CAPÍTULO 30
Diorés tardó un rato en asimilar el giro que su vida acababa de dar con el relato de Lorick.
En solo cuestión de minutos, había pasado de ser un viejo vagabundo solitario y renegado de la vida a tener noticias de una hija a la que creía perdida y de un nieto que jamás había conocido.
Tenía los ojos húmedos, los labios prensados con fuerza para ahogar un sollozo.
Cuando logró calmarse, respiró hondo y dijo:
─Hoy es un día grande porque he recuperado la fe en la vida ─logró decir al fin. Después se desmoronó de nuevo─. Pero he sido tan mal padre que no sé si merezco volver a ver a Raira. Dime, Lorín.
─Lorick ─ repitió el nórdico con resignación.
─Sí, bueno... Dime, ¿qué padre no habría ido a buscar a su hija para comprobar que todo le iba bien? Pero yo... Yo soy un despojo. ¡Mírame!
Y golpeó con la mano el muro que le quedaba más cerca. Se hizo daño, aunque no protestó. Seguramente creyó que se lo merecía.
─He sido un mal padre. No he pensado ni por un momento que ella pudiera necesitarme. Y ahora me dices que mi nieto se encuentra bajo el yugo de ese malnacido de Nabor... ¿Qué puedo hacer yo ahora? Si solo soy un viejo borracho desdentado, sin dinero, sin familia... Sin nada.
Lorick, lejos de culparlo por sus faltas, se compadeció de él, pues por su propia experiencia con Oberón sabía que existían padres mucho peores.
─Lo único que está en tu mano ahora es ayudarnos, Diorés. Hemos acompañado a Attaegina para salvar a Halcón. Pero no será posible a menos que encontremos el Espejo de Obsidiana.
─El Espejo de Obsidiana... Entiendo. No se sabe mucho sobre él más que lo que se cuenta en las leyendas.
─No importa, dime todo lo que sepas sobre ese espejo. Cualquier información será valiosa porque no sabemos ni por dónde empezar a buscar.
Entonces Diorés comprendió lo importante que era su intervención ahora que la vida parecía darle una segunda oportunidad.
Ya no parecía el viejo borracho y refunfuñón, sino el artesano, el vendedor, el trotamundos que conocía tantas leyendas como caminos había recorrido tirando de su dromedario, bajo el sol abrasador del desierto, con la paciencia y la templanza de los nómadas.
Y de pronto un atisbo de sabiduría se prendió en su mirada.
─Ahora presta mucha atención a lo que voy a contarte, Lorín, Lorain… Dichosos nombres del norte...
─Lorick.
─¡Eso, Lorick! Como te llames, bueno... La familia real de Pira nunca ha reconocido abiertamente que posea el Espejo de Obsidiana.
A lo largo de los siglos muchos son los que han intentado averiguarlo, sonsacarles bajo amenaza de guerra o simplemente ofrecerles sumas de oro que habrían bastado para comprar otro reino.
Sin embargo, los monarcas de Pira han seguido negando que ellos posean dicha reliquia.
Lorick pensó por un instante que solo perdían el tiempo allí. Si únicamente se trataba de rumores… Pero, por otro lado, Nilo lo había leído en los arcanos: El Carro, La Estrella, La suma sacerdotisa… Su instinto le decía que el Espejo de Obsidiana no andaba muy lejos.
─Lo que intento decirte, Lorín, es que cuando el río suena, agua lleva.
Y si en tantas canciones y cuentos se habla de que el Espejo de Obsidiana fue hallado en este reino, será que hay una parte de verdad.
Pero ponte en el lugar del rey. Si tú sabes que el Patriarca está conquistando un país cada día, ¿no te guardarías en secreto ese espejo, que es un oráculo, para anticiparte a lo que pueda suceder?
Lorick asintió. Tenía sentido. Así como Nabor había ocultado por siglos el arma secreta que era Molok, era posible que los reyes de Pira hubieran hecho lo mismo con el espejo.
