CAPÍTULO 18
La colina en la que durante siglos se había erigido el Templo del Laurel ahora era una ruina imposible que no había ni por dónde mirar.
Esa parte de Teff había pasado de ser el símbolo del prestigio de un imperio a una montaña de escombros y pedazos de mármol.
La vegetación, en cambio, indiferente a cualquier cambio de régimen político, continuaba su curso según los ciclos de Madre Tierra, y habiendo sobrevivido a la catástrofe, se propagaba silenciosa sobre la superficie fría de las piedras, reciclando aquella obra arquitectónica que había pasado de templo a polvo en cuestión de una noche, como todas las cosas efímeras.
Aun así, una guarnición de centinelas continuaba vigilando el perímetro del templo como toda la vida se había hecho, pues Nabor, ante todo, quería prevenir que las ruinas de un lugar sagrado se convirtieran en chozas y chabolas para los menesterosos.
Aunque esa no era su única preocupación.
Sabía por Ibis y Sekmis que allí dentro se habían quedado atrapados auténticos tesoros, y temía que algún nawal o incluso la propia Attaegina, tan osada como era, husmearan entre las columnas caídas y los encontraran.
Esos tesoros eran conocimiento. Y ese conocimiento estaba prohibido a los indignos.
A media mañana dos hombres de Nabor llegaron allí con la orden de rescatar algo muy concreto. Los guardias los observaron extrañados, cruzando miradas entre ellos, pero sin desenfundar sus sables. Entonces, el que ocupaba el cargo de jefe se adelantó para preguntarles:
─¿Nabor os ha autorizado a entrar ahí?
─Más bien nos lo ha ordenado ─respondió Likós─. Y sus órdenes no se cuestionan.
El guardia los escrutó de arriba abajo. Luego se giró y miró el templo. Por último enarcó las cejas, perplejo.
─Pues no sé cómo lo vais a hacer... Eso está que se cae. Más os vale llevar cuidado.
Likós, ignorando su advertencia con cierta arrogancia, siguió caminando hacia la colina. Abdur se limitó a seguirle.
─Si al anochecer no hemos salido ─dijo Likós en último lugar─, comunicad al Patriarca que seguramente hayamos muerto aplastados.
Y poco después Abdur y él desaparecieron bajo las ruinas por una cavidad que parecía, dentro de lo que se podía esperar, accesible.
Abdur jamás habría reconocido que tenía miedo.
Con ese cuerpo y ese tamaño, nadie lo habría imaginado.
Sin embargo, el olor a salitre y a podrido y aquellos pasillos sumidos en la oscuridad absoluta le provocaban escalofríos.
La luz de sus antorchas titilaba, proyectándose en los muros de forma intermitente y dando al lugar una atmósfera, si cabe, más siniestra.
Se preguntaba si alguna discípula o algún centinela se habían quedado atrapados allí mientras el templo se desmoronaba y, de ser así, le inquietaba encontrar sus cadáveres.
Likós, sin embargo, caminaba delante en actitud chulesca.
Solo era algo mayor que él pero parecía su jefe, incluso siendo de menor estatura y mucho menos corpulento.
Procedía de casta militar, de duques nativos de Teff.
De buena casa, por tanto. Era diligente, tenaz.
En ocasiones, irreverente. Y a menudo terriblemente agresivo.
En las fiestas de taberna atraía la atención de todas las mujeres, pero también solía terminar borracho y dándose de puñetazos con cualquier otro gallo de corral que se propusiera hacerle sombra.
No era difícil adivinar que el bueno de Abdur, ese hijo de esclavos libres que había conocido el hambre y la escasez, siempre estaba al lado de Likós para sacarlo de los entuertos.
En realidad no eran cosas que Abdur envidiara, pues no le gustaban las peleas.
En cuanto a mujeres... Para él solo existía una. Pero era inalcanzable.
─Qué calladito que estás, Abdur. ¿Es que tienes miedo? ─Abdur no le respondió─. Si te digo la verdad, a mí también me acojona un poco.
Los ruidos eran extraños allí dentro. Goteos rítmicos, agua subterránea, corrientes de aire que semejaban voces de ultratumba. Abdur era supersticioso. Likós, descarado. No sentía ningún respeto por los muertos ni apenas por las tradiciones.
