El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Delante del espejo Attaegina no podía ocultarse a sí misma la extraña sensación que le producía vestirse con otra ropa que no fuera su atuendo de nómada del desierto.

Con esa misma ropa había seguido a Halcón durante semanas en su proceso de adiestramiento y se había convertido en nawal .

Ahora, ataviada con una túnica festiva de la mismísima reina, tenía el raro sentimiento de estar traicionando sus principios.

« Tonterías » , se dijo. « Solo es una cena » .

Sí, pero era una cena con el rey, y ella aún no sabía si debía tratarlo como a un amigo o como a un enemigo.

Aunque Atti no era dada a hablar de más, no escatimaría en precauciones.

Y empezaría por protegerse, no solo usando las técnicas de su estirpe, sino también aplicando las viejas tradiciones calizas, motivo por el cual se recogió el cabello en una trenza ciñendo con ahínco las lazadas y pronunciando un decreto por cada una.

Su trenza siempre había sido su talismán, ¡qué bien lo sabía Agámena!

Por eso la vieja había insistido en peinarla.

También por eso ella se había negado en rotundo, pues sabía de sobra el poder que albergaban las trenzas, aún más tratándose de la trenza de un ángel.

El color azul siempre le había sentado bien.

Daba a sus raros ojos grises un tono celestial.

Ignoraba todavía hasta qué punto sospechaba Kairós de su falsa identidad, si se había dado cuenta desde el principio de que era ella la chica ángel que con tanto afán buscaba Nabor…

Sí, hasta Nilo le había advertido. Sabía que esa cena no era un simple acto de gratitud por curar a los enfermos del reino, sino un encuentro planeado que, seguramente, formaba parte de la estrategia del rey.

Attaegina no disponía de su bastón de nawal por si tenía que defenderse, aunque conocía otros modos de moldear el prana cósmico a su favor si las circunstancias se complicaban.

Y lo más importante de todo, seguía llevando la gema de Halcón pegada a su pecho.

Siempre. Jamás se la había quitado. Jamás lo haría.

La gema había vuelto a latir en una ocasión, ella lo había notado.

Sabía que Halcón en algún lugar estaba vivo.

Y cenar con Kairós aquella noche servía para acercarse a él, entonces todo habría merecido la pena.

Esperó pacientemente en su habitación a ser solicitada por la guardia real.

Y después, mientras era conducida por los hombres de armas, no dejó de darle vueltas a algo.

¿Era miedo lo que sentía Kairós cada vez que Agámena rondaba cerca?

No podía tratarse de otra cosa. Lo sentía en sus ojos, en su voz.

Siempre que el rey hablaba de la madre guardiana, hacía un amago de mirar a su alrededor por si ella estaba escuchando.

Pero, ¿por qué tenía tanto poder esa anciana en una familia de orígenes nobles?

─ Mi señor, la nawal está aquí ─ fue presentada Attaegina cuando Kairós abrió la puerta de su cámara. La recibió vestido con su mejor capa regia, una granate con bordados en oro, y también con la tiara de oro rojo sobre la cabeza.

─ Altair, pasa ─ la saludó con una elegante inclinación de cabeza ─ , es un honor.

─ El honor es mío ─ respondió ella para no faltar al protocolo. Sabía que todas las miradas estaban puestas sobre ambos. Y también que Kairós debía mostrar su imagen más autoritaria y sólida delante de sus hombres.

Cuando entró en la cámara del rey, una amalgama de aromas deliciosos invadió sus fosas nasales y, sin poder evitarlo, la barriga se le retorció de hambre.

Llevaba días comiendo poco más que pan y propinas de los ciudadanos, pero esa noche se iba a sentar a una mesa que habían servido en exclusiva para ella.

─ Espero que todo esto sea de tu agrado, Altair ─ le dijo Kairós con aire orgulloso.

Esa noche no se parecía al joven cercano y tímido al que Atti había descubierto tocando la lira en un patio sin luz.

