CAPÍTULO 32
Attaegina no percibió esa toma de contacto físico como una intimidación, sino más bien como una súplica para que se quedara a su lado.
Aunque fuera un momento. Y sintió un ligero sentimiento de clemencia.
A decir verdad, desprovisto de su corona y de la capa regia, sencillamente vestido con una camisa de lino sin teñir, Kairós parecía mucho más accesible, más amable. Acaso vulnerable.
─ No te he vuelto a ver desde el consejo, Altair.
Agámena me ha contado que tienes mucho trabajo con los enfermos ─ le dijo.
Ni siquiera le reprochó que no hubiera ido a cenar con él.
El caso es que Atti no sintió el peso de sus palabras como la primera vez que hablaron en la sala del consejo, donde cada sílaba que pronunciaba el rey parecía ir cargada del lastre de una condena.
Kairós la invitó a sentarse señalando un poyete que sobresalía de la pared. Los mosaicos la forraban definiendo cenefas geométricas de colores brillantes, en diferentes tonos de naranja y azul. Quien quiera que los hubiera elaborado, poseía un gusto delicioso.
Cuando Atti se sentó tuvo frío, pues incluso en la tórrida Pira las noches de invierno eran duras.
Entonces Kairós, que se dio cuenta en seguida, se levantó y le echó por encima de los hombros una manta de cachemira, tan vaporosa y reconfortante que, por un momento, Attaegina se sintió como en casa, aunque lo cierto era que jamás en Caliza habían tenido semejantes lujos.
Le dio las gracias al rey y este volvió a tomar asiento frente a ella.
─ La noticia de tu visita ha corrido como la pólvora y ahora todos quieren que los cures y que les des consuelo. Y no me extraña…
Se quedó pensativo, mirando las estrellas. Su perfil era rectilíneo, armónico. Su rostro parecía haber sido tallado con minuciosidad. ¿Qué nostalgia afloraba en él que Attaegina no sabía identificar?
─ Hay algo que te atormenta, ¿verdad? ─ le preguntó ella. Kairós la miró. Más que tristeza, era dolor lo que se adivinaba en su gesto. Asintió:
─Mi reino atraviesa su peor momento de la historia.
Se levantó, se puso de espaldas a ella y se desnudó de cintura para arriba.
Al principio, Atti no supo cómo responder.
¡Era el rey! Demasiado cerca. Demasiada intimidad.
Mas cuando vio su espalda sembrada de cicatrices, unas que ella por desgracia conocía bien, grotescas y negras como la boca de una fiera, entendió que tenían en común más de lo que parecía.
─¿Te atacó una alimaña?
Kairós asintió:
─Casi me despelleja.
Atti, movida por su instinto de nawal , se levantó para ver de cerca sus heridas, para examinarlas deslizando suavemente sus dedos por encima.
─Han cicatrizado bastante bien dentro de lo que cabe ─dijo.
─Agámena hizo un buen trabajo.
El silencio de Attaegina simplemente confirmó lo que el monarca sospechaba.
─Sí, ya sé que es ruda y, a veces, un poco dominante. Pero Agámena es como una madre para mí. Siempre ayudó a mi familia. Ella me crio, me dio pecho, cuidó a mi madre en su lecho de muerte…
─Lo siento ─añadió Atti en tono solemne. Kairós se volvió a vestir mientras seguía hablando:
─No te preocupes. Eso fue hace mucho tiempo ya. Yo solo tenía nueve años.
─¿Y las cicatrices? ¿Cómo fue?
─Siempre hemos recibido ataques de alimañas.
Por eso adiestramos tan bien a nuestros militares.
Para mi pueblo, saber luchar es el equivalente al pan de cada día.
Nos honra, nos hace sentirnos orgullosos de nuestra casta.
Somos guerreros desde que vamos en el vientre de nuestras madres.
Nuestros ancestros han sobrevivido durante siglos a los ataques de los diablos.
Bañamos nuestras armas con plata y nuestra estrategia es intachable.
La vigilancia de nuestras murallas es infalible, al mínimo atisbo de que se aproxima una criatura, mis hombres dan el aviso.
Es por ese motivo que hay toque de queda.
Ya lo había cuando nació mi padre. Al menos desde entonces, no se ha levantado.
Pira sabe cómo protegerse. En lugar de ceder a los chantajes de las alimañas y entregar ofrendas humanas, como han hecho otros pueblos, Pira no cede, no se fatiga. Siempre lucha por la libertad.
Attaegina se conmovió con sus palabras y admiró la fortaleza de aquellas gentes.
Conocía de primera mano el modo en que Nabor obtenía todos sus privilegios entregando almas inocentes a entidades oscuras.
Incluso los del Clan del Salmón lo habían hecho, con la diferencia de que los parientes de Lorick, al sacrificarse voluntariamente por su raza, incluso se sentían dignificados.
─Mi padre murió en la misma batalla en que me hicieron estas cicatrices ─prosiguió Kairós─.
Tan solo hace unos meses. Eran demasiados.
Se cebaron con una décima parte de nuestros ciudadanos.
Altair, no te lo puedes imaginar: era de noche, se escuchaban gritos, había cadáveres por las calles, tejados incendiados… Se llevaron a gente, la torturaban…
Kairós detuvo su relato cubriéndose el rostro con las manos. Estaba visiblemente compungido. Y Attaegina sintió el impulso de consolarlo apoyando una mano en su espalda, pero se contuvo.
─¿Por qué Pira les interesa tanto? ─preguntó.
Kairós suspiró un par de veces y, después, sin variar la dureza de su gesto, negó con la cabeza:
─Quieren nuestras tierras, se ve. Nuestro oro, quizás. Yo… ¿Qué quieres que te diga, Altair? En realidad no sé lo que quieren de nosotros. Pero afortunadamente la tregua está durando más de lo que esperaba.
