El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Crónicas de Antigua Pangea

Esperando que el primer rayo de sol lamiera la tierra con la timidez del albor, Altair se había dormido bajo la flor amarilla que crecía entre las rocas. La que no moría nunca. Una flor dorada como los veranos.

─ Altair, despierta ─ susurró Keriel. Estaba a punto de amanecer.

Ambos, arrodillados en el suelo con las alas plegadas sobre la espalda, miraron atentamente la progresión de la luz, que ascendía por el tallo de esa flor silvestre hasta llegar a la corola, pareciendo que prendiera una antorcha al llegar a sus pétalos.

Era un espectáculo tan magnífico que ninguno de los dos osó interrumpirlo con una sola de sus palabras…

hasta que llegó la única palabra digna de ser pronunciada. Un nombre.

─ ¡Sol de Oro! ─ exclamó Altair con efusividad ─ . ¡Se llama Sol de Oro, Keriel! ¡Acaba de decírmelo!

Keriel le sonreía feliz. Le encantaba el entusiasmo que Altair mostraba cada vez que creaba una porción más de aquel mundo inexplorado. Y para ello, tan solo usaba la palabra.

La tierna luz de la aurora realzaba el tono de sus ojos, grises con vetas plateadas. Se parecían al color de la penumbra que irradia la luna. Los de Keriel, sin embargo, albergaban el candor del fuego con el paso de los meses.

─ Yo había pensado un nombre ─ dijo ─ , en el caso de que no hubiera querido hablar.

─ ¿Cuál? ¡Dímelo, Keriel!

Keriel miró a la flor, luego al horizonte. Por último a Altair.

─ Regalo del Sol.

─ Es muy bello… Y también le gusta.

El viento se agitó de repente pareciendo susurrar y ambos posaron sus ojos sobre la copa de aquel árbol inmenso que los había visto llegar a Pangea desde el primer día. Como aún no sabían su nombre, sencillamente lo llamaban el Árbol.

─ Nos revelará su nombre cuando llegue el momento ─ dijo Altair con una sonrisa rebosante de ternura.

A lo largo de los meses, su alegría había logrado que a Keriel la vida en Pangea se le hiciera más amable.

Echaba de menos la luz plateada que alumbraba los cielos de su reino de origen, pero el cuerpo de Altair, su voz, sus caricias, su risa… Ella era, en sí misma, su nuevo hogar.

─ ¿Todavía quieres volver a casa? ─ le preguntó Altair esa misma noche mientras miraban las estrellas.

Cada vez que lo hacían a Keriel lo invadía la nostalgia.

Pero aquel día fue diferente. Bajo la inmensidad del firmamento, fuertemente abrazados y cubriéndose con sus enormes alas de plumas blancas, Keriel por primera vez se sintió afortunado de haber llegado a Pangea.