De hecho, su presencia se notaba pesada, como una fortaleza infranqueable que tuviera mucho que proteger. O que ocultar.

Attaegina dio las gracias. Luego, él se sentó frente a ella. Era una mesa larga, pensada para ocho comensales por lo menos. Esa noche solo serían dos.

Los hombres de armas se retiraron en silencio y, para sorpresa de Attaegina, ningún esclavo se quedó allí dentro para retirarles los platos o servirles el vino. « El vino » , recordó los consejos de Nilo.

Sobre la mesa abundaban las empanadas de masa escaldada, unas eran de queso encurtido, otras de pescado en salmuera, cebolla asada y piñones.

Las hojas de parra rellenas ocupaban cada rincón.

Cocinadas de maneras distintas ofrecían variados sabores que uno solo podía descubrir cuando las mordía: pasas, almendras, arroz, albaricoques secos con aderezos de mejorana, salvia y eneldo.

Y luego estaba el pan de aceite horneado en piedra.

Las escamas de sal gruesa crujían entre los dientes cuando uno se echaba un pedazo a la boca.

Sin duda alguna, se trataba de una cena digna de una reina. Pero, ¿dónde diablos estaba el vino?

─ No hace falta que seas comedida, Altair. Somos dos amigos cenando en confianza, ¿no crees?

─Incluso así, un nawal nunca se excede. El camino es siempre el camino.

─Entiendo, el camino… Por eso no quieres quedarte en Pira. ¿A dónde irás cuando acabe la semana que me prometiste?

A Attaegina le molestó su cinismo. Ella no había prometido nada en realidad, sino que básicamente Kairós la había obligado a permanecer en su reino en contra de su voluntad. Fingió que no le molestaba y respondió:

─El camino del nawal a menudo es inescrutable. No conozco mi siguiente paradero. Sencillamente iré a donde el Cosmos me requiera.

─¿Y tu familia irá contigo?

Atti asintió. Kairós hizo un gesto de desconcierto.

─Pero ellos no son nawales , ¿por qué te siguen? Altair, dime una cosa, ¿escapáis de algo?

─De nadie ─respondió ella sin dudar─. De nada.

Kairós se impacientaba. Era como si intentara que Attaegina le respondiera lo que él esperaba escuchar. ¿A dónde quería llevarla?

─Altair, hemos recibido noticias de Virim.

Allí los ejércitos de Nabor acaban de arrasar la ciudad por la insumisión de los ciudadanos a su régimen.

Sé que había algunos nawales en Virim orquestando las revueltas junto a otros religiosos.

Me contaste que venías de allí. ¿Vas a seguir insinuando que no sabes nada de eso?

Attaegina no supo qué responder. Algo había escuchado sobre Virim.

También suponía que el ejército de Nabor, en esos momentos, estaría siendo liderado por Halcón bajo su forma demoníaca.

Eso la removió por dentro: se negaba a imaginarse a Halcón devorando a ciudadanos inocentes, destruyendo, matando, causando el terror…

─Sé que hay cosas que no quieres contarme, Altair. Estás en tu derecho. Pero no me mientas. Ante todo, soy un rey. Y castigo la mentira.

A Atti le molestó esa soberbia tan repentina y de pronto, cuando lo miró, no vio solo a Kairós, sino también a otros hombres a su alrededor muy parecidos a él aunque de distintas edades: había un hombre adulto y tres ancianos de aspecto fantasmagórico.

Espectros, sin duda. Y le pareció que en su voz se conjugaba la de todos al mismo tiempo.

Por eso la energía del rey le resultaba tan arrolladora, tan pesada. Pero solo a veces…

─Tengo derecho a salvaguardar mi historia personal y mis propósitos ─respondió con más seguridad─. Al fin y al cabo, tú no eres mi rey. Te debo gratitud por tu hospitalidad, pero no la fidelidad de un súbdito. No te confundas, Kairós.

