El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Para Attaegina aquel día no fue sino otra dura jornada poniendo sus conocimientos de nawal al servicio de todo enfermo, endemoniado o desamparado que necesitó acudir a ella.

Escoltada por una guarnición entera de soldados y acompañada por el viejo sabio Arquimés, recorrió las calles de Pira atendiendo cualquier solicitud de sus ciudadanos.

Los curaba, los aliviaba, les daba consuelo.

Nadie veía sus alas de ángel, pero todos cuantos se acercaban podían sentir la caricia balsámica de sus plumas blancas y, por un instante, sus almas recuperaban la paz que llevaban perdida hacía años.

Casi era de noche cuando regresaba a palacio. Se le había permitido tener su bastón mientras laboraba, pero en cuanto llegaron allí un centinela se lo volvió a requisar.

─¿A cuántas más de vuestras gentes tengo que curar para que vuestro rey confíe en mí?

El centinela se sintió avergonzado.

─Señora, yo solo cumplo órdenes ─se excusó.

─Ya veo…

Y Attaegina le entregó el bastón de mala gana. En ese momento alguien salió a recibirla. Habría preferido no tener que toparse a esas horas con la madre guardiana, pero aquella, sin dejar de tejer la labor que portaba en los dedos, parecía llevar un buen rato aguardando su llegada para anunciarle:

─La cena del rey casi está lista. Y, una vez más ─recalcó enfatizando cada sílaba─, te invita a que te sientes en su mesa.

Attaegina hirvió de rabia. Sabía que esos sentimientos no eran dignos de ningún nawal . Pero esa mujer sabía despertar lo peor de ella. Respiró hondo y, tratando de controlarse, prefirió fingir indiferencia:

─Ya he cenado. Las gentes de Pira me acogieron en sus hogares y compartieron su comida conmigo. Dile al rey que no tengo hambre. Estoy agotada. Necesito descansar.

Agámena irguió la barbilla, altiva, y se marchó por donde había venido. No replicó más para alivió de Atti, que no se sentía con fuerzas para discutir con ella.

Cuando llegó a su habitación, se lavó con jabón de laurel y se puso una túnica de lino.

Supuso que cualquier mujer habría abierto el armario de la reina, habría escogido alguna prenda hermosa.

A ella le sobraba. Ni siquiera un año tenía suficientes días para usar tanta ropa.

Abundaban también allí los ungüentos perfumados, los bálsamos, los tónicos para el rostro y los aceites que, se decía, preservaban de la vejez.

Attaegina los ignoraba. No era eso lo que había aprendido en el camino del nawal .

Se miró al espejo, un espejo enorme que casi ocupaba una pared entera, y entonces se preguntó qué demonios hacía perdiendo el tiempo mientras daba servicio a una corona a la que no guardaba lealtad cuando, en realidad, debería estar buscando el Espejo de Obsidiana.

Tomó la gema de Halcón entre las manos. En todo el día apenas le daba tiempo de mirarla, pero siempre la llevaba colgando del cuello, debajo de la ropa.

Se preguntaba qué sucedería con esa gema cuando se hallara ante el misterioso espejo que buscaban.

El caso es que no había vuelto a latir ni a emitir una miserable señal de vida.

Y eso, reconocía, comenzaba a obsesionarla.

Necesitaba hablar con Creta, con Nilo y con Lorick, saber qué habían averiguado, trazar un plan…

Entonces escuchó la música de una lira otra vez.

Sonaba lánguida pero hermosa. Y, en esta ocasión, decidió averiguar de dónde procedía.

Cuando retiró las cortinas y se asomó afuera tuvo la grata sensación de volver a respirar, como si en la habitación de la reina el aire se hubiera estancado, y observó que bajo su balcón había un patio.

Era un espacio discreto pero muy bello, medio oculto bajo techumbres de vid ya desnudas, apenas iluminado y, sorprendentemente, sin hombres de armas que lo custodiaran.

Sin saber por qué, un irrefrenable soplo de libertad la empujó a descubrir de dónde salía esa música.

Attaegina no tenía muy claro cómo se accedía a esa parte de palacio ni quién habría allí a esas horas aliviando con una balada celestial sus peores tormentos.

Pero, movida por la curiosidad, bajó como pudo gracias a la celosía que ascendía hasta su balcón y, con mucho cuidado, llegó hasta el lugar de donde salía la melodía que, en ese instante, cesó.

─¿Altair? ─le preguntó una voz masculina. Cálida. Cercana.

Attaegina no percibió peligro alguno. Sus ojos se acostumbraban poco a poco a la oscuridad cuando comenzaron a distinguir la figura de un joven solitario. Pero, ¿quién era? Y, ¿cómo es que él sí la había reconocido a ella?

─Altair, soy yo: Kairós.

Attaegina creyó que se trataba de una broma. ¿O es que el monarca tenía un hermano gemelo? No podía ser él. Había algo en su aspecto o en su expresión que no encajaba...

─Señor, perdóneme. Yo no quería interrumpir nada ─se disculpó con pudor sin salir todavía de su desconcierto─. Yo… Ya me iba.

Pero la mano de Kairós la sujetó con suavidad.

─Puedes quedarte ─le ofreció. Ante el silencio de Atti añadió, casi con timidez─: Si quieres.

─Sí, claro… Cómo no.

─Y háblame como si fuéramos amigos, por favor. De todas formas, aquí no nos oye nadie.