El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Creta se había dormido de puro agotamiento al caer la noche. Y lo había hecho con la cara apoyada en el interior de sus manos, pues la mejilla que Agámena le había golpeado le escocía como una molesta picadura de arácnido.

Sobre una estera tendida en el suelo de las bodegas, entre barricas de roble y bajo ristras de ajos, pimientos secos y ramas de laurel, compartía su precario dormitorio con diez esclavas más cuyo único privilegio y aliciente era el de no pasar hambre nunca.

De pronto alguien la despertó con suavidad. Le costó distinguir la figura de Nilo en la penumbra, aunque en seguida supo que era él. El chico no abrió la boca. Solo la cogió de la mano y le indicó que se levantara sin hacer ruido. Entonces, Creta lo siguió.

Nilo la condujo con un sigilo sin igual hasta las cocinas, y allí, junto a un recodo, bajaron por una escalerilla que conducía a una de las despensas.

Cuando entraron, el intenso aroma avinagrado de los encurtidos y del pescado en salmuera saturó sus olfatos.

Acto seguido, Nilo cerró la puerta tras su espalda y Creta ahogó una exclamación mientras los inconfundibles brazos de Lorick la estrechaban contra su cuerpo.

─ ¡Lorick! ─ exclamó sobresaltada ─. ¿Qué te ha pasado? Mira cómo te han dejado la cara. Y tu pelo… ¿ahora eres uno de sus soldados? ¡Oh, Cielo y Tierra…! ¿Estás bien?

Creta se quedó acongojada al verlo en aquel estado, así que, sin poderlo remediar, se lanzó a besarlo intensamente sin dejar que se explicara siquiera. Hasta que Nilo, resoplando, intervino.

─ ¡Eh, déjale ya! ¡Que tenemos que hablar!

─ Sí, perdón… ─ se disculpó ella apartándose despacio del nórdico ─. Me he dejado llevar...

Y Nilo puso los ojos en blanco sintiéndose, por un instante, el más adulto de todos. En ese momento Lorick se fijó en la mejilla de Creta, también herida.

─ ¿Quién ha sido? ─ preguntó con odio ─ . ¿Ha sido el general quien te ha hecho eso? Porque, si ha sido él, te juro que lo ma...

─ No, no ha sido el general. Ha sido la madre guardiana. Ella es peor que Arestes, créeme.

Lorick la besó despacio en la piel dolorida y, después, les contó su encuentro con Diorés y todo lo que el abuelo de Halcón le había revelado sobre Agámena, su sospechosa longevidad, la sala de los telares y la extraña magia de los nudos.

Cuando mencionó los entramados de macramé que colgaban de prácticamente todas las ventanas, puertas y muros de palacio, a Nilo se le iluminó la mirada.

─ Pantera me habló sobre eso. Es una práctica común en algunas castas sagradas. Esos nudos están ejerciendo una especie de fuerza mágica aquí dentro, hay que andarse con cuidado.

─ ¿Será por eso que estamos atrapados? ─ preguntó Creta ─ . Recordad lo que hizo Sigrif solo teniendo mi trenza.

─ Mejor no me lo recuerdes ─ respondió Lorick ─ .

Escuchadme: Diorés está casi seguro de que el espejo permanece dentro de palacio.

A mí Arestes no me deja ni acercarme. Y Attaegina, ya sabéis: la tienen todo el día ocupada sanando enfermos.

La vigilan muy de cerca. Vosotros dos tenéis que entrar en la sala de los telares como sea.

─ Yo podría hacerlo ─ dijo Nilo ─ . Llevo encima el arcano que me hace casi invisible para la vieja.

─ Sí, pero en el caso de que el espejo esté allí, ¿qué hacemos con él? ─ intervino Creta pensando en todas las posibilidades.

─ Si fuera un espejo de mano, podríais robarlo sin problema ─ explicó Lorick ─ , pero Diorés ha dicho que se trata de un espejo enorme, eso si es cierto lo que dicen las habladurías.

En realidad, ninguno de los tres sabía cómo continuar una vez encontraran la reliquia.

─ Creo que al menos deberíamos localizar dónde está ─ propuso Nilo ─ , y luego contárselo a Attaegina.

A lo mejor no necesitamos llevarnos el espejo a ningún lado, sino solo que ella se acerque a él con la gema.

Se supone que, cuando eso ocurra, si Raira y Elkerael no se equivocan, en el espejo se revelará una respuesta para seguir, ¿no?

Parecía la opción más coherente y menos arriesgada de todas. Así que acordaron hacerlo de ese modo. En cualquier caso Nilo, gracias a su nueva habilidad adquirida, podría hacer de emisario entre todos ellos sin que Agámena se diera cuenta.

─ Tengo que volver a la ronda ─anunció Lorick ─ . Aidos me ha encubierto. Le he dicho que necesitaba ver a mi prometida y… lo ha entendido.

Sus ojos glaciales buscaron la complicidad en los de Creta, que se estremeció al notar el roce de su mano mientras la besaba.

─ ¡Eh! ¡Que sigo aquí! ─ los interrumpió Nilo, cruzado de brazos y mirándolos como si no tuvieran remedio. Y Lorick, besando por última vez a Creta aunque con mucho más recato, se despidió de ellos y se marchó en silencio.

─ No te preocupes que no va a pasarle nada ─ le dijo Nilo a Creta cuando vio desaparecer al nórdico tras la puerta de las cocinas ─ . Es Lorick, ha estado a punto de morir… ¿cuántas veces ya?

Ella se rio por no llorar.

─ Sí, como todos, ¿quién de nosotros no ha tenido una pierna aquí y otra en el más allá? Y míranos, seguimos todos vivos.

A Nilo le removieron sus palabras. Y Creta entonces se dio cuenta de que, tal vez, había hablado de más.

─ Pantera no tendría que haber muerto ─ lamentó Nilo cabizbajo. Suspiró y, como quien se sacude el polvo tras un tropiezo, se resarció de inmediato ─ . En fin, no siempre se puede caer de pie, pero lo seguiremos intentando, ¿verdad?

Creta sonrió. Admiraba la entereza de Nilo, su capacidad para resolver los problemas con sentido del humor. Y pensó que, tal vez, era el momento de empezar a coger a aquel toro por los cuernos antes de que Agámena terminase por venderlos al circo o algo peor.

─ ¿Por qué no vamos ahora a la sala de los telares? ─propuso .

─Justo v engo de allí. Pero de noche vigilan ese pasillo más que nunca. Creo que de día será mejor, hay más actividad en palacio y los centinelas se distraen.

─ El problema no son los centinelas, es Agámena.

Y Nilo se quedó pensativo. Había observado a la madre guardiana: al igual que los nudos y los hilos, ella también seguía un patrón de movimiento, y aunque no se apreciara a simple vista, a todo tapiz le quedaba un fleco suelto. Siempre.

─ Creo que tengo un plan… ─ dijo ─ . Pero solo si tú estás dispuesta.