El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Attaegina se despertó con la sensación de haber estado con Halcón.

Había tenido un sueño extraño, pero en cuestión de segundos se le olvidó.

Al abrir los ojos descubrió que se encontraba tendida en una estera en el suelo.

A su alrededor había otras mujeres en iguales condiciones. Algunas parecían enfermas.

Al instante percibió un fuerte aroma a loción de romero y de salvia, pero también una sensación conocida de densidad, como si una gran sombra oscura se proyectara sobre ella, y escrutó discretamente a las demás, una por una: todas parecían inofensivas.

Ninguna endemoniada ni poseída. Entonces, ¿qué era?

Dos doncellas de túnica blanca las atendían. Le recordaron a las discípulas del Templo del Laurel y se preguntó si la habían trasladado a algún lugar de culto. Cuando las doncellas la vieron despierta, hablaron entre sí y una se le acercó enseguida.

─ No te levantes aún, podrías marearte ─ le dijo cogiéndole una mano para tomarle el pulso ─ . Perdiste el sentido ayer por la noche y la madre guardiana ordenó que te trajeran aquí.

Attaegina no entendía nada. Se recordaba en el calabozo con Lorick, Creta y Nilo cuando todo empezó a darle vueltas y sintió que el corazón se le apagaba. Mientras tanto, la doncella le limpió la cara con una toalla fresca y la ayudó a incorporarse muy despacio.

─ Tranquila. Se te dará algo de comer y…

─ ¿Es ella? ─se oyó de fondo la voz de una mujer entrada en años que se acercaba a toda prisa hasta allí, con un bastidor bajo el brazo y una labor a medio bordar.

Atti supuso que era la tal madre guardiana.

Cuando llegó junto a su lecho, sin siquiera saludarla, echó de su lado a la doncella─. Déjame ver.

La madre guardiana también comprobó el pulso de Attaegina. El de ambas manos. Luego le palpó el abdomen con rudeza y Atti emitió un quejido de dolor. ¿Qué diablos buscaba esa mujer?

─A ver, mírame ─le ordenó. Attaegina obedeció.

La madre guardiana, cogiéndola por la barbilla, le pasó un dedo por encima de la cicatriz mientras asentía.

Por último le examinó los ojos. Y en ese instante, Attaegina habría jurado que esa mujer sabía cosas─.

Estás sana. Puedes ir al comedor. Te darán pan.

─Se lo agradezco. Le agradezco todos sus cuidados.

─En Pira atendemos a los enfermos, incluso si son delincuentes ─respondió la mujer con severidad.

─No somos delincuentes.

Ese ligero gesto de rebeldía molestó a la madre guardiana, quien rápidamente comprendió que Attaegina no era una joven dócil como sus doncellas.

─Robasteis una capa regia ─respondió sin tapujos─. Robar os convierte en delincuentes.

El resto de las enfermas y las doncellas se giraron a ver qué sucedía. Nadie jamás cuestionaba a la madre guardiana, a quien todos en Pira obedecían sin protestar.

─Esa capa era mía ─insistió Atti sin alterarse─. Era un regalo. Lo de ayer fue un malentendido.

─Mira, niña. Tendrías que estar dando gracias por este servicio y por que hoy a tus amigos y a ti se os liberará de vuestro castigo siguiendo las leyes de Pira.

Así que no pongas más pegas si no quieres que se te vuelva a encerrar por descarada y por faltarme a mí al respeto. ¿O es que no sabes quién soy yo?

Attaegina fue consciente de que acababa de toparse con una de las figuras más autoritarias de Pira.

Así que tendría que morderse la lengua si no quería complicarlo todo aún más.

Por la misión. Por Halcón. Quiso responder algo en tono diplomático cuando Creta apareció allí y corrió hacia ella recordándole su nueva identidad.

─¡Altair! ─En sus labios, ese nombre falso le sonaba familiar─. ¿Cómo estás?

Se abrazó con fuerza a su hermana mayor y la madre guardiana se quedó observándolas de brazos cruzados.

─Altair, estábamos muy preocupados por ti. ¿Cómo te encuentras?

─Ya bien, ya bien… Solo fue un mareo. Pero aquí he recibido muy buenos cuidados, cortesía de la madre guardiana.

La mujer hizo un guiño escéptico, pero cuando quiso intervenir el general Arestes irrumpió en la escena reclamando la presencia de las hermanas.

En las manos portaba la dichosa capa bordada por la que se había armado todo ese jaleo.

Y Attaegina se quedó petrificada, sin saber si tenía que aceptarla o no.

─El viejo Diorés… ─explicó el general─. Ha venido a primera hora de la mañana a retirar su acusación. Además, os devuelve la capa. Dice que es de alguno de vosotros.

Attaegina y Creta, por de pronto, no se fiaron. ¿Y si había gato encerrado? La madre guardiana, que había oído las palabras de Arestes, no daba crédito.

─¿Esto es… en serio? ─preguntó Attaegina. El general suspiró con resignación.

─Es un buen hombre. Su familia y él trabajaron durante años para nuestro rey. Pero ahora no es más que un viejo borracho que vaga por la ciudad echando de menos sus tiempos de mercader. Y claro, se mete en líos. ¿Sabéis cuántas veces lo arrestamos cada mes?

Attaegina se compadeció de Diorés. Creta… no tanto. Por culpa de ese viejo mentiroso habían pasado una noche en los calabozos injustamente, ¿no podía haber retirado antes las acusaciones?

─Tomad la capa ─insistió─. Y en cuanto hayáis comido algo, dirigíos al vestíbulo de palacio. El rey quiere conoceros antes de que os marchéis.