El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

« No tengo miedo » , se dijo Libia al ver la silueta de Halcón de espaldas a ella aguardando su llegada.

Las alas membranosas se le habían desarrollado por completo y el Heredero ya estaba muy lejos de parecer un ser humano.

Era una bestia, una alimaña. Un diablo. El rey de todos ellos.

Pero Libia se armó de valor porque algo le decía que a ella no osaría tocarla.

Y no solo por obediencia al Patriarca. « No tengo miedo » , volvió a repetirse.

Abdur se había quedado esperando afuera, como ella misma había ordenado.

Pedirle que entrara ahora sería como arrastrarse a suplicar.

Y una suma sacerdotisa no suplicaba. No una como ella.

Tenía que granjearse el respeto de los fieles.

Bastante le costaba ya que las discípulas fueran puntuales por las mañanas para hacer el saludo al sol. ¿Por qué a Ibis no le sucedía eso?

─ No tengo miedo ─ pensó en voz alta cuando estuvo apenas a dos palmos de Halcón.

─ ¿Qué? ─ preguntó él sin girarse. Libia se sintió avergonzada.

─ Nada… Nada… Solo decía que…

Examinó la piel de su espalda. Aquellas alas demoníacas parecían llevar allí toda su vida. Ya no había carne abierta ni pústulas. Halcón se encontraba en perfectas condiciones para convertirse en el arma de guerra infalible de Nabor.

Libia le palpó los hombros con cuidado, presionó las cicatrices con la yema de sus dedos.

Halcón ya era una criatura de otro mundo.

Tendría que haberle parecido grotesco, horroroso…

Pero no era así. Su piel emanaba calor y, como ella tenía las manos tan frías, hasta le resultó agradable. ¿Estaría ese diablo seduciéndola?

─Estás bien ─le dijo en tono autoritario─. Puedes girarte.

Halcón la obedeció sin más. Desde que Libia le daba aquel bebedizo, parecía una estatua sin aliento.

Su rostro era inexpresivo. Acataba cualquier orden del Patriarca sin cuestionarla.

No hablaba más que cuando se le preguntaba directamente, como si no quedara una pizca de alma allí dentro, en ese cuerpo perfecto adiestrado para la lucha. Confeccionado para matar.

Sin embargo, y a pesar de su imparable metamorfosis, su mirada seguía albergando una luz especial, un brillo que el propio sol habría envidiado… ¿O eso solo Libia podía verlo?

Cuando ella estaba con él, la expresión del Heredero cambiaba ligeramente.

Entonces, los ojos impenetrables de Halcón se volvían humanos de nuevo.

Y la observaba, podría decirse que con atención.

Quizás con curiosidad. Ella, en cambio, fingía no darse cuenta.

O tal vez era que sostener la intensa mirada de Halcón se le hacía demasiado difícil, pues despertaba en ella unos instintos nunca antes experimentados.

Instintos femeninos. Pero había otra parte mucho más incómoda de reconocer, y era ese sentimiento insufrible de celos por Attaegina.

¿Cuántas veces Halcón la habría mirado así?

─Señora ─le dijo él, de pronto, en un susurro. Una parte del Heredero parecía completamente desconectada del tiempo y el lugar en que se hallaba. La otra, en cambio, trataba de reconectarse con alguna memoria.

─Llámame Libia. Eres el Heredero.

Halcón observó su alrededor. Luego, a través del arco de la puerta oteó los campos de entrenamiento. Por último miró una vez más a Libia. Se detuvo en ella como quien encuentra en medio de la maleza una planta sagrada capa de sanar cualquier mal.

─¿Siempre hemos vivido aquí, Libia?

Ella sintió frío y calor al mismo tiempo. Le latió el corazón muy fuerte. ¿O era esa gema que llevaba escondida bajo la ropa? Sí: cada vez que se encontraba cerca de él, esa gema palpitaba como un segundo corazón externo a su pecho.

─Sí, Keriel. Siempre has vivido aquí ─le respondió sintiéndose como una farsante. Pero es que tenía que seguir las órdenes del Patriarca… Halcón no se quedó satisfecho. Seguía mirándola sin ningún pudor, muy de cerca, como si quisiera asegurarse de algo.