Kairós, por un instante, no supo cómo reaccionar. Attaegina lo había desmontado por completo, ¿es que los nawales no guardaban respeto a las coronas? Entonces adquirió un gesto más autoritario.

─Eres tú quien se confunde, Altair. Tienes a un rey sentándote a su mesa, ofreciéndote la protección de un reino conocido por la fuerza y la sagacidad de sus guerreros y, ¿te atreves a rehusar mi hospitalidad con esa desfachatez?

El aire se volvía cada vez más difícil de respirar.

Pesaba. Se desplomaba sobre ellos, sobre cada alimento, sobre cada uno de los cirios de los candelabros cuyas llamas titilaban pareciendo ir a ahogarse de un momento a otro.

Y Attaegina percibió un cambio en la temperatura corporal de Kairós, como si se prendiera fuego, mientras le iba levantando cada vez más el tono de voz.

─¡Nabor tiene al Rey de los Diablos de su parte! ─siguió─. ¿Es que no entiendes nada? ¡Esa bestia arrasará con cada ciudad, país y reino que el Patriarca quiera conquistar!

Attaegina mantuvo la calma mientras observaba con atención a los espectros, que se fueron colocando detrás de Kairós sonriendo con malicia y apoyándole una mano en la espalda al tiempo que el joven rey se encendía de nuevo.

─¡Soy un buen monarca! ─exclamó enfurecido─.

Solo quiero proteger a mi pueblo. Si te quedas aquí, también podré protegerte a ti, y a cambio tú puedes ayudarnos.

Los nawales sois quienes más sabéis sobre demonios.

Y a ese heredero maldito, Keriel, como lo llaman en Teff, hay que destruirlo cuanto antes.

Attaegina no lo soportaba más. Cada palabra de Kairós era como una estocada. Podía soportar que le hablara mal, que fuera déspota, pero no que mencionara a Halcón de ese modo.

─Ya he tenido suficiente ─afirmó. Y se levantó de la mesa mirando desafiantemente a los espectros, que formaban un muro detrás de Kairós, cruzados de brazos, observando cada movimiento que hacía.

Entonces Attaegina cayó en la cuenta: todos portaban la tiara de oro rojo sobre sus cabezas.

Mientras se acercaba despacio al rey, continuó hablándole─: Todos los pueblos quieren usar a los nawales como sus armas de guerra.

Nuestros saberes, nuestras técnicas… Así es como se corrompen los de mi estirpe, así es como empiezan a vender magia y hechicería a cambio de favores, de privilegios.

Lo que no sabéis es que los nawales no necesitamos un ejército para detener esta guerra.

No nos posicionamos a favor de ningún reino, pues eso engendra todavía más dolor, más conflictos, más sufrimiento. Y en cuanto al Rey de los Diablos…

─¡Cállate! ─explotó Kairós levantándose con tanto ímpetu que su silla se cayó al suelo. Y se dirigió hacia ella cogiéndola violentamente por el brazo, momento en el cual Attaegina, sin titubear, le quitó la tiara de oro rojo de la cabeza.

─¡Pero…! ¿Qué haces, estúpida?

Fue como tocar hierro al rojo vivo. En contacto con la piel de Attaegina, esa tiara ardía.

Le quemaba de tal manera que la arrojó lo más lejos que pudo.

Entonces el tiempo transcurrió más lento, el sonido metálico de la tiara rebotando por el suelo se intensificó volviéndose ensordecedor, y como si de un milagro se tratara, el rostro de Kairós, su cuerpo, su puño quedaron vacíos de esa ira incontrolable.

El rey todavía sujetaba el brazo de Attaegina pero ya no en actitud amenazante.

La confusión invadía su rostro, no terminaba de comprender qué acababa de suceder.

Era evidente que tenía miedo. No solo eso: Kairós estaba aterrado.

Los cuatro espectros los tenían rodeados y parecían muy molestos por lo que acababa de pasar.