CAPÍTULO 24
Attaegina y el resto no fueron capaces de disimular su asombro mientras el joven rey Kairós los invitaba a sentarse. Entonces, Atti se fijó en la capa del monarca y descubrió que era muy similar a la suya, solo que se encontraba bastante mejor cuidada.
Se había dado cuenta desde el primer instante de que el rey aprovechaba sus distracciones para mirarla con curiosidad, como si tratara de averiguar algo.
Su presencia era más basta de lo que uno esperaba a primera vista, como si ese hombre ocupara como cuatro.
Y Attaegina tuvo de pronto la incómoda sensación de que había más asistentes reunidos en torno a esa mesa, solo que no podía verlos.
Desde el otro extremo, el general Arestes los escudriñaba uno por uno con tanta desconfianza como la noche en que llegaron esposados para ir directos al calabozo, y a su lado los tres ancianos cruzaban miradas entre sí, como si se confirmaran un secreto que solo ellos conocían.
─No tenemos por costumbre invitar al consejo a cualquier nómada o viajero que transita por Pira ─comenzó el rey Kairós en tono adusto fijándose con especial interés en el rostro de Atti─, sin embargo, mis sabios están seguros de que vuestra visita es providencial para nuestro pueblo.
Attaegina disimuló con poco éxito su sorpresa. Ahora sí que no tenía ni la menor idea de qué querían de ellos. Kairós continuó hablando:
─Hemos examinado vuestras armas, bueno, lo que llevabais encima. Y hay un bastón de madera de acebuche que, sin duda, solo puede pertenecer a un nawal.
Volvió a mirar a Attaegina. Parecía saberlo de sobra, aunque preguntó:
─ Bien, ¿cuál de vosotros es su dueño?
Lorick, Creta y Nilo miraban hacia abajo. Attaegina, procurando no ponerse nerviosa, respondió:
─Es mío.
A Kairós no le sorprendió. A ninguno de sus hombres. ¿Lo sospechaban ya? Al notar que esperaban una explicación, aquella continuó:
─Soy nawal y he escapado de Virim con mi familia. El Patriarca…
─¿Sería mucho pedir conocer tu nombre, joven nawal ? ─la interrumpió uno de los sabios. Una corona de rama de laurel rodeaba su cabeza, por lo que se deducía que su rango era superior al de sus dos compañeros.
─Altair ─pronunció Atti con seguridad. Era lo que habían planeado para preservar su identidad en secreto─.
Me llamo Altair. Y, como decía, el Patriarca persigue a todos los de mi estirpe.
Por eso, para mantenerme a salvo, he vivido en el desierto durante semanas.
Nuestro paso por Pira será breve. Necesitamos reponer víveres, es todo.
Molestar a vuestro pueblo o quebrantar la paz de vuestro reino es lo último que pretendemos.
Esperaba que con eso fuera suficiente. Que los dejaran ir y ya está. El rey Kairós prosiguió:
─Así que sois enemigos de Nabor XIII… En ese caso, tenemos mucho en común.
Por eso vuestra visita es providencial. Altair, tu llegada ha sido interpretada como una señal por mis sabios y por mis guerreros.
Una señal de esperanza, de victoria. En Pira se tiene a los nawales en mucha estima, aunque llevamos años sin ver a ninguno.
Somos conscientes de que cada vez quedáis menos.
Si a eso añadimos la persecución del Patriarca, es muy posible que acabéis desapareciendo.
Sin embargo, Pira siempre ha protegido y defendido a los nawales .
Podéis quedaros, por tanto, a salvo tras nuestras murallas.
─En ese caso, solicitamos tres días de asilo, como marca la Ley.
─¿Solo tres? ─se sorprendió Kairós con cierto tono de decepción─. ¿Y luego? ¿Volveréis a los desiertos aun sabiendo la amenaza que os acecha? Permíteme Altair, pero eso es un suicidio en los tiempos que corren.
Attaegina volvió a tener la rara sensación de que el aire se desmoronaba pesadamente sobre su cuerpo.
Era obvio que Kairós pretendía retenerlos más tiempo.
Además, se adivinaba en sus intenciones que deseaba que Attaegina se posicionara a favor de su reino, que luchara activamente en sus guerras.
