CAPÍTULO 26
─Oye, Ceres, ¿cuándo van a volver Atti y Creta? ¿Crees que estarán aquí para sus cumpleaños?
Ceres, sentada muy cerca del fuego, remendaba unas camisas de Tauh. El invierno daba descanso en los campos pero, a cambio, hacía que los días fueran muy cortos. A su lado, Galatis intentaba hacerse una muñeca nueva con retales.
─Tal vez ─respondió con poco entusiasmo. Echaba mucho de menos a sus hermanas mayores. Además, el frío la desanimaba.
─Ceres, ¿Attaegina se va a casar con Halcón?
Aquella pregunta la pilló por sorpresa, así que simplemente se encogió de hombros. La propia Galatis se ocupó de responderse a sí misma.
─Yo creo que sí. Y seguro que Creta se casa con Lorick. Entonces, vamos a ser todos familia. ¡Podríamos hacer un pastel cuando vengan!
─¡Ya, Galatis! ─la reprendió Ceres agotada por su verborrea─. No hables tan alto, ¿vale? Ahora me vas a ayudar a hacer la cena.
─¿Y Tauh? ¿Dónde se ha ido? Se marchó después de comer y todavía no ha vuelto.
─No lo sé… ─refunfuñó. Le molestaba lo poco que Tauh ayudaba en el hogar, al igual que Creta─. Ya vendrá.
Más allá de los olivares y las dehesas, Tauh se pasaba las tardes entrenando la puntería con su arco y cabalgando.
Había sido Creta quien lo había iniciado en esas artes y quien le había dado las primeras pautas.
También Lorick le había dedicado algunas tardes cuando era más pequeño.
En realidad, a Tauh le habría encantado tener al nórdico por hermano mayor.
Recordaba aquellos momentos con nostalgia, deseando cada día que todos sus hermanos, los de sangre y los que no lo eran, regresaran a Caliza anunciando que el reinado de Nabor había caído.
Sin embargo, habían pasado meses y nada de ellos se sabía aún.
Ninguna noticia, ni buena ni mala, había llegado a Bérika todavía. Hasta esa tarde.
Tauh se había ido solo hasta el altozano.
Sabía que era el lugar preferido de Atti para esconderse.
Desde allí uno podía verlo todo a su alrededor sin ser visto.
La cicatriz que partía en dos el cielo desde hacía semanas no auguraba nada bueno.
En palabras de los ancianos, era una señal del fin de los tiempos.
Daba miedo, mucho, pero él tenía esperanza, como su padre y sus hermanas.
De pronto bajó la mirada a la tierra porque detectó un cambio en la luz de las mesetas. Antorchas. Columnas de humo.
Las alimañas salvajes no manejaban fuego. Estaban más que acostumbrados a verlas salir por la noche, pero no podían penetrar en la aldea gracias al muro protector que Halcón, Elkerael y el abuelo Yarbha habían levantado antes de marcharse.
Esto era diferente. Tauh, intuyendo que algo mucho peor que las alimañas se acercaba a Caliza, regresó corriendo con su arco y su caballo y tañó la campana de la plaza con euforia.
Segundos después, todos los adultos se habían reunido allí y, cuando comprobaron que Tauh estaba en lo cierto, comenzaron a organizarse para defender la aldea.
─¡Ceres, hija! ─la llamó Aleff para comprobar que las dos niñas seguían en casa. Cuando vio a Galatis con ella preparando caldo en la cocina, le ordenó─: No salgáis de casa hasta que yo os lo diga, ¿entendido?
─¿Qué pasa, papá? ─preguntó Galatis comenzando a asustarse al ver a su padre tan alterado. Ceres, callada, se mantuvo firme mientras esperaba la peor de las noticias. En ese sentido recordaba mucho a Attaegina.
─Guerreros de Teff. Están llegando a Caliza.
─¿Y Tauh? ─preguntó la niña. Aleff pensó que iba a volverse loco.
─Tauh no lo sé… Es quien ha dado la voz de alarma, pero no lo he visto. Anda por ahí afuera, con su arco. Espero que no haga ninguna tontería.
Afuera Caliza estaba sumida en el caos. Todos aquellos hombres y mujeres que se encontraban en condiciones de pelear salieron armados con lo que tenían y esperaron la llegada de los invasores tras el muro invisible de los nawales , un muro que solo ellos sabían desde dónde se extendía porque se habían dedicado a señalizarlo con cantos y piedras.
