El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Al llegar a la celda de Halcón Libia intentó disimular su miedo.

Había cuatro centinelas preparados con sus sables para entrar allí con ella y protegerla en caso de que la bestia quisiera atacarla de nuevo.

La suma sacerdotisa pidió que fuera Abdur quien permaneciera a su lado en todo momento.

Solo él se había dado cuenta de lo asustada que estaba.

Solo él sería capaz de jugarse la vida por salvarla. Y ella lo sabía.

Al entrar encontraron a Halcón en un estado lamentable. Pálido y tendido en el suelo, con los ojos entreabiertos pero sin mirar a ninguna parte, parecía un cadáver. A Libia le impresionó:

─¿Seguro que no está muerto? ─preguntó esperando alguna explicación de los hombres de armas. Fue Abdur quien, sin dudar, se acercó hasta el Heredero para comprobar si respiraba.

─Está vivo, pero el corazón le late muy despacio ─corroboró. A Libia le bastó.

─¿Y el Patriarca? ¿Por qué no ha venido? ─preguntó. En su tono era fácil adivinar que la ausencia de Nabor en un momento como ese no solo la había desconcertado. Casi la enfurecía.

─Mi señor está indispuesto ─respondió uno de sus hombres. Libia no insistió.

─Bien. Comencemos. Necesito luz, más luz, no veo nada en esta ratonera. Y toallas y agua y... ─De pronto descubrió el mordisco en el antebrazo de Halcón. La carne estaba desgarrada, su herida infectada. Parecía que le había mordido un animal salvaje─. ¿Alguien sabe qué le ha pasado?

─Mi señor contó que el propio Keriel se autolesionó en un arrebato.

─¿Y por qué nadie me lo ha dicho? ¡Esta herida está horrible! ¿Es que tengo que hacerlo yo todo? ¿No veis en qué estado se encuentra?

La mismísima Ibis habría estado orgullosa de su poderío en ese instante, pues Libia se estaba comportando como una auténtica matriarca.

En tanto que los centinelas iban por todo el palacio pidiendo toallas, calentado agua y solicitando medicinas a las sacerdotisas, Libia comenzó a preparar la dosis.

Y mientras lo hacía, solo Abdur la acompañaba.

─Sé que me da miedo estar aquí con Keriel ─protestaba ella─, pero son tan inútiles que casi prefiero que se larguen.

Abdur no decía nada. Sabía que Libia agradecía su presencia.  También su silencio. Y él, como hombre inculto pero bien educado, siempre se comportaba con acierto cuando las circunstancias lo requerían.

─Abdur, pásame el frasco vacío y las bayas de ruda, ¿quieres?

Como ya la había ayudado en muchas ocasiones mientras Halcón se recuperaba de su inconsciencia, Abdur había aprendido a distinguir muchos de los ingredientes que Libia solía usar.

─Serías un buen sacerdote o médico, ¿sabes? ─le dijo ella. Seguía enfadada y tensa, aunque se dirigía a él con cariño.

─Mi señora… Me sobrevaloráis.

Libia se detuvo para mirarlo. No bromeaba. Aunque se avergonzó por su propio atrevimiento.

─Es lo que pienso ─susurró tímidamente─. Y, por cierto… S i no hay gente delante, puedes llamarme Libia. Al fin y al cabo, eres el único amigo que tengo.

Era la primera vez que Libia permitía deliberadamente que se desobedeciera una norma, una de las más rígidas además. Pero sabía que podía contar con Abdur. Ahora que Ibis no estaba, era su única persona de confianza.

─Ven, tráeme esa tintura ─le pidió. El soldado continuó obedeciendo sus peticiones y, en apenas unos minutos, la suma sacerdotisa tenía preparado el brebaje.

─¿Qué le hará eso a Keriel? ─le preguntó Abdur. Libia dudó si contárselo. Era un encargo del Patriarca, ignoraba si podía compartirlo.

─Perderá la memoria ─respondió con frialdad. Sus prácticas en ocasiones eran crueles, pero siempre por el bien del Imperio. Desde que fue aceptada en el templo, sus mentoras habían grabado a fuego ese mensaje en ella. Si era por el bien común, todo estaba justificado.

─¿No será peor?

─El Patriarca quiere que su hijo olvide que una vez fue Halcón, que recupere los recuerdos de su alma, que es su esencia verdadera.

Abdur no comprendía nada, pero no preguntó más. Cuando Libia se acercó a Halcón se quedó paralizada. No se atrevía a tocarlo.

─Yo lo haré, tranquila. Si me dices cómo...

─Es peligroso.

Pero Abdur, para entonces, ya había abierto la boca del nawal con sus manazas.

