie me preguntó jamás! ¡Vuestras deudas pendientes no son mías! ¡No voy a pagar por lo que decidisteis vosotros!
Los espectros se agitaron. Lo insultaban, intentaban provocarlo, se acercaban cada vez más a ellos con gestos amenazadores. Attaegina continuó impenetrable. Kairós volvió a dudar.
─Sigue ─lo apremió ella─. No tienen poder sobre ti.
─¡No sois nada! ¡Por mi parte se acabó!
─¿Cómo osas? ─se ofendió el rey Orfias. Y escupió una bocanada de fuego.
Kairós, por instinto, se situó delante de Attaegina para protegerla, pero en ese momento fueron unas alas blancas y enormes las que lo protegieron a él rodeando su cuerpo, transmitiéndole una calma y una valentía como nunca sintió.
Cuando el rey la miró a los ojos y se encontró cubierto por el escudo de sus alas de ángel, sintió una comprensión que cambió su vida. Y ahora sí, infundido de valor y sagacidad, se dio la vuelta una vez más y, soltando la mano de Atti, declaró:
─¡Escuchadme todos! ─clamó─. ¡Renuncio a vuestra herencia!
Los cuatro espectros se quedaron en silencio con las bocas abiertas para maldecirlo pero incapaces de emitir palabra alguna. Era como si Kairós les hubiera clavado una espada a cada uno en el corazón. Se sintió fuerte y lo volvió a pronunciar:
─¡Renuncio a vuestra herencia! ¡Yo soy un hombre libre! ─Y repitió por vez tercera─: ¡Renuncio a vuestra herencia!
─…a la luz ─terminaba de pronunciar al mismo tiempo Attaegina.
Acto seguido, una luz blanca y fresca creció desde el círculo de protección donde se encontraban Atti y Kairós, subiendo por las paredes y el techo de la cámara real, ocupando todo su espacio mientras los cuatro espectros se desintegraban al ser alcanzados por ella.
Cuando desaparecieron por completo, la luz regresó a Attaegina al tiempo que el tamaño de su aura mermaba hasta extinguirse.
Un minuto después, allí solo quedaban Kairós y ella mirándose sin atreverse a decir nada, recuperando el aliento.
─Lo has hecho muy bien, Kairós.
El joven rey respiraba aliviado, como si se hubiera quitado de encima un enorme peso con el que ya no podía cargar.
Y en lugar de responder, su reacción fue abrazarla con todas sus fuerzas y rendirse sobre ella como si fuera su salvadora.
Las alas de Attaegina todavía eran visibles a sus ojos.
Rodeaban su cuerpo suavemente, proporcionándole una sensación de paz jamás antes experimentada.
Y Atti supuso que ya era tarde para fingir.
─Altair, eres la chica ángel, ¿verdad?
Ella intentó disimular que no sabía nada de eso, pero Kairós vio la verdad en sus ojos.
─Eres Attaegina Mentastro, la misma a la que busca Nabor.
Attaegina se apartó despacio de él. Ya no tenía alas. Pero se dijo que, si Kairós lo sabía, quizás podría confiar en él. Confiar en el Cosmos porque todo sucedía por algo. Y recordó todas esas veces en que Halcón le decía: «Fuerza Espiritual. Es decir, Fe».