─¿Qué tregua?
─Verás: mi padre antes de morir solicitó parlamentar con uno de los diablos más temidos del mundo, uno de sus jefes.
Uno que se hace llamar Azufre. Y aquel, regalándole los últimos minutos de vida para que pudiera hablar, escuchó bien.
Entonces mi padre le explicó que acababan de cobrarse la vida de un rey y que eso, según la Ley, se pagaba.
Azufre, admitiendo que tenía razón, le ofreció compensar la deuda con Pira respetando tantos años de paz como yo necesitara al menos hasta que me convirtiera en un rey adulto capaz de guiar a mi pueblo, momento en el que, posiblemente, regresarían para arrebatarnos la tierra.
─Y, según la Ley, ¿qué significa ser un rey adulto?
─Seré un rey adulto cuando contraiga matrimonio y mi reina me dé un primogénito.
─Pero, Kairós, ¡puedes negarte!
El monarca adoptó un gesto de resignación.
─En ese caso, mi linaje desaparecerá. Y entonces tomarán Pira y alguno de ellos se coronará como rey. No, Altair, no… No puedo hacerle eso a mi pueblo.
─Y, ¿cuándo te casarás?
Kairós se encogió de hombros y respondió:
─Cuando encuentre a una mujer digna de ser una reina. Una mujer fuerte que no tenga miedo a la muerte y…
Se interrumpió porque no le salían las palabras.
Tan solo observaba a Atti, penetrantemente, como si nada más existiera.
Contemplaba la cicatriz de su rostro como si se tratara de una medalla al valor, con absoluta admiración.
Además, se había perdido en sus ojos de ángel.
¿Sospecharía Kairós de su verdadera naturaleza?
Attaegina miró hacia otro lado, ruborizada, y él le sonrió:
─Perdóname, Altair. Perdona mi intensidad. En ocasiones sueño despierto con la mujer que ocupará el trono a mi lado. Todavía no hay ninguna en mis planes. Pero bueno, vamos a hablar un poco sobre ti. ¿Vienes de Virim? No te pareces a las gentes de allí.
Ella se sorprendió por su agudeza y, ante todo, se cuidó de hablar más de la cuenta.
─Bueno, sí… ─titubeó Atti─. Es que yo no nací en la ciudad, sino en las montañas. Aunque eso carece de importancia porque en mi tierra hay más cabras que humanos.
Los dos se rieron.
─¿Eres nawal desde hace mucho tiempo?
Attaegina respiró hondo y negó con la cabeza. Hacía menos de un año que sabía lo que eran los nawales . Menos de un año que había conocido a Halcón. Y hacía poco más de un mes que lo había perdido.
─Fui iniciada a mediados del verano.
─¿En serio? Cualquiera lo diría. Con tu talento y tu capacidad, pensaba que te venía de familia.
─Bueno, hubo un tatarabuelo que también lo era ─dijo recordando al abuelo Yarbha─. Pero apenas lo conocí.
Echaba de menos a Halcón. En una noche como esa, bajo las estrellas y apartados del mundo, era con Halcón con quien debía haber estado. No con Kairós.
─Altair, sé que ayer estuviste llorando. Te escuché ─le confesó el monarca ofreciéndole una mano para ayudarla a levantarse─. Cuéntame, ¿hay algo que yo pueda hacer para mitigar tu sufrimiento?
Attaegina negó con la cabeza.
─No hay nadie que pueda hacer nada… ─respondió─. Salvo yo misma.
─En ese caso, considérame simplemente un hombro sobre el que llorar si lo necesitas. Amiga.
Kairós, en pie frente a ella, volvió a perderse en sus ojos, la contemplaba como si fuera una ensoñación. ¿O es que veía sus alas de ángel?
─Te he asignado la mejor habitación de palacio porque quiero que te sientas como una reina. Puedes hacer uso de todo cuanto hay en ella.
Attaegina querría haberle dicho que los nawales prescindían de esos lujos. Que no era necesaria tanta atención. Pero entendió la dedicación de Kairós a garantizar su bienestar y, por eso, se limitó a darle las gracias. Luego se despidió de él dispuesta a marcharse, pues era muy tarde ya.
─Me haría feliz que mañana cenes conmigo ─le pidió el rey.
Atti no se lo esperaba.
─No habrá miembros del consejo ni nadie más ─insistió aquel sabiendo lo mucho que incomodaba a su invitada la presencia de tantos personajes importantes─. Una cena sencilla, en mi cámara. Tú y yo.
Era una invitación directa, sin Agámena de por medio. Y Kairós, a diferencia de la madre guardiana, fue tan amable que Attaegina no supo cómo negarse.
─Vale ─asintió dudosa.
Cuando Attaegina ocupó de nuevo la cama de la reina, se quedó un rato pensativa mientras reflexionaba sobre si había hecho lo correcto al aceptar la propuesta de la cena.
¿Sería una trampa? ¿O una oportunidad para saber más sobre el Espejo de Obsidiana?
En el más estúpido de los casos, puede que fuera un intento vano de coqueteo por parte del joven monarca.
Sin embargo, la sensación que Kairós le había transmitido esa noche se alejaba mucho de la imagen altiva y distante que se llevó de él la primera vez que hablaron.
El Kairós del consejo y el Kairós del patio en soledad con su lira parecían dos personas totalmente diferentes.
Además, si se ganaba la confianza del monarca, tal vez podría preguntarle directamente acerca del Espejo de Obsidiana, aunque contaba con que Nilo, Creta y Lorick estuvieran haciendo sus averiguaciones.
Por último, sacó la gema de Halcón una vez más.
La puso muy cerca de su corazón y, finalmente, se rindió al cansacio.