CAPÍTULO 29
Posiblemente al mismo tiempo y en la misma mejilla, Lorick también recibió un golpe.
Pero, en su caso, no fue la mano dura de una vieja.
¡Ya le habría gustado a él! Fue el puño cerrado de Arestes el que le giró la cara y le hizo sangrar la encía.
Pero él no se tambaleó. Sus pies no retrocedieron ni un milímetro. Y, sobre todo, no pidió perdón.
─¡Que sea la última vez que dices eso! ─lo amenazó su superior─. ¿Que no vas a luchar por Pira? Estás aquí. ¡Eres un soldado! ¡Y si tienes que morir por este reino, lo harás!
A diferencia del general, que portaba una capa regia decorada por varias insignias, Lorick únicamente vestía la loriga militar y calzaba las sandalias propias de su uniforme, ceñidas con tiras de cuero desde los tobillos hasta las rodillas.
Sin embargo, seguía luciendo con honra la trenza negra de Creta anudada alrededor de su cuello.
Aceptaría recibir todos los latigazos de la historia antes que quitársela.
Por otro lado, lo habían obligado a raparse la cabeza, costumbre propia de los soldados que recién se alistaban en el ejército.
Decían que era para salvaguardar la higiene en los cuarteles, pero él sabía que tenía que ver con el poder, pues el general lucía una melena abundante de la que parecía sentirse bien orgulloso.
Había visto a menudo en Teff que sucedía lo mismo con los soldados rasos.
Y es que, en el mundo de los guerreros, aunque nadie lo verbalizara, el cabello poseía el significado ancestral de la fuerza.
Y él no pensaba permitir que le arrebataran la suya.
─Y ahora ve a lavarte, soldado ─le ordenó aquel─. No pensaba que fueras a sangrar tanto, pareces un cordero desollado.
Lorick musitó un resignado «sí, mi señor» y se alejó de la palestra en dirección a las fuentes, donde otros como él se tomaban unos minutos para descansar tras haber recibido el correspondiente permiso de sus superiores.
─No deberías ser tan desafiante ─le dijo uno de sus compañeros. Se llamaba Aidos y tampoco era nativo de Pira, sino otro esclavo como todos los que componían esa guarnición. Lorick no le respondió de inmediato. Se enjuagó la boca y se refrescó la cabeza, y después contestó:
─En el lugar de donde vengo, somos más tercos que las cabras, ¿lo sabías?
Era obvio que se refería a Caliza. Él no era calizo de nacimiento, aunque se identificaba como tal.
Muchas veces siendo un chiquillo le avergonzó pertenecer a un lugar tan insignificante como aquel, donde lo más interesante que ocurría era que un mercader desconocido se aventurase a pasar tres días allí vendiendo baratijas.
Pero ahora que había conocido varias de las grandes ciudades de Nueva Pangea, como Virim, Teff y Pira, y había comprobado con sus propios ojos cómo se precarizaba la vida de hombres y mujeres en ellas consintiendo el régimen de esclavitud, estaba completamente decepcionado.
Asqueado. Harto. Por eso mismo había renegado de Heimkel y de su clan en su momento.
Aidos y los demás se limitaron a reír. ¿Desde cuándo eran esclavos? ¿Los habían vendido siendo niños? ¿Habían nacido de otros de igual condición? Lorick suponía que sí, que esos jóvenes jamás habían saboreado una pizca de libertad, pero que, si algún día lo hacían, no volverían a ser los mismos.
Estaba muy preocupado por Creta, por Atti y por Nilo. No sabía nada de ellos ni si los estaban tratando con la misma crueldad que a él. Pero siempre que intentaba acercarse a palacio, el general Arestes buscaba una excusa para alejarlo de allí. Era como si lo vigilara. No podía bajar la guardia.
En una ocasión Elkerael le dijo que, si se sentía muy perdido, podía pedir al Cosmos una señal, que esta llegaría pronto. Y siendo así ocurrió que una figura conocida desfilaba casualmente por allí, sin rumbo ni dirección: era el viejo mercader Diorés.
Lorick lo abordó en silencio, sin violencia.
Teniendo en cuenta su aspecto marcial, no era necesaria.
