CAPÍTULO 27
Se podía afirmar que las cosas en Teff mejoraban rápido. Y todo había sido gracias a Libia. Nabor se había esmerado en recompensarla por su habilidad en el arte de elaborar pociones y ahora la suma sacerdotisa poseía más oro y más privilegios.
Mientras ella caminaba por los pasillos de palacio con un poderío cada vez más semejante al de una reina, Halcón destacaba en los adiestramientos militares como hubiera hecho en su momento Minos.
El heredero del Patriarca se iba ganando poco a poco el aprecio y el respeto de sus compañeros mientras su cuerpo terminaba de recuperarse y sus alas se desarrollaban por completo.
Unas alas membranosas, de diablo, que Libia todavía tenía la obligación de curar cada día después de los entrenamientos.
─ ¿Por qué tienes que seguir haciéndolo tú? ─ le preguntó Abdur un día, mientras la acompañaba ─ . Solo son unas curas, cualquier esclava sabe limpiar heridas. Tú eres la suma sacerdotisa.
─ No olvides que hay que seguir suministrándole el preparado. Solo una suma sacerdotisa se ocupa de labores como esta. Keriel es el Heredero. O como empiezan a llamarlo algunos, nuestro ángel de la guerra.
─ Y, ¿ya no te da miedo?
A Libia le daba vergüenza reconocer cuánto le aterraba acercarse a Halcón al principio.
Aún la avergonzaba más acordarse de la vez en que, como un cachorrillo, se había acurrucado en los fórnidos brazos de Abdur buscando a alguien que la protegiera.
Decepcionada consigo misma por esas debilidades pagó su frustración con él.
─ ¡Soy tu suma sacerdotisa! ¿Cómo te atreves a hacerme una pregunta así?
─ Perdóname, yo no pretendía…
Libia detuvo sus pasos repentinamente. Se quedó mirando a Abdur con severidad y dijo:
─ Háblame de usted, por el respeto que me debes. Y si te atreves a dejarme en evidencia delante de la gente, no tendré más remedio que destituirte.
Sus palabras fueron dolorosas para Abdur que, sin mostrar ninguna reacción, se limitó a bajar la cabeza y asentir:
─ Sí, mi señora.
Después de aquel desencuentro continuaron caminando en silencio.
Tensos. Hasta que llegaron a la palestra.
Halcón estaba allí desde primera hora de la mañana.
Su comportamiento era recto, sumiso, acorde a la disciplina del ejercicio militar.
Obedecía todas las órdenes de Nabor sin rechistar.
Y lo mejor de todo era que no recordaba nada de su pasado.
Cuando lo veía en los entrenamientos, sudoroso y con el torso desnudo, Libia no se sentía indiferente. Tampoco se sentía orgullosa. Nunca nadie antes había comprometido su voto de castidad, pero cuando miraba a Halcón algo en su interior se encendía.
─Mi señora ─la saludó el Heredero cuando terminó la rutina de ejercicios. Y se arrodilló ligeramente delante de ella, como Nabor le había enseñado. Libia luchaba por no ruborizarse. O mejor dicho, por que nadie se diera cuenta.
─Levántate, Keriel: vamos a hacerte las curas.
Cada día la suma sacerdotisa supervisaba exhaustivamente su salud.
Mientras Abdur se limitaba a hacer acto de presencia con su sable de plata enfundado, Libia revisaba las heridas de Halcón.
El mordisco del brazo y los latigazos del Patriarca habían cicatrizado a la perfección. Pero todavía faltaban las alas.
─¿Te duele? ─le preguntó Libia presionando con suavidad las hendiduras de su espalda.
Estaban en carne viva. Halcón hizo un leve gesto de molestia y ella se disculpó.
Entonces le aplicó ungüento de consuelda.
Cada vez que tocaba su piel, cada vez que masajeaba esa espalda, la suma sacerdotisa sentía un hormigueo en su matriz.
