CAPÍTULO 25
Dentro de la habitación de la reina el silencio era propio de un santuario.
Era un lugar limpio y en orden, pero las paredes se sentían frías y ni la madera de los muebles ni las sábanas ni las cortinas ni las alfombras desprendían el menor hálito de vida, como si no hubieran sido capaces de retener una sola brizna del calor de la sangre de quien habitó ese rincón.
Objetos baldíos, inertes, incapaces de hablar, de relatar una sola anécdota sucedida allí, sin memoria. Sin alma.
Huelga decir que Atti rehusó los lujos que Kairós había preparado para ella: los baños florales, los masajes de las esclavas, la ropa de la difunta reina...
De hecho, se aseó rápido y en solitario para quitarse el polvo del camino tras tantos días de marcha por el desierto.
Y vistiéndose de nuevo con la ropa de los nómadas, acudió tan pronto como pudo a atender a los enfermos.
Los cuidaba como Halcón le había enseñado, usando sus técnicas sanadoras.
Aunque no disponía de su bastón de acebuche, las manos le sirvieron como canal.
Con ellas moldeaba el prana del Cosmos y lo convertía en medicina para todo aquel que la pudiera necesitar.
Y por cada sonrisa y gesto de agradecimiento que recibía se preguntaba si él, donde quiera que estuviera, se sentiría orgulloso de ella. Después de todo, Halcón era su maestro.
Anocheció tras una dura jornada de trabajo. Se sentía exhausta y hambrienta. Era hora de descansar y de hablar con Creta y los demás.
─¿Y ahora a dónde vas? ─le preguntó Agámena al verla salir de la casa de enfermas. Attaegina la había notado muy cerca todo el tiempo. Esa anciana no le había quitado los ojos de encima durante toda la tarde.
─Quisiera cenar con mis parientes ─respondió. La madre guardiana hizo un gesto disconforme.
─No puedes.
─¿Cómo que no?
─No, no puedes. Tienen tareas que terminar.
─¿Los habéis puesto a trabajar con los esclavos?
─Mientras permanezcan en palacio, tienen que trabajar.
Esas son las normas de esta casa. Nadie se gana pan si no lo trabaja.
Además, ¿qué hace una invitada de honor como tú cenando en la mesa de los siervos?
─Por su expresión calculadora, parecía tener algo más que decirle─.
El rey te ha reservado un lugar en su mesa.
Esta noche. Así que quítate esos trapos y ponte algo decente para presentarte ante Kairós.
Attaegina lo interpretó como una orden. Y no, no pensaba ceder.
─Pues dile que no iré. Estoy cansada. Cenaré pan duro en mi habitación.
─¿Cómo te atreves, desagradecida? ─se ofendió Agámena─. A Kairós no le va a gustar que rechaces su invitación. ¿Es que no te das cuenta, niñata? El rey te está agasajando y tú te dedicas a ignorarle. Hay que ver... No esperaba tanta arrogancia de los nawales .
─No es arrogancia, es dignidad.
Agámena, exasperada por su tozudez, respondió:
─La desobediencia y la mentira en este reino se castigan. Avisada estás… Altair.
Y dándose media vuelta, se alejó. ¿Sabría lo de la falsa identidad de Atti?
Esa mujer se daba cuenta de todo, ocupaba todos los rincones.
Donde uno podría pensar que nadie lo veía, el ojo avizor de la madre guardiana lo alcanzaba sigiloso.
Attaegina la notaba pululando siempre cerca, como un fantasma.
Sabía que la observaba con atención cuando ejercía la medicina de los nawales .
Mientras tanto, Agámena se sentaba a tejer en silencio, como una araña vieja que disponía los hilos del destino de cada hombre o mujer que se moviera dentro de palacio.
Cuando llegó a su habitación, los dos centinelas que custodiaban la puerta la saludaron en actitud reverencial. Eso, la cámara de la reina, el trato de favor por parte del rey… Le sobraba todo. Y le faltaba lo esencial.
Se tumbó en la cama, la inmensa cama fría y vacía, y recordó que Halcón y ella tan solo necesitaban una piel de cabra y algunas ramas de olivo para sostener cada noche el humilde hogar bajo el que se amaban.
Trató de prender dos veces la llama de una lamparilla, pero la mecha se notaba húmeda y hasta el fuego, mustio y sin vigor, parecía suplicar su muerte mientras se apagaba solo.
Harta y cansada desistió, y tumbada encima de las sábanas de la reina dejó que la oscuridad invadiera la estancia añorando el dulce abrazo de la mirra al arder sobre la brasa del carbón.
Había pasado toda la tarde atendiendo a enfermos y lisiados. Su fe obraba milagros en ellos, tal y como Halcón le había enseñado durante el adiestramiento en el desierto. Sin engreírse. Sin dar explicaciones. Usando la fe. Solo en actitud de servicio y con la ayuda del Cosmos.
Ahora que se había quedado sola y en silencio, fue consciente de que un amargo sentimiento de nostalgia había ido creciendo en sus entrañas desde hacía días.
Entonces extrajo la gema de Halcón. No había vuelto a brillar desde la pronuncia de los trece nombres, la fatídica noche en que la oscuridad le arrebató al amor de su vida.
Y se concedió la debilidad de llorar por él una vez más.
Fueron lágrimas de cansancio y desesperación, de impotencia y de rabia.
Se acurrucó en una esquina de ese colchón inmenso, clavando los dedos en las sábanas de seda, golpeando las almohadas y maldiciendo su destino, pero sin soltar la gema, que no era más que un cuarzo muerto y frío entre su mano y su pecho.
─Halcón… ─murmuró con la voz rota cuando ya no le quedaban fuerzas─. Halcón, espérame…
Y esa noche, como si un milagro se hubiera prendido con la chispa moribunda de su voz, la gema latió.
Como un corazón. Solo fue un segundo, apenas nada.
Pero Atti lo sintió tan certero como si Halcón hubiera vuelto a la vida.
Se incorporó de golpe y se quedó mirando la gema, pero ya no volvió a latir más ni brilló.
¿Se lo había imaginado o había sido real?
Recordó aquella vez en el pasado, en el Templo del Laurel, cuando Halcón entró sin ser visto en su celda y la sorprendió.
Fantaseó con que eso pudiera volver a repetirse, con que de repente él apareciese entre las sombras y la asustara.
Ella se enfadaría, sí, pero solo un poco, y después se rendiría en sus labios y le pediría que la amara hasta que saliera el sol…
De pronto una melodía llegó hasta sus oídos.
Se escuchaba debajo de su balcón. Era la música triste de una lira, aunque sonaba tan hermosa que, por un instante, se sintió arropada por ella, como si se la hubieran regalado.
Y al poco se durmió profundamente con la molesta sensación de haberse tragado algo que oprimía su garganta para enmudecer su voz.