Y en primera línea, más bravo que un toro salvaje de las mesetas, se encontraba Tauh.
─¡Vete a casa ahora mismo, insensato! ─le ordenó su padre. Pero Tauh se negó rotundamente.
─¡Ya no soy un niño! ¡Sé arrojar flechas mejor que tú!
Un bofetón le impidió seguir con sus argumentos.
La recia mano de Aleff había descargado sobre su cara todavía lampiña toda la presión de tener que defender a su familia de una fuerza descomunal sin ninguna garantía de salir airoso.
Entonces Tauh se marchó indignado a pesar de las súplicas de su padre, que se arrepintió en cuanto lo tocó.
─Has sido un poco duro, ¿no crees, Aleff? ─le insinuó Arbis Arrayán, el padre de Anut.
─Prefiero que me odie a que muera hoy.
La inquietud se propagó entre todos como un incómodo sentimiento compartido mientras los hombres de Teff, armados y a caballo, se aproximaban más rápido de lo previsto.
Fue entonces el momento en que todos los ancianos de Caliza, que se habían reunido previamente en un consejo de emergencia, se mezclaron con la multitud posicionándose en primera fila, es decir, delante de sus hijos y sus nietos.
─¡Pónganse detrás! ─les pedían los jóvenes.
─¡Sí, tienen razón! ─protestó Aleff─. ¡No me educaron para pisar por encima de mis abuelos!
Pero los ancianos lo tenían muy claro. Con una templanza nunca antes vista en ellos y, por primera vez, todos de acuerdo, decidieron ocupar aquella primera fila con la misma autoridad que les había reportado tantos privilegios a lo largo de muchos años.
─Está decidido ─habló el abuelo Tiresias. Su voz se levantó por encima de todo el jaleo y consiguió sumir a todos en absoluto silencio─. Y ahora, cuando lleguen, dejádmelos a mí.
Los habitantes de Caliza no habían librado guerras desde hacía cientos de años, cuando alguna trifulca con los vecinos de Pedregal había desatado los ánimos violentos de la juventud.
No estaban acostumbrados a la pelea, no tenían más armas que los útiles de labranza o las que usaban para cazar.
Y, sobre todo, desconocían por completo lo poderoso que era el ejército de Nabor y hasta dónde podía llegar su crueldad.
Cuando los soldados de Teff se quedaron a solo unos metros de ellos, no hubo calizo incapaz de comprender que esos a los que iban a enfrentarse no eran seres humanos.
Entonces su líder se adelantó con su caballo.
Al apearse de su montura, dos alas membranosas se extendieron sobre su espalda.
Tenía los ojos inyectados en sangre, los colmillos prominentes. Y se hacía llamar Likós.
─No hacen falta presentaciones ─dijo en voz alta─. Si sois lo bastante avispados, comprenderéis que nos envía el Patriarca Nabor XIII.
─¿Qué queréis y a qué venís? ─los increpó el ciego Tiresias, apoyado sobre su bastón de boj, sin vacilar.
─Reconozco que me impresiona tu valor, anciano, y tus agallas para colocarte ahí delante. Serás el primero al que atraviesen nuestras flechas cuando las arrojemos. Aunque tú y tu pueblo de paletos aún podéis evitar que la sangre llegue al río si nos ayudáis a encontrar a Attaegina Mentastro.
Aleff notó que el corazón le latía más deprisa al escuchar el nombre de su hija.
─Entonces, está viva ─susurró. Solo Arbis pudo escucharle. Ahora sí hubo revuelo, cuchicheos, murmullos, y comenzó el bullicio. Aunque nadie sabía cómo actuar ni qué decir hasta que el abuelo Tiresias tomó de nuevo la palabra:
─Attaegina no está aquí.
─Ya, viejo, ya… Eso lo suponía ─le respondió Likós con desprecio─. Ahora dime algo que sea útil o empezamos a descuartizaros a todos.
Sus soldados se rieron. Era una risa que derrochaba perversidad.
