CAPÍTULO 40
─Se rumorea que al rey le pierde el buen vino ─le contó Nilo a Attaegina en un rincón, antes del amanecer, cuando nadie los veía─. Intenta que beba de más, a lo mejor puedes tirarle de la lengua y te dice dónde diablos guardan el espejo.
─Uf, no sé… Todos aquí parecen guardar un montón de secretos.
─Bueno, tú inténtalo, no pierdes nada. Mientras tú cenas con él esta noche, Creta y yo tenemos planeado seguir buscando. Y, ¿sabes? Tenemos un plan.
─Ah, ¿sí?
Nilo miró a su alrededor. Nadie se había levantado aún. Además, llevaba muy cerca de su pecho su amuleto protector: el arcano de la suma sacerdotisa.
─Sus nudos ─explicó─, todos esos tapices y cortinas no están puestos solo para decorar.
Esconden un mensaje. Creo que forma parte de una especie de magia de protección o algo así.
La cosa es que estoy tratando de leerlos, de memorizar los cambios en el patrón.
Eso quiere decir algo, estoy seguro, pero todavía no sé el qué.
Attaegina admiraba la astucia de Nilo. Indudablemente, Pantera lo había aleccionado muy bien transmitiéndole una gran cantidad de conocimiento hermético que pocos, muy pocos, conocían.
De pronto se escucharon pasos a la altura de las bodegas. Los esclavos se levantaban para comenzar un nuevo día. Entonces, Attaegina se despidió de Nilo y salió de allí con disimulo mientras el chico le advertía:
─¡Ah! Y cuidado con el principito. Ese quiere algo de ti.
El día transcurrió como otro más de los que se incluían en el trato que habían hecho con Kairós.
Solo tres días más y podrían marcharse de Pira.
Para entonces, Attaegina esperaba haber averiguado algo sobre el espejo.
Aunque, después de todo, pensó que si el Cosmos le había enviado una invitación a una cena privada con el rey, puede que esa fuera la única manera de dar con la reliquia, es decir, obteniendo la información directamente de labios del propio Kairós.
Esa tarde, cuando subió a su habitación para adecentarse, la madre guardiana la esperaba en la puerta de brazos cruzados, mirando su ropa de nómada con reprobación.
─Imagino que no acudirás así de desarrapada a la mesa del rey ─le dijo sin esforzarse por disimular su desprecio hacia ella─. Mira qué pelos… Vas hecha unos zorros. Déjame trenzarte la melena como…
─No ─objetó Attaegina sin dudar─. Yo me hago mis propias trenzas. No te molestes en enviarme esclavas. No les abriré la puerta.
Agámena asintió con altivez.
─Entiendo… ─respondió. Y se marchó despacio, con dos agujas de tejer bajo un brazo y una madeja de lana en la mano.
Al mismo tiempo, Creta merodeaba por el pasillo del primer piso.
Nilo le había contado dónde estaba la sala de los telares.
Mientras los centinelas hacían su ronda, Creta aprovechó su ligero descuido para abrir la puerta de la sala de par en par.
Y cuál no fue su sorpresa cuando se topó de bruces con Agámena, que se hallaba allí dentro haciendo girar una de las ruecas.
─¡Cómo osas, descarada! ─bramó la madre guardiana abofeteando la otra mejilla de Creta, la que aún no había probado su furia.
Los hombres de armas llegaron tan pronto como escucharon a Agámena gritar y detuvieron a Creta, tomándola cada uno por un brazo y levantándola del suelo mientras la vieja continuaba amenazándola.
─¡Vas a ver! ¡Ahora vas a ver cómo se castiga a los desobedientes en Pira!
Creta, poniendo excusas, rogó que no la llevaran a los calabozos. Sabía el precio que tendría que pagar por esa afrenta. Y también sabía actuar con mucha menos torpeza, pero esa precisamente era su parte del plan. La otra parte, la de Nilo, transcurrió entre las sombras.
Escondido bajo los tapices de nudos, escabulléndose como el aire entre los huecos que se formaban entre los mismos, pudo comprobar varias cosas que llevaba días sospechando.
La primera, que Agámena tenía una extraña habilidad para estar en dos lugares al mismo tiempo.
La segunda, que había dos salas de los telares y estaban colocadas la una frente a la otra.
Opuestas y gemelas a la vez. Una era la que Creta había abierto.
La segunda, en cambio, se ocultaba bajo una elaborada cortina de cintas blancas.
¿Y si era en esa otra donde escondían el Espejo de Obsidiana?
A través de los hilos pudo ver que en aquella también había tres telares y dos ruecas colocados en igual disposición, solo que a la inversa.
Y entonces, aprovechando su habilidad para pasar desapercibido, cruzó el umbral por debajo de las cortinas y, al ver su propia silueta proyectada allí al fondo, descubrió que no se trataba de ninguna puerta ni de ninguna otra sala, sino de una superficie lisa que reflejaba todo cuanto tenía delante. Acababa de encontrar el espejo.