─Pero… ¿tú también?

─¿Qué?

─Tú, conmigo. Tú y yo, ¿siempre hemos vivido aquí?

Libia asintió de nuevo, pero no sin pesar. Engañar a Halcón, borrar todos sus recuerdos y fabricarle nuevos formaba parte de su trabajo. Y se sintió despreciable.

─Me cuesta recordar, Libia… ─se lamentó aquel.

Ella no dijo nada. Alcanzó la pequeña botella con el preparado.

Luego inclinó suavemente la cabeza de Halcón con la mano.

Él se la sujetó. Al principio Libia se puso nerviosa.

No sabía si era una reacción de resistencia.

Si ese diablo la volvía a atrapar, esta vez se encontraba sola.

Podría gritar y llamar a Abdur, pero también podía suceder que, antes de que el soldado llegara en su auxilio, Halcón ya le hubiese partido el cuello.

Su única opción era respirar hondo y encomendarse al Cosmos para prepararse en el caso de que…

No, no hizo falta. La mano de Halcón se deslizó por encima de la suya con ternura y la suma sacerdotisa se sobrecogió mientras él le hablaba en voz baja:

─Todo está oscuro y vacío en mi memoria, pero en ese agujero hay una luz blanca y azul. Y esa luz… Libia, tú eres mi única luz en este mundo que ahora mismo no reconozco ni comprendo.

Libia dejó de oponer resistencia y destensó su brazo para entregarse a la caricia de Halcón.

Tenía su boca tan cerca que percibía la calidez de su aliento.

Esos labios, ¿cuántas veces los habría besado Attaegina?

, pensó de repente sucumbiendo a los celos.

Pero no era Attaegina quien estaba allí con él, sino ella, y Halcón tenía derecho a elegir, ya estaba eligiendo, ¿o no?

¿Qué le daba esa cabra de monte que no pudiera ofrecerle ella, una suma sacerdotisa educada en un templo, cubierta de oro y sedienta de su amor?

Lo deseaba tanto y se daría tan pocas veces esa oportunidad que se acercó a él aún más, decidida a entregarle su primer beso de amor.

─¿Keriel ya está listo para la batalla? ─preguntó con sarcasmo la voz de Nabor rompiendo de un plumazo la atmósfera de intimidad entre el Heredero y la sacerdotisa.

Libia, avergonzada, se apartó repentinamente mostrándole al Patriarca la botellita con el bebedizo sin poder ocultar que la había molestado.

Entonces, haciendo un esfuerzo sobrehumano para controlar su tono de voz, le respondió:

─El preparado ha de suministrarse con minuciosidad. Solo tres gotas. Una interrupción como esta podría haber comprometido la vida del Heredero si, por desgracia, hubiera caído una cuarta bajo su lengua.

Nabor sonrió como solía hacer cuando se sentía por encima del bien y del mal y se divertía con su propia impertinencia, momento en el que Libia cayó en la cuenta de que su aspecto se veía muy rejuvenecido con respecto a la última vez.

Nunca ninguna de sus mentoras le había hablado sobre la eterna juventud del Patriarca.

Ella tampoco se había atrevido a preguntar, simplemente existían asuntos que eran tabú.

Y la edad de Nabor, en concreto, como su sospechoso cambio físico, parecía tratarse de algo muy hermético y oculto.

Aunque le incomodaba su presencia, Libia se concentró muy bien en dar de beber a Halcón las tres gotas.

Mientras lo hacía, sentía el único ojo del Patriarca analizando todos sus movimientos, su lenguaje corporal, su expresión facial.

¿Qué pensamientos rondarían su mente? ¿Se había dado cuenta Nabor de que Halcón le despertaba sentimientos viscerales? ¿Sería castigada o destituida por eso?

Cuando terminó, se apartó de Halcón fingiendo indiferencia mientras Nabor seguía sonriéndole con una mezcla de condescendencia e ironía.

─Vuelve a la palestra, Keriel. Esta noche partirás hacia tu primera batalla.

─Sí, padre ─respondió Halcón de forma automática. A Libia hasta le sorprendió su nivel de sumisión. ¿Qué milagro había obrado su bebedizo en ese nawal indomable?