─¿Por quién nos tomas, novato? ─lo increpó el anciano, ahora sí, enfadado por su provocación─. ¿Crees que, por miedo, te contaríamos dónde está ella si lo supiéramos? Se nota que no nos conoces en absoluto. Te resultaría más fácil convencer a una piedra que a un calizo para que te obedezca.
Likós, con los brazos en jarras, hizo un gesto de resignación dándolos por imposibles.
─No contaba con ello, si te digo la verdad ─respondió─. El Patriarca ya me advirtió de vuestra testarudez y del poco garbo que mostráis para los negocios. Pero hemos hecho otros planes. ¿Queréis saberlos?
A Tiresias no le gustó. Todos intuyeron que había algo turbio que se les escapaba. Entonces Likós, sonriendo con perfidia, explicó:
─Sabemos que Attaegina tiene hermanas. Una va pegada a ella como si fuera su sombra. También la perseguimos.
Aleff agradeció que Creta estuviese viva, que Atti y ella fueran juntas en aquella difícil misión. Pero quedaban Ceres y Galatis.
─Las pequeñas son las que nos interesan. Attaegina nunca permitiría que les hiciéramos daño. Si tenemos que usarlas para que la chica ángel dé la cara, esta noche entraremos en vuestra aldea y las sacaremos a rastras.
Aleff tuvo que contenerse para no abalanzarse sobre ese diablo.
Sin embargo, fue otra mano la que arrojó una flecha que atravesó el pecho del capitán de lado a lado.
Ni el propio Likós lo había visto venir cuando todos los calizos se giraron y descubrieron a Tauh, todo digno, subido en lo alto de una encina centenaria y apuntando a los invasores con su arco.
─Pero, ¿qué acabas de hacer, hijo mío? ─murmuró Aleff al verlo allí. Por un lado habría querido castigar su imprudencia y su impulsividad. Sin embargo, pronto se sintió orgulloso de él. Su único hijo varón defendía a la familia.
Likós, todavía vivo y asimilando lo que acababa de pasar, miró al chico conteniendo su odio. Necesitaba reconocerlo, saber quién era su rival. Entonces sugirió:
─¿Eres el hermano varón?
─¡Mi nombre es Tauh Mentastro! ¡Y si quieres tocar a mis hermanas tendrás que pasar por encima de mi cadáver, alimaña de mierda!
El capitán, no sin dolor, se arrancó la flecha de la carne y le respondió:
─Tienes buena puntería, joven Mentastro. Lástima que tus flechas no sirvan para matar a alguien como yo.
A una orden suya, los soldados corrieron a abordar a los inofensivos calizos, que permanecían en pie sin flaquear, y cuando los más veloces toparon contra el muro invisible, sintieron que su piel se ulceraba como si hubieran tocado hierro al rojo vivo y descubrieron, para colmo de Likós, que no podían atravesar esa barrera.
─¿Qué estáis haciendo? ─bramó─. ¡Vamos! ¡Levantaos! ¿Vais a dejar que nos venza una panda de viejos y pueblerinos?
Entonces se fijó en las quemaduras. ¿Cómo era posible?
¿Qué magia había en ese lugar que se le escapaba?
Caminó hacia el muro que sus ojos no podían distinguir.
El viejo Tiresias y los demás no habían retrocedido ni un milímetro en su presencia.
Y entonces alargó un brazo con mucho tiento, acercándose despacio.
Cuando uno solo de sus dedos tocó el escudo de protección se le quemó la piel.
Era parecido a cuando se cortaba con una hoja de plata.
En cuestión de segundos, la yema de su dedo se había quemado hasta quedar seca y acorchada como una corteza de alcornoque.
─Nawales ─masculló entre dientes conteniendo su ira.
─Mi señor, ¿qué es eso? ─le preguntó uno de sus soldados.
─Esto es obra de nawales . Lo tenían planeado desde hace tiempo, estoy seguro.
─Entonces, ¿qué hacemos?
Si regresaban a Teff con las manos vacías y le explicaban al Patriarca que aquellos paletos los habían vencido sin hacer prácticamente nada, serían castigados.
Pero Likós siempre había sido muy astuto, y ahora que su naturaleza era más demoníaca que humana, su mente retorcida hilaba más rápido que nunca.
─Seguidme todos. He visto esto ya otras veces. Y existe una manera de solucionarlo.
─¿No retiramos?
Likós sonrió con malicia.
─Se puede decir que sí.