─¿Y si hubiera alimañas aquí dentro? ─dudó Abdur. Likós, con un brillo pertinaz en sus ojos afilados, se detuvo y alzó la voz:
─¡Ehh! ¡Alimañas! ¡Sé que estáis ahí! ¡No tenéis huevos a salir!
Abdur le tapó la boca de un manotazo, y lo hizo con tanta fuerza que Likós se cayó hacia atrás.
─¿Eres idiota? ─lo reprendió el enorme soldado de tez negra─. ¿Para qué haces eso? ¿No ves que puedes causar un desprendimiento?
Pero a Likós le parecía muy pero que muy divertido. Y riéndose a carcajadas se levantó, se sacudió el polvo de la ropa y reemprendió la marcha delante de Abdur.
─No te lo tomes así, hombre... ─le dijo dándole una palmada en la espalda. Pero Abdur se había enfadado de verdad─. Te prometo que no lo vuelvo a hacer. No sufras, pequeñín, que si se te cae una viga encima no te hará absolutamente nada.
Abdur no le contestó. Tras varios minutos caminando en silencio Likós volvió a darle conversación.
─Estuve destinado aquí unos meses antes de que el templo cayera ─le explicó, quizás un poco arrepentido por lo de antes─. Este sitio es un laberinto, pero logré aprender de memoria a dónde llevaba cada pasillo.
─¿Y ahora mismo sabes en qué punto estamos?
Likós alumbró con la antorcha a su alrededor. Cerca había unas escaleras. Según las vio, comprobó unas marcas en el muro con la mano y dijo:
─El taller de las alquimistas está justo debajo de nosotros, pero es imposible bajar por ahí.
Abdur no tenía ni idea de qué hacer. Menos mal que Likós sí.
─Media vuelta, sígueme. Accederemos por otro sitio que conozco. Bueno, eso si cabes.
Deshicieron parte del camino y, cuando llegaron a un recodo, descubrieron un pequeño pasillo estrechado por los escombros, pero por el que todavía se podía entrar.
─No sé cómo lo vas a hacer, grandullón ─le dijo Likós deslizándose por el único hueco con dificultad. Abdur lo siguió. Era grande, sí, aunque sorprendentemente ágil para su tamaño.
En el siguiente tramo llegaron a las celdas donde, en su momento, se alojaban las discípulas, y Abdur no pudo evitar preguntarse, con un poco de vergüenza, en cuál habría dormido Libia. La voz áspera de Likós lo sacó de su ensoñación.
─Yo no sé qué carajos le ha picado al Patriarca para enviarnos aquí. ¿De verdad es tan importante?
─Es por Keriel ─dijo Abdur sin poder disimular su rabia─. Es un inútil.
Likós sonrió con un deje perverso. Él ya lo sabía. Lo había visto mejor que nadie. Pero Abdur no podía enterarse. El Patriarca lo castigaría con la muerte si le contaba a alguien el suceso con la niña Tiara.
─Minos era mejor ─añadió─. Me habría encantado formar parte de su ejército. Pero lo bueno dura poco, por lo que se ve.
Siguieron avanzando casi a ciegas y, en cuestión de media hora, después de retirar algunos muebles volcados y pedazos de mármol, lograron abrir las puertas del taller de las alquimistas donde, sorprendentemente, casi todo había permanecido intacto.
─Ya casi lo tenemos, Abdur. ¿Tienes la nota?
Abdur se puso un poco nervioso cuando desplegó el pedazo de papiro. Se quedó por un instante embelesado con la bella caligrafía de Libia, sin embargo, apenas era capaz de leer qué ponía. Likós le arrancó la nota de la mano resoplando con impaciencia.
─Anda, trae, que no tenemos todo el día. ¿Es que no sabes leer?
Abdur no se molestó en responderle que no. Sus padres le habían enseñado a escribir su nombre. Poco más.
Como no podía hacer más que esperar, no se molestó en ayudar a Likós, que se dirigió a uno de los muebles de caoba que en su momento Ibis y Sekmis cerraban cuidadosamente con llave.
Rompió la cerradura sin ningún miramiento y abrió las puertas de par en par con la intención de encontrar cuanto antes todo lo que Libia decía necesitar.