─¿Y dónde crees que lo guardan? Si dices que el rey podría estar usándolo para planificar su estrategia militar, el espejo debe de permanecer en algún lugar accesible, un lugar que esté dentro de casa, al que se pueda acudir rápidamente si surgen problemas.
─Por desgracia, no he entrado tantas veces en ese palacio como para hacerme una idea.
Yo solo les vendía telas y mi familia confeccionaba las capas regias que nos compraban.
Recuerdo que algún soldado me acompañaba a la sala de los telares y yo me limitaba a dejar allí la mercancía.
Es la única parte que conozco realmente.
Sin embargo, también recuerdo que la madre guardiana siempre estaba dentro de esa sala cuando yo llegaba, para pagarme.
Y, si quieres que te diga la verdad, mi presencia nunca le agradó.
O mejor dicho, la de nadie: cuando entrábamos en la sala de los telares, se sentía incómoda.
No nos quitaba ojo de encima, no sé, ni que fuéramos a robarle algún dedal, la muy desconfiada.
¿Qué podía haber en esa sala que fuera tan importante?
Dime, ¿lana cardada? ¿Hilo de algodón? Si ni siquiera trabajan la seda, que eso sí que es caro.
─¿Y no había más gente tejiendo allí con ella? Es decir, doncellas de palacio, por ejemplo. En otros lugares es lo habitual.
─¿Con esa vieja huraña que ya era vieja cuando yo era joven?
¡Qué va! Siempre estaba allí sola haciendo macramé.
Y no me extraña, porque no hay quien la aguante.
Si a alguna esclava se le ocurría meter el hocico para fisgonear, Agámena le arreaba una buena tunda de palos.
Así que no, no había nadie más. Solo los reyes podían entrar, supongo que para probarse la ropa que ella les confeccionaba.
─Pero, un momento, ¿de qué clase de espejo hablamos? ¿Es un espejo de mano? ¿Un objeto pequeño?
─¡No, no! Es un espejo muy grande, según dicen, tan grande como una puerta. Para que te hagas una idea, si lo que cuentan las leyendas es verdad, un bigardo como tú se puede mirar de la cabeza a los pies en ese espejo.
─Entonces, no parece que el espejo esté escondido en la sala de los telares…
Diorés negó con la cabeza.
─Al menos yo nunca vi nada parecido. Eso si no lo tienen guardado en algún armario o detrás de una puerta.
Por lo demás, recuerdo tres telares, una rueca…
No, espera, había dos. Dos ruecas, sí. Y desorden, mucho desorden: labores sin terminar, trajes hilvanados… Esa vieja no descansaba ni para dormir.
Lorick no había estado más que unos minutos en presencia de la madre guardiana, pero era cierto: incluso mientras caminaba o entrando en la sala del consejo, la vieja siempre iba hilando algo con los dedos.
Parecía necesitarlo como el aire que respiraba.
Y entonces cayó en la cuenta de algo que le había llamado la atención en cuanto entró en aquel palacio.
─¿Los tapices los hace ella? ─preguntó recordando que todas las paredes estaban recubiertas por esas redes blancas de nudos decorativos y flecos.
─¡Y tanto que sí! Y las cortinas, ¿no te fijaste? Hay cortinas en todas las ventanas, en todos los balcones, colgando por encima de cada puerta. La vieja parece tener una obsesión. Es como una araña peluda cubriéndolo todo con sus telarañas.
Esa visión, como la había descrito el viejo, despertó un temor inexplicable en Lorick.
Y de pronto se imaginó a Creta, a Atti y a Nilo atrapados dentro de palacio, como insectos, mientras la araña se preparaba para devorarlos.
Agámena no le gustaba en absoluto, la percibía más cruel y calculadora incluso que al general Arestes.
Y si era verdad que los reyes de Pira guardaban el espejo en casa, ¿quién mejor que ella sería la encargada de protegerlo?