Pero rechazar la hospitalidad del rey podría ser comprometedor.
Atti y los demás eran conscientes de ello, por eso tendría que expresarse con mucha modestia y diplomacia:
─No es nuestra intención parecer ingratos.
Al contrario, estamos más que agradecidos por la generosidad y la amabilidad que nos muestran.
Sin embargo, un nawal ha de seguir el camino, y como corresponde a mi estirpe no puedo quedarme por mucho más tiempo en una tierra concreta, a menos que alguien necesite de mis servicios, en cuyo caso permaneceré en Pira el tiempo que sea necesario.
Su ofrecimiento fue del agrado de Arquimés, el sabio mayor, y también del general Arestes. La expresión del rey Kairós, en tanto, se suavizó un poco.
─Bien, es posible que requiramos vuestro servicio al menos por una semana, Altair. Y en cuanto cambie la luna, podrás marcharte de nuevo con tus parientes. Te lo prometo.
Attaegina intuía que algo se le escapaba aunque, por otro lado, se le antojaba un acuerdo justo, sin trampa.
Nadie salía perdiendo, pues ellos tendrían más tiempo para buscar el Espejo de Obsidiana.
A cambio, pondría sus conocimientos de nawal al servicio del pueblo de Pira, algo que le correspondía conforme a su juramento.
─¿Cerramos el trato? ─le preguntó Kairós ofreciéndole su mano.
Attaegina le correspondió. Al estrecharla, sintió que el peso de varias generaciones de monarcas continuaba macerándose en el joven rey e intuyó que, a pesar de su juventud, sabía muy bien qué quería, como si su alma hubiera vivido y visto mucho más que sus ojos.
Intuyó que se trataba de un hombre con el que era preferible andarse con cuidado y que, por algún motivo, no se había quedado del todo conforme con la negociación, a pesar de sus cordiales palabras.
Cuando la madre guardiana se personó en la sala de consejos con una madeja de lana en una de las manos, su presencia pareció eclipsar a la de todos los miembros del consejo bajo una sombra turbia.
No había pedido permiso. Parecía poseer todo el derecho del mundo a entrar y salir de allí cuando quisiera, incluso por delante de los sabios y los militares de alto rango.
De hecho, Kairós la miraba con sumo respeto, como si fuera ella el bastón irrompible sobre el que se podía dejar caer el peso de todo un reino. ¿También a él le intimidaba esa mujer?
─Agámena es nuestra madre guardiana ─la presentó.
─Ya nos conocemos ─le interrumpió aquella en tono parco.
─Agámena os asignará un alojamiento en palacio.
Y despidiéndose del rey cortésmente, Attaegina y los demás fueron conducidos por aquella mujer controladora y uraña hasta un rellano en donde confluían varios pasillos. Una esclava, saludándolos con sumo respeto, se acercó y les indicó que la siguieran:
─Os hospedaréis con el servicio y, durante los días que permanezcáis en palacio, ayudaréis en las labores que os requieran ─dictó Agámena dirigiéndosa a Creta, a Lorick y a Nilo.
Momentos después, la esclava les pidió servilmente que la siguieran y, cuando Atti dio un paso para ir con ellos, la mano de Agámena la detuvo en seco. Esa mujer tenía mucha más fuerza que cualquier anciana de su edad y sus dedos imponían como aguijones.
─A ti te vamos a colocar en otro sitio. Sígueme, Altair.
Y subieron las escaleras que conducían a la segunda planta, donde el lujo y la esclavitud convivían en aparente equilibrio uniendo a los privilegiados con los criados que los atendían.
Agámena, retirando una de las características cortinas de macramé que decoraban el pasillo, accedió por un pequeño vestíbulo hasta una puerta cerrada, y cuando la abrió y le mostró a Attaegina la habitación que ocuparía mientras se prolongase su estancia en Pira, aquella, boquiabierta, no pudo evitar preguntar:
─¿Por qué?
Agámena hizo un guiño disconforme mientras pedía a las esclavas que le preparasen un baño de flores a la nueva huésped.
─Kairós ha insistido. Más te vale agradecerle cuando lo veas. Esta habitación perteneció a su madre. Se trata de la habitación de una reina.