El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Cuando Halcón se marchó, Nabor continuó allí de brazos cruzados, esperando alguna respuesta a sus preguntas no formuladas, pero como Libia se negaba a hablar, fue él quien acabó rompiendo el hielo.

─Reconozco que estoy agradecido, y admirado también, por tu talento.

─Gracias ─se limitó a responder ella con parquedad. Eso no fue suficiente para que se marchara y la dejara en paz.

─Necesitamos a Keriel. Su recuperación ha tardado más de lo previsto. Pero gracias a tu buen hacer esta noche se estrenará liderando mis filas.

─¿Esta noche? ¿No es muy pronto para él?

─¿Me tomas el pelo? ¿O es que temes que le pase algo?

Por favor, Libia, Keriel es el peor diablo que existe, así que no te conmuevas.

A medida que beba cada vez más sangre humana, su cuerpo se afianzará en el de esa bestia que viste la noche en que pronunciaste sus trece nombres, hasta que se olvide completamente de que en una ocasión fue ese nawal del desierto que te ha robado el aliento a ti también... ¿Me equivoco?

Libia se sintió como una estúpida por haber creído que, quizás, Nabor no se daría cuenta de sus sentimientos.

Pero él siempre se daba cuenta de todo. Incluso con un solo ojo, ningún detalle escapaba a su control.

Se enjugó una lágrima deprisa, con el puño cerrado, mientras continuaba recogiendo sus medicinas. El Patriarca se acercó más:

─Tranquila, no seré yo quien te juzgue por comprometer tu voto de castidad.

Eres la suma sacerdotisa. He visto a muchas como tú amancebadas en secreto con sus hombres de confianza.

Y, si te soy sincero, hasta me ha venido bien que Keriel y tú tuvierais una relación tan cercana.

Digamos que me has ayudado a domesticarlo, te compensaré por ello.

Pero olvídate de él si no quieres sufrir más porque probablemente cuando vuelva de la guerra ya no te reconocerá.

Regresará convertido en una bestia a la que solo podrá domar mi mano y nunca más volverá a dedicarte una de sus seductoras miradas de oro.

A Libia le dolieron sus palabras. Escocían, quemaban como aceite hirviendo, pero tenía que admitir esa triste verdad: se había enamorado de Halcón. Y lo había hecho perdidamente. Nunca antes había sentido atracción por un hombre, pero aquello era completamente irracional.

Cabizbaja y en silencio temió que, si abría la boca para responder, rompería a llorar.

Era como una despedida cruel. Halcón desaparecería en el cuerpo de Keriel lentamente, como el mar se traga poco a poco un barco hundido.

Y ella, ¿qué había hecho para evitarlo, sino solo obedecer ciegamente las órdenes del Patriarca?

─A propósito de eso, Libia, voy a necesitarte esta noche.

─¿Para qué? ─murmuró ella.

─Keriel ha de guiar a mis soldados hasta Virim. Allí se ha armado toda una revolución contra mi régimen que necesitamos sofocar cuanto antes. Y quiero que se presente en su aspecto más fiero. Necesito que pronuncies los trece nombres.

─¿Otra vez?

Y Nabor fue contundente:

─Otra vez.

A Libia no le gustó la idea: la noche en que pronunció por primera vez los trece nombres la invadió una angustia como nunca antes, como si el sol se hubiera ocultado para siempre y no fuera a iluminar más el mundo.

─Te espero en el templo antes del crepúsculo ─le ordenó el Patriarca. Y la suma sacerdotisa asintió sin rechistar.

Cuando salió de allí, Abdur hacía guardia. Suponía que no se había producido ningún altercado entre ella y Keriel, pero se dio cuenta de que algo la afligía. No se atrevió a preguntarle. Se limitaría a escoltarla hasta su cámara.

─No, no me sigas ─le pidió Libia haciendo un gesto con la mano para que se detuviera. Y acto seguido aceleró el paso para marcharse cuanto antes, deseando no cruzarse con nadie.

Abdur se quedó pensativo. Le frustraba no ser capaz de darle consuelo. Bueno, no solo eso: hervía de rabia, de envidia y de celos porque ella prefería al Heredero. Lo había visto delante de sus narices. Y él, ¿qué podía ofrecerle? Solo era un centinela, un hijo de esclavos idos a más...

─Abdur, ¿qué haces todavía aquí? ─le preguntó Nabor cuando se lo encontró─. ¿Es que no acompañas a la suma sacerdotisa?

Abdur, poniéndose nervioso, se apresuró a hacerle una reverencia y después, sin levantar la mirada del suelo, respondió:

─Mi señora me pidió de forma explícita que no fuera con ella.

─Entiendo ─respondió el Patriarca. Y se relamió de gusto, como un depredador que está a punto de comer─. Oye, Abdur, ¿no te gustaría participar en la batalla?

El centinela creyó no entender bien, a lo que Nabor insistió:

─Sí, esta noche. ¿No te gustaría formar parte de mi imparable ejército? Creo que tienes muchas cualidades.

─Señor, no creo que esté a la altura. Yo... Temo decepcionarle si...

─Yo podría ayudarte. Podría darte... fuerza .

« La fuerza » , recordó Abdur lo que le había contado Likós cuando fueron a escarbar entre las ruinas del templo.

De hecho, el día que Likós partió con sus hombres hacia Bérika lo vio muy diferente, como si algo en él se hubiera transformado de un modo inexplicable.

Lo notó más fuerte pero también más agresivo, sediento de violencia.

En resumen, lo notó menos humano. ¿Sería esa la fuerza de la que hablaban?

─Me parece que no lo entiendes, Abdur: Libia está indecisa, eso es todo lo que le pasa. Keriel o tú.... Eso la atormenta. Pero un poco de fuerza por tu parte podría ayudarla a elegir. ¿Qué me dices? ¿Quieres ser tan fuerte como un diablo?