─¡Tengo que entrar en palacio como sea! ─dijo con urgencia.
─Ella no te dejará. Además, serás castigado por Arestes. Espera a la noche, Lorín. E iré contigo.
─No, no… Es peligroso. Tú tienes que irte ya con tu hija, Diorés. Aprovecha que todavía te queda tiempo o te arrepentirás. Además, intuyo que las cosas por aquí se van a complicar muy pronto. Y si sospechan que nos has ayudado...
─Pero, si no hago esto por Halcón...
─Márchate al desierto. Busca el asentamiento torug . Raira vive allí. Nosotros nos ocupamos de Halcón.
─Sí, supongo que es buena idea... En mi estado y a mis años solo entorpeceré vuestra búsqueda. Pero, déjame contarte algo más, por si te sirve de ayuda.
─¿El qué?
─Verás, como me he dedicado toda mi vida al textil, tengo una fijación muy particular por el tejido y las distintas disciplinas tejedoras.
Cada vez que entraba en el palacio de Pira a cobrar por mi trabajo, mientras esperaba me fijaba en todos esos tapices y cortinas.
Sus nudos siguen patrones diferentes. Creerás que es una superchería, sin embargo cualquier hilo, cordón o fibra, si se anuda con una intención, alberga poder, significado.
Es magia antigua. Como las trenzas, ¿conoces la magia de las trenzas?
Lorick esbozó una sonrisa irónica.
─Bastante bien, sí ─respondió.
─ Pues es parecido a esos patrones de macramé de la vieja Agámena. Puedes creer que estoy loco, pero siempre pensé que contenían un mensaje, solo que yo no sabía leerlo.
Lorick se quedó pensativo. Conservaba algún recuerdo de cuando era muy pequeño y su padre lo llevaba al caserón del clan.
Allí había visto a la matriarca Titania muy concentrada en su rueca.
Tanto era así que no se la podía molestar cuando se metía en el cuarto de las lanas.
Y creyó que las suposiciones de Diorés no se alejaban tanto de la realidad y que ancianas hechiceras como esas sabían bien por qué motivo y con que hilo daban cada puntada.
─Gracias por tu tiempo, Diorés. Pero tengo que irme ya. No quiero que el cabrón de Arestes me golpée en la otra mejilla.
─Claro, claro... Ve, no te preocupes.
─Y prométeme que ahora mismo te vas a ir a buscar a tu hija.
Diorés se quedó mirando las murallas. Varias piezas que llevaban años sin encajar en su interior acababan de alinearse como engranajes en armonía tras terminar de hablar con Lorick.
Y por fin, tras mucho tiempo creyendo que moriría borracho y solo en una esquina cualquiera de Pira, volvió a poner rumbo y dirección a su camino.
Porque, ahora sí, tenía de nuevo un motivo por el que vivir.
─ Te lo prometo… Te lo prometo, sí.
El anciano, brindándole una sonrisa de gratitud con su mandíbula casi desdentada, le hizo una última pregunta:
─ ¿Cómo es mi nieto? ¿Puedes hablarme un poco de él?
Lorick se rio para sus adentros. Si el día que vio por primera vez a Halcón le hubieran contado que solo unos meses después estaría hablando con su abuelo, probablemente se habría vuelto loco.
─ Halcón es uno de los hombres más astutos que he conocido. Uno de los más valientes también. No siempre nos hemos llevado bien, los dos tenemos un carácter complicado. Pero Halcón sabe perdonar rápidamente. No guarda rencor. Eso me agrada de él.
Diorés se emocionó al escucharlo. En su imaginación veía a un joven parecido a Raira, sagaz y alegre. Así era como lo visualizaba. Estrechó la mano de Lorick para despedirse de él, muy agradecido, y le dijo:
─Si eres tan amigo suyo, entonces mi nieto es muy afortunado, Lorín.