CAPÍTULO 17
Libia se acercó a honrar la tumba de Ibis cuando divisó con fastidio la silueta de Nabor allí.
No solo no le gustaba quedarse con el Patriarca a solas, sino que, además, el momento de poner flores a su mentora era privado.
Era su momento. Aun así saludó a Nabor cortésmente, como correspondía al protocolo, y esperó de pie antes de hacer la ofrenda.
Todavía no se había acostumbrado a mirarlo directamente al único ojo sano que le quedaba.
Por otro lado, también ella era consciente del cambio drástico que el físico del Patriarca había sufrido desde la noche de la ceremonia de los trece nombres.
Y todavía no encontraba una explicación para ello.
─ Pareces cansada, Libia ─ comenzó él con amabilidad ─ . ¿Está todo bien? ¿Ya te has recuperado del susto que te dio Keriel?
A Libia le molestó que bromeara con ese tema. A menudo se sentía infantilizada por él. Sin mostrar ningún tipo de emoción, sino solo correspondiendo a un trato correcto, respondió:
─ Estoy completamente recuperada. Pero hoy de madrugada he tenido que atender a una de nuestras discípulas más jóvenes.
─ ¿Te refieres a una niña del círculo? ¿Tiara, puede ser?
Libia asintió, ¿cómo lo sabía él? Pareciendo haberle leído el pensamiento, el Patriarca prosiguió:
─ Sí, sí… Yo también la vi rondar por ahí anoche. ¿Qué le pasa? ¿Está enferma?
─ No es grave. Pero ha tenido pesadillas y ataques de pánico.
─ Ah, ¿sí? ¿Ha soñado con diablos?
El Patriarca sonrió con malicia. Le encantaba la ingenuidad de Libia.
─ Dice que ha soñado con Keriel. Le da miedo ─ se quedó un instante callada, pensativa. Y recordó cuán cerca de su cuello había tenido los colmillos de ese monstruo ─ . Es normal. Keriel es un diablo, por mucho que esté de nuestra parte.
Ella misma se sorprendió en ese ligero arrebato rebelde de expresar lo que pensaba.
Al principio se arrepintió. Después se dijo que era la suma sacerdotisa de palacio, y su cargo le permitía hablar con franqueza.
Nabor volvió a sonreír como si le hubieran gastado una broma.
Libia detestaba que no la tomara en serio como a Ibis, aunque era también consciente de que su mentora le daba mil vueltas.
Y una vez más, se sintió como una impostora ocupando aquel papel.
─ Precisamente de Keriel te quería yo hablar ─ comenzó Nabor urdiendo los hilos de una nueva trama perversa ─ . Está en los calabozos, encadenado. Lo he vuelto a castigar. Es… Es desesperante. En momentos como este desearía que hubiera sido Minos, y no él, quien encarnara al Rey de los Diablos.
─ ¿Y qué quiere que haga yo al respecto, señor? ─ preguntó Libia poniéndose tensa solo de pensar que tenía que volver a estar en presencia de esa alimaña.
─ Tranquila: está inconsciente, débil y herido. Pero ahora es el momento. Libia, la buena fama de tus bebedizos y preparados llegó a mis oídos hace muchos años, cuando aún eras una niña. Yo sé que puedes ayudarme.
─ ¿Cómo?
Nabor le quitó suavemente el ramo de flores de las manos y lo puso sobre el pecho de la estatua de Ibis. A Libia le molestó su atrevimiento. Él continuó:
─ La memoria es prácticamente todo lo que somos. Sin memoria, apenas queda nada: necesito borrar los recuerdos de Halcón.
Libia no esperaba algo tan tajante. Nabor continuó:
─ Halcón es solo un personaje, como esas máscaras que se ponen los faranduleros del anfiteatro.
Es un disfraz, una corta vivencia humana en la vida de un ser ancestral que ha vivido miles de años.
Halcón no es quien cree ser, pero su tozudez le obceca.
Y Keriel, su verdadero yo, sigue durmiendo.
Necesito que olvide a Halcón y que recuerde que es quien es.
Solo así nos servirá incondicionalmente, a ti y a mí. A todo Alandum. ¿Cómo lo ves?
Libia no tenía respuesta. El Patriarca le pedía algo muy difícil.
Pero sí, esa clase de pociones existía. Al igual que la medicina del Gran Laurel en ocasiones hacía recordar, había otras que provocaban el efecto contrario.
Y ella, si bien no tenía un don para adivinar nada, sí gozaba de una envidiable memoria y recordaba a la perfección todas y cada una de las fórmulas aprendidas en el taller de las alquimistas. Solo había un problema:
─Hay ingredientes imposibles de conseguir, al menos por ahora ─dijo.
Nabor la miró con interés y la instó a que continuara hablando─: Es decir…
Teníamos preparadas en el templo algunas maceraciones y tinturas.
Puedo volver a hacerlas, pero eso tardaría meses y, además, se trata de plantas difíciles de conseguir y que nosotras cultivábamos siguiendo un calendario ritual.
En fin… Entiendo que no podemos esperar tanto.
─No, no podemos. He arrojado varias ofensivas a pueblos que llevo años queriendo someter.
Y la ciudad de Virim ha empezado a alzarse contra mi régimen por culpa de los nawales que se esconden allí.
Mi imperio no atraviesa precisamente su mejor momento.
Sin embargo, creo que no todo el templo quedó destruido.
Puedo enviar a algunos hombres a buscar lo que necesitas.
─¿Al Templo del Laurel? ¿A las ruinas? ─se sorprendió Libia─. Es muy peligroso. Además, es imposible que…
─¿Dudas de la capacidad de mis soldados?
Libia negó con la cabeza. No dudaba de ellos, sino que le preocupaba que alguno pudiera salir herido o morir bajo los escombros.
─Tú déjame a mí, querida. Anota en un papiro qué es exactamente lo que necesitas y, antes del anochecer, habrá llegado a ti.