CAPÍTULO 39
Tauh ocupaba un curioso puesto de guardia. Era en lo más alto de las encinas que crecían junto a las dehesas. Desde allí, oculto como solo saben esconderse los verderones, pasaba horas inmóvil con su arco preparado por si esos soldados monstruosos de Teff regresaban.
─¡Baja ya, Tauh! ─le gritó desde abajo Arteo, un chico de su misma edad─. Cambio de turno.
Echando un último vistazo a su alrededor, Tauh obedeció y, ágil como una ardilla, volvió a pisar tierra. Arteo y él se saludaron con un gesto de manos.
─Yo creo que se han ido ─informó Tauh─. Ni rastro de ellos en tres noches.
─Ojalá… Habrá sido por la protección de tu abuelo y de los nawales . En fin, vete a casa, me toca a mí.
Tauh se quedó pensativo. ¿A casa? ¿Con Ceres gruñendo de acá para allá porque había mucho que hacer? A él le gustaba la guardia, apuntar con su arco e imaginarse que le daba a uno de esos rufianes otra vez.
─Puedo quedarme contigo, no me importa ─resolvió.
─Bueno, pero ya deja de fardar de que le clavaste una flecha al cabrón ese.
─A lo mejor por eso no han vuelto. ¿Se habrá muerto?
Arteo, mientras se encaramaba al tronco con más dificultad que Tauh, respondió:
─No creo. Mi abuelo dice que son diablos.
─Hay algo que no entiendo, ¿soldados diablos?
Arteo terminó de subir y, cuando ya estuvo asentado en las ramas más consistentes, dijo:
─Eso dicen. Por eso no creo que esté muerto. Una sola flecha no mata a una alimaña, a menos que sea de plata. Y en Caliza no tenemos plata.
─Ya, como el arpón de Lorick ─pensó Tauh sin poder ocultar su profunda admiración por el nórdico─. Si yo tuviera un arpón como ese, me habría ido detrás de esos diablos a buscarlos por el bosque.
─Eso no te lo crees ni tú.
─¡Eh! ¿Cómo que no? Con armas de plata claro que habría ido a por ellos. Si llegan a tocar a mis hermanas, te juro que los…
─¡Tauh! ─lo interrumpió la voz de Ceres, que llegaba corriendo sin aliento con la angustia imprimada en el rostro.
─¿Qué? ¿Qué pasa?
Ceres se detuvo a coger aire y, cuando por fin pudo hablar, anunció:
─¡Galatis está muy enferma!
Tauh y Arteo se miraron entre sí. No pintaba bien. ¿Había ido Ceres corriendo hasta allí solo para decírselo? ¿Por qué era tan urgente?
─Pero, ¿y qué quieres que haga yo? ─respondió Tauh con torpeza─. Tú eres la que mejor sabe las cosas que usaba Atti para curarnos.
─No, Tauh, no es solo eso. Anut también está enfermo. Y más gente. Y todas las cabras que bebieron en el abrevadero anoche han amanecido muertas.
Ahora sí que parecía grave. Mucho. Tauh llevaba toda la noche vigilando y habría jurado que no había visto nada sospechoso. Ni rastro de los soldados de Teff. Entonces, Arteo dio una respuesta:
─¡Los muy hijos de perra! ¡Han envenenado los pozos! ¡Vamos!
Los tres muchachos corrieron al poblado, donde la enfermedad había comenzado a dar la cara de forma grotesca mientras se prendía una enorme hoguera en la que quemar los cadáveres de las cabras. Y muy a su pesar, intuyeron que ese mismo mal se acabaría cebando con los propios calizos.