El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

El aire que mecía las palmeras de Teff al caer el sol se quedó paralizado esa noche.

Estático. Helado. Se dice que incluso las olas se cuidaron de no romper contra los acantilados, que cambiaron su rumbo y que, de una forma inexplicable, peleaban entre sí por regresar al interior del mar.

De alguna manera la naturaleza intuía que esa noche estaba a punto de volver a germinar una semilla maldita, por eso detuvo sus ciclos en el tiempo mientras un silencio aciago se desplomaba sobre toda la ciudad, como un velo pesado y asfixiante que solo interrumpieron los aullidos de dolor de Halcón en el templo de palacio.

El enclave sagrado se había reconstruido tras la noche de la pronuncia, pues el propio Halcón lo derribó la primera vez que fue transformado en diablo. Ahora no constaba más que de una sala ceremonial y un altar, espacio suficiente para Libia, Nabor y el Heredero.

Con todo su pesar, la suma sacerdotisa había comenzado a leer los trece nombres que convertirían a Halcón nuevamente en una bestia inmunda. Pero nada más había pronunciado las sílabas del primero cuando aquel comenzó a sufrir dolores insoportables.

Llevándose las manos al pecho en un intento de contener esa tortura, Halcón le suplicaba que no siguiera. Y Libia, al verlo, se quedó paralizada.

─Pero, ¿qué haces? ¡Sigue! ─le ordenó Nabor.

─¡Es que…! ¡Míralo tú mismo! ¡Le está doliendo mucho!

Nabor se impacientó y, dando un resoplido, llegó hasta el altar donde se situaba ella. Y muy cerca de su oído murmuró:

─Hazlo… Por tu vida.

Había ocasiones en las que el Patriarca daba auténtico miedo.

Esa noche era una de ellas. Así que Libia, después de que un escalofrío la sacudiera, continuó pronunciando los trece nombres con un nudo en la garganta y las lágrimas derramándose por encima de sus mejillas mientras el cuerpo de Halcón cambiaba, crecía y se convertía por segunda vez en el Ángel de la Codicia, con las astas saliendo de su frente, las garras como cuchillas, las inmensas alas extendidas alrededor de su cuerpo y una larga cola capaz de estrangular a quien osara atacarle por la espalda.

Cuando Libia pronunció el último nombre, Keriel , Halcón ya no parecía haber sido jamás Halcón. Era una alimaña del infierno con la mirada perdida a la espera de órdenes de su dueño y progenitor, nada más. Incapaz de recordar, de pensar o de sentir.

─Has hecho un buen trabajo ─le reconoció Nabor a Libia dándole una palmadita en la espalda. Ella lo detestó en ese instante, pero se tragó las lágrimas y no respondió nada.

Afuera los soldados se reunían. Armados, vestidos con sus lorigas y sus cascos, en sus miradas y en sus rostros podía apreciarse una sed incipiente de sangre.

Al ver llegar a Halcón en su forma de diablo, todos lo recibieron con ovaciones.

Era la oscuridad y no un sentimiento patriótico la que insuflaba en ellos la perversa fuerza de la destrucción.

Una fuerza que no era humana. Así lo percibió Libia en los ojos de Abdur cuando, sorprendentemente, lo encontró en las filas dispuesto a marchar con el resto.

Él se dio cuenta. Entonces, la suma sacerdotisa se acercó.

─Mi señora ─la saludó Abdur haciendo una ligera reverencia. Parecía otra persona. Mejor dicho, parecía una criatura.

─Abdur, ignoraba que te hubieras unido al ejército de Keriel.

Abdur sonrió, pero no con su habitual sonrisa sencilla y fácil de interpretar. Esa noche su expresión albergaba un halo pérfido.

─Someteré la ciudad de Virim por nuestro señor, el Patriarca ─dijo con frialdad─. Por nuestro imperio. Y esta vez sí verá que soy un hombre fuerte.

Abdur le dedicó una última reverencia y dio media vuelta mientras Libia, con el corazón en un puño, lo veía alejarse. A él y a Halcón. Y sintió que un vacío muy oscuro se la tragaba.