CAPÍTULO 19
Finalmente fueron las doncellas quienes entregaron a Libia en mano la saca llena de todas las pócimas recuperadas, ya que la suma sacerdotisa se encontraba en medio de su baño relajante y no podía ser molestada por nadie, mucho menos por un soldado.
Sin embargo, Abdur había recibido órdenes de ir a buscarla al atardecer, como escolta personal, y acompañarla a los calabozos donde Halcón continuaba tendido en el suelo como un despojo, más muerto que vivo.
Cuando Abdur tocó a la puerta de la cámara de Libia, se puso nervioso al escucharla acercarse a abrir.
Ignoraba si ella le daría las gracias por haber conseguido las preparaciones, si reconocería su valentía al haberse metido entre los escombros del templo o si recibiría otra reprimenda por haberse equivocado seleccionando las botellitas. Entonces Libia abrió.
La suma sacerdotisa, peinada con elegancia y vestida con una de sus mejores túnicas, deprendía un aroma maravilloso a geranio y azahar. Y Abdur, al verla aparecer, se quedó sin palabras, solo contemplándola. Ella sonrió.
─Espera aquí ─le pidió─, termino en seguida.
Abdur asintió sin abrir la boca y Libia se adentró nuevamente en su cámara para terminar de enjoyarse.
Ningún soldado podía poner sus toscos pies allí dentro, estaba terminantemente prohibido.
Sin embargo, Libia había dejado la puerta abierta y se había sentado tranquilamente delante de su espejo para terminar de aderezarse mientras veía de reojo el reflejo de Abdur, que no podía dejar de mirarla. Como si hubiera visto a una diosa.
─Te estoy enormemente agradecida ─le dijo ensartando una horquilla dorada en su cabello─. No solo me has traído lo que necesitaba, sino que lo has traído todo. Todas las preparaciones que quedaban allí. No te imaginas el valor que tienen ni cuántas horas, semanas, meses, tardé en elaborarlas.
─Bueno… En realidad fue idea de Likós ─respondió aquel con modestia─. Había tantas que era muy difícil distinguirlas en la oscuridad y…
Libia se había dado la vuelta y lo miraba penetrantemente. Entonces Abdur se quedó callado y dudó de si había vuelto a faltar al protocolo.
─No te quites mérito ─lo interrumpió─. Solo los valientes se meterían en esas ruinas. Yo te lo agradezco de corazón.
Terminó de colocarse la tiara que recubría su tercer ojo, aunque de poco le servía sin medicina del Gran Laurel.
De esa sí que no quedaba ni gota. Pero, dadas las circunstancias, eran otros los dones que podía poner al servicio del Imperio.
De hecho, ya tenía lista la pócima que esa noche daría de beber a Halcón: en un recipiente de cristal ahumado del tamaño de un dedal la había almacenado.
Le aterraba volver a ponerse delante de esa bestia infame, aunque esta vez Abdur se encontraría a su lado en todo momento. Eso le daba seguridad.
Escogió un par de pendientes que no fueran muy largos para que no le molestaran mientras trabajaba y, cuando ya estuvo lista, sus ojos se posaron en un rincón de su tocador y aterrizaron sobre esa gema blanquinosa con vetas azules y una espiral tallada que había encontrado en los jardines de palacio en la mañana siguiente a la invocación de Keriel.
Hasta entonces la había ignorado por completo. En comparación al resto de sus joyas, no era más que un cuarzo de poco valor y de aspecto bastante tosco colgando de un cordón de cuero trenzado. Sin embargo, algo le decía que tenía que mantenerla cerca de su piel.
Se la colgó alrededor del cuello y, sin saber por qué, la ocultó bajo su ropa, como si a diferencia del resto de alhajas aquella no tuviera que ser vista.
─Podemos irnos ─anunció dirigiéndose hacia la puerta, en donde Abdur aguardaba pacientemente─. Pero antes quiero que tengas esto.
Y para sorpresa del soldado, la suma sacerdotisa colocó en sus enormes manos un objeto dorado y pequeño que algún orfebre de prestigio había labrado con todo lujo de detalle. Era un broche que representaba una rama de laurel. Abdur miró a Libia confundido.
─Es para ti, por tu valor. Y por tu lealtad.
─Pero… Señora… Yo no merezco…
Libia se rio.
─¿Ahora me llamas señora ?
Y sin decir más, tomó el broche y ella misma lo ensartó con cuidado en el fajín de Abdur, donde todo el mundo lo vería y sabría que ese soldado era el favorito de la suma sacerdotisa.
Mientras terminaba de colocarlo, Abdur miraba hacia otro lado, ruborizado y tembloroso.
Pocas veces había tenido a una mujer tan cerca, y menos a la única mujer del mundo que le robaba el aliento.
─Ya está.
Mientras se dirigían a los pisos inferiores de palacio, Libia recuperó la rigidez del gesto que correspondía a su cargo.
No era así antes de ser ascendida, pero visto lo visto, y consciente de su falta de autoridad y de su juventud, necesitaba granjearse el respeto de los súbditos aunque fuera con pequeños trucos como ese.
Abdur caminaba tras ella guardándole la espalda, armado con su sable imperial bañado en plata.
─¿Y Likós? ─le preguntó Libia con severidad─. ¿Por qué no se ha presentado?
─Mañana partirá hacia una campaña militar. Ahora mismo se está preparando. Órdenes de Nabor.
─Entiendo…
Abdur no dejaba de pensar en lo que le había contado Likós sobre la fuerza . Se preguntaba si Libia preferiría a su compañero precisamente por eso, por ir al campo de batalla a jugarse la vida. Por su arrojo. Por su fuerza .
Pero a él no le gustaban esos asuntos de magia oscura.
En su familia eran muy supersticiosos, temían a las brujerías y siempre habían procurado encomendarse al Cosmos sin solicitar servicios de milagreros ni nada parecido.
Y pactar con Nabor a cambio de fuerza le daba muy mala espina.
En cualquier caso, era a él a quien Libia había premiado con el laurel de oro, no a Likós.
Así que, mientras llegaban a los calabozos, se convenció de que si un día tenía que ganarse el amor de la suma sacerdotisa, lo haría con sus propios métodos. Sin trampas. Sin favores del Patriarca.