Y el anciano, que lo reconoció de inmediato, hizo un amago de fingir que no lo había visto y a punto estuvo de virar en otra dirección, pero es posible que se sintiera algo culpable después del malentendido del robo que había terminado con los cuatro forasteros metidos entre rejas.
Además, por muy borracho que fuera cuando se los encontró, Diorés no olvidaba el nombre que había mencionado Attaegina. El nombre de su hija Raira.
─Eres el joven de la otra noche, en la hospedería ─comenzó dudoso.
Lorick no pudo evitar hallar en él un cierto parecido con Halcón, y hasta le resultó divertido pensar que los hombres de ese raro linaje de mercaderes compartían un instinto natural para darle problemas.
El anciano continuó tratando de sonar amistoso─: Yo no pensaba que las cosas iban a terminar así.
Bueno, me pareció un poco exagerado que os metieran el calabozo, al fin y al cabo no me habíais robado nada.
No sé cómo se les ocurrió eso a los soldados.
Lorick no sabía cómo tomarse aquella tomadura de pelo. ¡Encima el viejo eludía su responsabilidad! Ya daba igual. Ese hombre necesitaba algo. Una respuesta.
─Oye ─prosiguió─, esa joven que iba contigo, la de la cicatriz… ¿Es hija de Raira?
Ahora era su turno: Lorick quería jugar un poco al gato y al ratón.
─¿A qué viene esa pregunta? ¿Es que te une algún lazo con Raira?
«Venga, dilo», pensó, «dime si de verdad eres el padre de Raira y Atti no se equivocaba».
En cuestión de un instante, al viejo mercader se le humedecieron los ojos y se vino abajo.
Entonces, ese porte pícaro e incluso un poco altanero que había mostrado se desvaneció dando lugar a un viejo que lo había perdido todo. Todo.
─Raira era una de mis hijas ─confesó confirmando así las sospechas de Lorick─, ¿sabes si sigue viva?
Lorick asintió con la cabeza y a Diorés se le escapó una lágrima. El nórdico creyó que merecía saber más, al fin y al cabo era un padre que quería a su hija.
─Raira vive en el desierto, con la tribu torug . Ella es su nawal .
Diorés suspiró de alivio y se llevó una mano al corazón agradeciendo haber escuchado la noticia, pues sabía que muchos nawales de Virim habían sido ejecutados por el Patriarca. Pero, después de todo, su hija había cumplido con el destino que había escogido. Continuó:
─Y, joven, otra cosa…
─Me llamo Lorick.
─Ah, bueno… Eh… como te llames, Lorín. Dime, ¿esa joven de la cicatriz entonces es mi nieta?
El anciano esperaba su respuesta con una expectación jamás antes sentida. Si la respuesta era sí, entonces acababa de acusar a su propia nieta de ladrona. Seguro que había tenido problemas por su culpa, la pobre…
─Ella no es tu nieta ─deliberó Lorick. Diorés no sabía cómo reaccionar, si eso era bueno o no o qué relación tenía entonces con Raira para haber recibido de sus manos la capa regia─. Sin embargo, pronto tendrá parentesco contigo.
─¿Cómo? Y eso, ¿por qué?
─Pues porque está prometida con tu nieto, que también es nawal .
─¿Tengo un nieto? ¿De Raira?
─Sí. Se llama Halcón.
Diorés sonrió de pronto, orgulloso. Sin comerlo ni beberlo, le había salido un nieto de la nada que además se iba a casar con aquella chica nawal .
Y le pareció que la vida quería recompensarle por fin tras haber visto cómo las alimañas destruían todo cuanto tenía: su negocio, a su familia y sus ganas de vivir.
Pero algo se le escapaba. Faltaba un pequeño detalle.
─Bien, y… ¿por dónde anda mi nieto? ¿Es que no ha venido con vosotros?
Y Lorick, movido por una intuición inexplicable, como ya le había sucedido en alguna que otra ocasión cuando simplemente se dejaba llevar por el Cosmos y sus designios, confió a Diorés el motivo de su visita a Pira y le explicó que su nieto estaba a punto de convertirse en el Rey de los Diablos.
Con esto se ganó por completo la confianza del viejo, que vio de vital importancia revelarle todo cuanto sabía sobre el Espejo de Obsidiana y su paradero, si es que con eso bastaba para salvar a Halcón.