─¿Estás loco? ─se alteró ella─. Si te muerde, te quedarás sin dedos.

─¿Tú le ves pinta de morder? Está tan dormido que ni siquiera puede tragar saliva.

Tenía razón. Las mandíbulas de Halcón se doblegaron suavemente y Libia, muy concentrada, vertió tres gotas dentro de su boca, debajo de su lengua. Se sentía como envenenando a un animal.

─¿Ya está? ¿Solo tres? ─le preguntó Abdur.

─Sí. Ciérrale la boca y, por si acaso, apártate.

─¿Y el resto? ¿Qué haces con lo que sobra?

─Una vez se emplean las tres primeras gotas, el resto de la poción se vuelve venenoso para cualquiera que lo beba. Por eso se guarda bajo llave, pues tiene otros usos.

Libia cerró con mucho cuidado el pequeño frasco que contenía su bebedizo y esperó a ver alguna reacción en Halcón mientras Abdur continuaba admirándola por su sabiduría.

Pero Halcón no se movía. Ni siquiera parecía respirar. Libia empezó a preocuparse. ¿Y si se había equivocado con las proporciones? Pero no, no podía ser, ella era la mejor en ese campo.

─¿Es normal que tarde tanto? ─le preguntó Abdur.

Libia deseó que Ibis la ayudara. Su mentora siempre tenía soluciones para todo.

Ella, en cambio, solo era buena ejecutando órdenes.

Si las cosas se salían de lo esperado, se quedaba bloqueada.

¿Y si había matado al Heredero? ¿Cómo la castigaría Nabor?

Empezaron a sudarle las manos mientras se frotaba la cara con nerviosismo.

─¿Crees que está muerto? ─le preguntó a Abdur con angustia.

Era un modo de pedirle que lo comprobara él, pues ella no quería volver a quedarse tan cerca de ese diablo.

Abdur, leyendo entre líneas, tomó la iniciativa con la única intención de complacerla, como hacía todo lo que ella le pedía.

Entonces se acercó una vez más al cuerpo de Halcón y comprobó su pulso y su respiración.

─Está vivo pero hambriento ─concluyó con la mayor simplicidad─. ¿Cómo se va a despertar? Lleva días sin comer, ¿no?

Sus palabras, aun no siendo las de ningún sabio, disiparon todos lo temores de Libia, que decidió acudir junto al nawal para supervisarlo por sí misma.

─Keriel ─le dijo en voz muy baja cuando se arrodilló a su lado.

En ese momento, quizás por el nombre que pronunció, la gema misteriosa, la misma que había escondido bajo su túnica, latió como un corazón.

Y de alguna manera sintió que su propio corazón se acompasaba con ella...

y también el de Halcón, que se removió y abrió los ojos muy despacio.

Cuando se giró a mirarla parecía aturdido, desubicado.

Pero su mirada de oro, esa mirada de rapaz, volvió a brillar como el sol.

Y Libia, con el vello de todo el cuerpo erizado, no fue indiferente a su intensidad.

─Keriel, ¿me oyes? ─insistió disimulando que se había ruborizado.

Halcón la observaba como si fuera lo primero que había visto en su vida, con la vista aún desenfocada. Quiso hablar, pero tenía las cuerdas vocales resecas. Libia le ayudó a incorporarse y le dio de beber.

─¿Keriel soy yo? ─preguntó. Libia y Abdur cruzaron un gesto de complicidad. La poción parecía estar funcionando...

─Sí, sí... Te llamas Keriel.

Por un momento esperó su violenta reacción cuando se referían a él por ese nombre y decía que no pensaba responder. No sucedió así. Halcón miró a su alrededor. Sus reflejos se percibían lentos. Se comportaba con una docilidad inimaginable siendo quien era.

─¿Y dónde estoy?

─Estás en casa, Keriel.

Halcón trató de moverse pero las cadenas de plata ulceraron su piel en cuanto la rozaron.

─¿Puedes quitarme esto... por favor? ─suplicó.

Libia no supo qué debía hacer. ¿Por qué no estaba allí el Patriarca para tomar una decisión tan importante? ¿Y si lo liberaban y se convertía en bestia? ¿Quién podría entonces detenerlo?

─Señora, yo primero le daría de comer ─propuso Abdur al ver que Libia no reaccionaba─. Y cuando ya no tenga hambre, entonces lo liberamos.

A la suma sacerdotisa le pareció sensato. Razonable. Coherente. Abdur, a falta de erudición, poseía un sentido común envidiable para ella.

─Sí, vale. Le daremos de comer primero ─asintió tratando de mostrarse autoritaria─. A ver si se dan prisa esos centinelas.