─Por lo menos podrías alumbrarme con la antorcha ─le pidió a Abdur de mala manera. Aquel se acercó sin decir nada cuando sus ojos descubrieron el hermoso alambique de oro que más parecía una joya que un artilugio para trabajar.
─Es bonito, ¿eh? ─se sorprendió Likós descubriéndolo también─. ¿Nos lo llevamos?
─Había pensado llevárselo a Libia. Pero, no sé… Pesa mucho y es muy grande para sacarlo de aquí entre dos.
─Libia, Libia...
─Oye, ¿qué pasa?
Likós se rio.
─Pues que disimulas fatal. Hasta ella se ha dado cuenta.
─¿Cuenta de qué? ─se defendió Abdur empezando a ponerse nervioso─. No digas majaderías.
─Pero si estás loco por ella...
Abdur no tuvo más remedio que asentir.
─Bueno... Sí...
─Pues olvídate, amigo. Es la suma sacerdotisa. Ha hecho voto de castidad. Si te acercas a ella Nabor podría ahorcarte, ¿sabes?
─Ya... Por eso no voy a decirle nada. Nunca. Ella es... inalcanzable.
─Bueno, bueno, no te me pongas lánguido, que hay más mujeres en el mundo.
Las botellitas que con tanto cuidado habían elaborado las discípulas de Sekmis tiempo atrás seguían todas allí, perfectamente colocadas y en orden, cerradas a conciencia para que las esencias que contenían no se oxidaran en contacto con el aire.
Likós, a medida que las identificaba, las iba guardando con esmero en una saca acolchada con lana de oveja, para que no se rompieran.
─ A saber qué pasaría si me bebo cualquiera de estas… ─ rumió.
─ Podrías morir con solo una gota de algunas. Libia me lo contó.
Likós se rio de nuevo.
─ ¿Y ahora qué te pasa? ─ le preguntó Abdur empezando a hartarse de su tono burlón.
─ Pues que Libia también tiene lo suyo. ¿No crees que te deja tomarte demasiadas confianzas con ella?
─ Eso no es verdad.
─ Ya… Que yo lo he visto. Cuando Halcón casi se la carga, anda que perdió el tiempo y se te agarró bien.
─¡C állate ya y coge eso! ¡Que no hay quien te aguante!
Likós se calló, pero la sonrisa insidiosa no se borraba de sus labios.
─ ¿Sabes qué te digo? ─ dijo de pronto empezando a hartarse de buscar botellitas ─ . Que las voy a coger todas. Lo mismo hasta me lo agradece.
A Abdur no le pareció mala idea, no fuera a ser que hiciera falta algún ingrediente más y tuviera que regresar allí con Likós. De hecho, empezaba a sentir claustrofobia. Por suerte, su compañero acababa de terminar.
─ ¡Ea! ¡Vámonos! ─ exclamó con hartazgo. Y colocándose delante otra vez, guio a Abdur por los oscuros pasillos que les devolverían pronto el aire fresco y la luz natural.
Abdur se sintió victorioso, como si volviera de una memorable misión. ¿Se sentiría Libia orgullosa de él?
─ Tranquilo, hombre, que dejaré que seas tú quien le entregue esto ─ dijo Likós ─ . ¿Sabes una cosa?
Abdur resopló con desesperación. ¿Qué tontería tenía que escuchar ahora?
─ Mira, Abdur, Libia es solo una mujer más. Sacerdotisa o lo que tú quieras. Y a todas les gusta lo mismo.
─ Ah, ¿sí? ¿El qué?
Likós parecía saber algo que no con todo el mundo podía compartir.
─ La fuerza .
Abdur no comprendía. Likós prosiguió:
─ Si fueras más fuerte, tal vez…
─ ¿Te estás burlando de mí? ─ le respondió Abdur, casi ofendido.
─ A ver, tú eres fuerte. Sí. Mucho, ¿vale? Pero no me refiero a esa clase de fuerza, no…
─¿Entonces?
Likós se detuvo, miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie escuchaba entre las sombras y susurró:
─Hay un modo. Nabor te puede hacer más fuerte. Solo se lo tienes que pedir.
─Ah, ¿sí? Y, ¿cómo es eso? ¿Tú ya se lo has pedido?
─Bueno… Me lo ofreció y le dije que sí.