El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

En cuanto tuvo ocasión, la suma sacerdotisa se retiró de aquel escenario en el que ya no se sentía a salvo.

Notaba que ni Halcón ni Abdur en esos momentos conservaban ya su consciencia.

Y cuando llegó a su cámara, cerró la puerta a cal y canto.

Desde su balcón observó a los soldados mientras se alejaban.

Y enjoyada, peinada y vestida, se echó sobre su cama para ahogar sobre la almohada un llanto desconsolado.

Era como si Halcón hubiera muerto para dar paso a esa bestia que llamaban el Rey de los Diablos.

Y ella lo había provocado al pronunciar sus trece nombres, pero, ¿qué otra cosa podía hacer?

Si Nabor la había amenazado… «¿Qué habría hecho Attaegina?

», se preguntó de pronto sin saber por qué esa descarada seguía ocupando un lugar en sus pensamientos.

Y sin poder evitarlo, se respondió: «Attaegina le habría plantado cara al Patriarca… ».

Se sintió despreciable. ¿A quién trataba de engañar? ¿A sí misma? ¿A Halcón cuando trataba de borrar cualquier rescoldo de su memoria?

─Ojalá estuvieras aquí, Ibis… ─murmuró entre lágrimas. Y se agazapó entre sus sábanas como una niña perdida, con el único consuelo de tener en su mano esa gema misteriosa que, lejos de competir con las joyas de oro fino de una suma sacerdotisa, le daba calma, paz y buena suerte.

No mucho después el Patriarca se retiraba a su propia cámara orgulloso de lo que había logrado esa noche: Keriel volvía a ser imparable y, esta vez, le obedecía en todo.

Además, sus soldados poseían la fuerza de las alimañas, así como su agresividad y su sed de sangre y muerte.

Era un pacto que todos habían aceptado sin dudar: el Patriarca les daba la fuerza , una resistencia sobrehumana, una fiereza sin límites.

A cambio ellos le entregaban parte de su alma y, gracias a eso, ahora Nabor volvía a tener el aspecto y el cuerpo de un joven y bellísimo guerrero.

Satisfecho se quitó la máscara cuando se encontró ante el espejo.

Los esclavos habían sustituido el anterior por uno nuevo cuando lo hizo pedazos.

Admiró su recién recuperada forma física cuando una flecha arrojada desde el otro extremo de la cámara se ensartó en el marco de madera.

Era una flecha igual a la que encontró hacía unos días en la puerta que daba a su jardín privado, una de oro rojo.

─Desde el Tártaro nunca se avisa más de dos veces ─informó una voz femenina y sensualmente rasgada. Cuando Nabor se giró, se encontró de frente una silueta alada. Alas de diablo.

─Vaya, si eres tú, Istar... ─la saludó haciendo ver que no estaba intimidado. La alimaña asintió. Probablemente era la criatura más hermosa que había salido del infierno. En su rostro de mujer, una boca roja y carnosa despertaba en quien la mirase el hambre por recibir su beso mortal.

─La bella Istar ─apuntó aquella con arrogancia─, para ser más exactos.

─Perdona mi falta de compostura. Ha pasado mucho tiempo.

─Sí, mucho. Y deduzco que te ha ido bien por aquí.

Istar examinó con su arrebatadora mirada cada lujo de la habitación, moviéndose con una cadencia felina y seductora. Después se acercó a uno de los muebles de Nabor y sirvió dos copas de vino sin pedir permiso. Una se la ofreció al Patriarca, que la aceptó con diplomacia.

─Azufre quiere verte ─anunció. Nabor fingió indiferencia.

─Bien… Dile que venga. ¿Qué le gusta comer? Mis cocineros no sirven carne humana.

─Quiere que vayas tú ─lo interrumpió Istar contundente, como si intentara evitar que Nabor se fuera por las ramas─. Estáis invitados a su mesa. Tú y Keriel.

─Keriel estará luchando por el Imperio durante los próximos días.

─Mejor aún: llegará con más hambre a la mesa de mi señor.

─Vamos, Istar, dime de qué va todo esto y nos ahorramos las emboscadas y las conspiraciones.

Istar sonrió con un guiño astuto. En sus preciosos ojos se revelaba una crueldad incomparable, como si en ellos se registrara la cuenta de todas sus maldades cometidas.

─Vas bien encaminado, Nabor. Hasta ahora te has servido de algunos que seguían estando de tu parte, como Molok.

Aunque bueno, Molok no era muy inteligente, ¡solo quería que le llenaras la barriga!

Vaya, que con eso te ha servido para dominar a casi todos los humanos de Nueva Pangea ─se rio de su propio chiste─.

Pero abajo es diferente. Siempre lo fue.

─Azufre y yo sabemos muy bien qué lugar ocupa cada uno. Hemos pasado siglos conviviendo en paz, no sé por qué ahora tendríamos que tener problemas.

─¡Oh, Nabor! ¡Con lo inteligente que pareces…! ¿Es que no lo adivinas? ¡Es por Keriel! ¿Qué te pasa? ¿Es que eres el único que no se acuerda de lo que hizo? ¡Todos lo odiamos por ello!

─Esta vez será diferente ─respondió Nabor con total seguridad─. Soy su padre, me obedece en todo.

─Sí, sí… Los diablos obedecen a sus progenitores, es la Ley, y no dudo de tu buena intención pero… Un pajarito me ha contado que vas por ahí llamando a tu hijo Rey de los Diablos… Y puede que no todos estén de acuerdo. A Azufre, de hecho, le ha sentado bastante mal.

Nabor no temía a Istar. La conocía muy pero que muy bien. En cambio Azufre era harina de otro costal, por eso estaba midiendo sus palabras con tanto esmero.

─Nadie quiere usurpar el puesto del rey, Istar. Díselo cuando lo veas. Teniendo Nueva Pangea bajo mi poder, ¿para qué querría yo vuestros infiernos? El que mucho abarca, poco aprieta…

─Eso mismo dijo él. Azufre solo desea establecer bien las fronteras para que no haya malentendidos. Por eso os invita a su mesa. Así que, en cuanto tu hijo termine de jugar a las batallitas, os esperamos allí.

Y dicho esto, la bella Istar apuró su copa de un trago y desapareció mientras Nabor, pensativo, arrancaba la flecha de oro rojo del marco de su espejo.