El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Crónicas de Antigua Pangea

Aun sin haber conocido la muerte, sin saber si algún día la experimentaría, algo estaba clarísimo en los pensamientos de Keriel: que sería capaz de morir por Altair tan solo con que ella se lo pidiera.

Cuando el claro de luna se reflejaba en las alas de Altair, para él se detenía el tiempo. Verla desnuda en la laguna, sumergida de cintura para abajo en esas aguas mansas que le hacían de espejo, era uno de sus propósitos de cada día.

Pero también lo era recorrer su mejilla con los labios, encontrar su boca, acariciar su cabello como el viento del Sur acaricia los campos de trigo lamiendo, una por una, cada espiga como si fuera única en su especie.

Cada noche, bajo las estrellas, Altair se refugiaba en el espacio que había entre el cuello y el hombro de Keriel.

Su olor contenía la calidez de mil veranos.

Era el olor de su hogar. Arropada por sus brazos no necesitaba que el sol volviera a brotar por encima del horizonte.

Con las piernas enredadas después de haberse amado, Keriel definía la curva de su vientre femenino con los dedos mientras le hablaba al oído y le decía cuánto la amaba.

Y le prometía que siempre permanecería a su lado sin importar qué pudiera suceder.

Y sucedió…

En una ocasión, mientras dormían, una chispa brillante cruzó el cielo y Altair se despertó.

Habría jurado que era una estrella fugaz.

Cuando trató de volver a dormirse entonces vio otra, y a esa le sucedieron otras tantas más.

Y debajo de una lluvia de estrellas despertó a Keriel, extasiada por aquel espectáculo.

─¡Están llegando, Keriel! ¡Están llegando!

─Pero, ¿quién? ¿Quién llega?

Altair sonreía sin caber en sí de emoción.

─¡Más como nosotros! ¡Mira!

Al ver las estelas de todas aquellas estrellas fugaces, Keriel se acordó del día en que Altair y él se precipitaron sobre la tierra de la misma manera.

Habían pasado días, meses, quizás años, y la vida en Pangea con Altair se había convertido en un sueño maravilloso del que no deseaba despertar jamás.

Por ese motivo, cuando comprendió que ya no volverían a estar solos ellos dos, un poso de miedo arraigó en el fondo de sus entrañas como una semilla envenenada. De él dependía hacerla o no germinar.