El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

─Es una orden disfrazada de hospitalidad ─comentó Lorick algunos minutos después, lejos de la madre guardiana y del general, cuando se reunieron los cuatro para desayunar─. Si nos vamos sin decir nada, nos arrestarán otra vez. El rey Orfias debe de tener algún interés especial en nosotros.

─Más bien en Atti ─añadió Creta─. Seguro que se han dado cuenta ya de quién eres.

─¿Y ese nombre, Altair? ─dijo Nilo con la boca llena y los labios manchados de aceite─. ¿No se suponía que íbamos a contarle a Orfias el motivo de nuestra misión y que somos enemigos de Nabor?

─No sé… Es que no me fío. Lo siento en mis entrañas, vosotros ya comprendéis… Y ese nombre, Altair, parece una locura, pero me vino de repente. De momento se lo han tragado.

─Puede, pero seguro que sospechan. Tu cicatriz y tus ojos… Con esos ojos es imposible ocultarte. Y hace meses que todo el mundo sabe que Nabor te busca.

─Esa madre guardiana también sabe mucho ─opinó Attaegina─. Más de lo que dice. Sentí que no me iban a dejar marchar de la casa de enfermas hasta que ella no diera su visto bueno.

─Pero, ¿por qué tiene tanto poder? ─preguntó Creta─. Va vestida como una sierva más. Ni siquiera parece una noble dama.

Lorick, tras dar un sorbo largo, respondió:

─Madre guardiana es un cargo honorífico semejante al de Matriarca. Únicamente se encuentra por debajo de los reyes y sus hijos legítimos.

─Pero ella no parece aristócrata ─objetó Attaegina─, habría esperado que ese cargo lo desempeñara la reina.

Lorick negó con la cabeza.

─Una madre guardiana no pertenece a las élites.

Se trata, en la mayoría de casos, de una mujer que asciende desde lo más bajo por sus servicios y lealtades a la familia real.

Esas mujeres comparten la vida íntima de los reyes y reinas, atienden sus partos, amamantan a sus hijos, los cuidan cuando enferman, escuchan todas sus confesiones, custodian sus secretos…

Solo la madre guardiana conoce a cada persona de palacio, sabe abrir cada puerta, accede a cada recoveco, posee todas las llaves.

Lleva la cuenta del trigo, del aceite, del vino, de la sal.

Decide lo que se compra, lo que se come y sabe qué plato gusta a cada miembro de la aristocracia, especialmente cuando los reyes tienen pensado negociar con alguno de ellos.

─¡Cielo y Tierra! ¡Qué control! ─exclamó Nilo.

─Exacto. Por eso es tan importante para los reyes disponer de una buena madre guardiana. Ella está pendiente de todo, absolutamente de todo. Así que seamos cuidadosos con ella, sobre todo tú, Atti.

Tan pronto como se presentaron en el vestíbulo, los hombres de armas los dirigieron en silencio al piso superior. En fila, Lorick iba a la cabeza del grupo seguido por Creta. En tercer lugar Attaegina, cubierta con la capa regia. Por último Nilo.

Habían pactado entre ellos que su mejor herramienta en esos instantes eran la complicidad y no hablar de más. También se habían puesto de acuerdo en las respuestas que darían ante determinadas preguntas, aunque todos se inclinaban principalmente por dejar que fuera Attaegina la portavoz del grupo.

Al cruzar los pasillos de palacio, se sorprendieron por el esmero que se había puesto en decorarlos.

Tapices de cintas blancas anudadas con la técnica del macramé cubrían paredes enteras colgando desde el techo.

Los nudos, cerrados con dedicación, formaban geometrías y otras formas armónicas, y el espacio vacío que sobraba entre ellos, así como los flecos que colgaban en la parte final, daban a la estética del lugar sensación de unicidad.

Pero ni siquiera tanta hermosura ni tanto lujo eran capaces de atenuar el sabor aciago que a Atti le producía estar entre aquellas paredes, como si la hubieran encerrado en una jaula de la que, intuía, iba a ser difícil escapar.

Cuando llegaron al salón de reuniones otros centinelas que custodiaban la entrada allí les hicieron detenerse. Los examinaron de arriba abajo mientras uno de ellos anunciaba su llegada. Y cuando se aseguraron de que no eran peligrosos, o al menos de que no lo parecían, les dieron paso.

En un lienzo anclado a la pared del fondo estaban bordados los símbolos del reino: un racimo de uva negra y un yunque rojo, todo sobre fondo blanco.

Una mesa circular de mármol crema adornada con una fuente de uvas pasas los recibió.

No estaban allí para ser comidas, sino como símbolo de la prosperidad del reino.

A su alrededor, los siete miembros del consejo esperaban en pie.

Tres eran ancianos. Otros tres, militares, entre ellos estaba el general Arestes.

Y en medio de todos, un hombre mucho más joven coronado con una tiara labrada en oro rojo presidía la reunión.

A juzgar por su apariencia, no debía de ser mucho mayor que Lorick.

El desconcierto que causó su imagen entre Atti y los demás fue notorio, pues todos esperaban encontrar a un rey de avanzada edad, según tenían entendido.

Pero, ¿quién era ese joven de tez trigueña que tan seguro de sí mismo parecía?

Attaegina, nada más verlo, percibió que el aire se volvía extrañamente pesado y, sin decir nada, ella y los demás le rindieron una reverencia.

─Rey Orfias ─pronunció solemnemente en señal de respeto.

─Alzaos, por favor ─les ordenó él con severidad.

La cabellera se le derramaba por encima de los hombros, rizada como la vid, y su porte, sin llegar a ser robusto, poseía el perfil atlético de un militar acostumbrado a entrenar duro─.

Me encantará que os sentéis en mi mesa de consejos.

Pero sabed que yo soy el rey Kairós, no el rey Orfias.

Ahora sí que estaban del todo confundidos. El joven monarca lo dedujo y aclaró:

─Mi padre, el rey Orfias, está muerto.