Por más ayuno al que se sometía, su cuerpo reaccionaba en presencia del Heredero, su sangre se calentaba y su imaginación empezaba a divagar…
hasta que Attaegina retornaba a su memoria como un mordisco de celos y envidias, e inevitablemente se preguntaba qué había visto un hombre como Halcón en aquella pueblerina tosca y con la cara partida por una fea cicatriz de alimaña.
Pensamientos, desde luego, indignos de alguien de su estatus.
─ Dentro de muy poco estará todo curado, Keriel ─anunció mientras terminaba el masaje. Pero Halcón no le respondió. Ni siquiera la miraba. Más bien parecía una esfinge, estática y sin emoción alguna, que hacía todo cuanto Nabor y Libia le ordenaban.
Ella también era consciente de eso. Sabía que el bebedizo que le suministraba cada día era el responsable de que Halcón se hubiera vaciado de su memoria, de su pasado, de su consciencia.
En ocasiones se sentía culpable, pero sabía que era la única manera de que el Heredero olvidara su amor por Attaegina Mentastro, algo que también beneficiaba al Imperio, no solo a ella.
Libia se limpió las manos y después alcanzó la botellita que había preparado.
Como siempre, tres gotas. Solo tres. Notaba a Abdur contándolas también.
Lo percibía tras su espalda siempre cuidándola.
Siempre contemplándola. Pero últimamente eso no le resultaba entrañable.
Al contrario. Cuando estaba con Halcón, Abdur le molestaba.
Halcón abrió los labios sin objeción, como un perro dócil, y Libia vertió bajo su lengua la dosis exacta.
Cuando estaba tan cerca de él se maravillaba en la visión de sus ojos cálidos como la miel, tan penetrantes y agudos como los de una rapaz.
Eran solo algunos segundos, pero tan intensos que Libia hasta se ponía nerviosa.
Sin embargo, ese día sucedió de un modo diferente.
La mirada de Halcón, por un instante, pareció recobrar una pincelada de su consciencia humana y arropó a Libia con todo el brillo del sol.
─Gracias ─le dijo─. De no ser por ti, estaría muerto.
Libia bajó la cabeza con modestia.
─Solo hago mi trabajo ─se excusó. Aunque el corazón le latía muy rápido. Halcón la cogió de las manos, con suavidad, y añadió:
─Una vez más me has salvado la vida. No sé qué haría sin ti.
La suma sacerdotisa sintió que el pecho le iba a reventar de emoción.
Se había puesto colorada y no sabía qué responder.
De no haber estado allí Abdur, no le habría parecido tan incómodo.
Pero ahí seguía el hombre de armas, su escolta personal, dispuesto a desenfundar el sable y cortarle las manos a ese heredero si se tomaba demasiadas confianzas con ella.
─Solo hago mi trabajo ─repitió. Y se fue separando de Halcón muy despacio, prolongando en el tiempo todo cuanto pudo el contacto con su piel mientras a Abdur la envidia le escocía como sal en una herida.
─Keriel, el Patriarca te espera en el comedor ─le dijo antes de irse─. Han asado cordero lechal para ti. En estos días debes comer bien para recuperar todas tus fuerzas.
Halcón asintió y, una vez más, le dio las gracias. Era como si algo se hubiera prendido en su alma, una luz desconocida que el dolor, la pena y la muerte no habían logrado mitigar.
Cuando Libia regresaba a su cámara seguida por Abdur, sentía que sus pies flotaban sobre el aire. No podía quitarse de la cabeza la imagen de la sonrisa de Halcón. Una sonrisa para ella. Sus palabras de agradecimiento, el tacto cálido de sus manos…
─Abdur ─dijo recuperando la rigidez.
─¿Mi señora?
Aquello le daba un poco de vergüenza pero, ¿qué diablos? ¿Acaso no era la suma sacerdotisa?
─A partir de mañana no hace falta que estés presente cuando aplique las curas al Heredero.
Abdur no objetó nada. No abrió la boca. Le seguía preocupando que Keriel, en cualquier momento, volviera a convertirse en bestia e hiciera daño a Libia. Pero sabía que, si trataba de advertirle o preguntaba los motivos, ella se enfurecería.
─Sí, mi señora ─se limitó a responder.