El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Las cosas no marchaban como Nabor había planeado.

Y la deslealtad de Halcón era el principal de sus problemas.

El caso es que todos estos asuntos no le habían permitido pegar ojo.

Aún faltaba bastante para el amanecer y ya estaba despierto dando vueltas por su cámara, de un lado a otro, pensando en cómo resolverlos.

Por primera vez echaba de menos tener a su lado a Ibis, que había sido tan sabia y diligente y, además, la cómplice de todos sus crímenes, la que encubría sus planes más oscuros.

Se reprochó que tal vez se había precipitado al quitarle la vida.

Luego estaba Halcón. Bueno, Keriel. No, Halcón.

Seguía siendo el maldito Halcón de corazón puro, el nawal , el discípulo de Elkerael.

Pero, ¿dónde estaba el error? Halcón era la reencarnación de Keriel, el Ángel de la Codicia.

Él mismo lo había visto convertirse en la noche en que Libia pronunció los trece nombres.

Era imposible que se hubiera equivocado de hombre.

Entonces, ¿cómo un diablo de ese calibre, el diablo que provocó el fin de la Antigua Pangea, había podido resistirse a un bocado como el que le había ofrecido?

Tenía que reconocer que estaba completamente desconcertado.

Él, que había acumulado siglos de conocimiento sagrado, que sabía mejor que nadie cómo funcionaba la dichosa Ley, se encontraba con que nada salía como esperaba.

Afortunadamente, Halcón no había muerto en ese estúpido intento de suicidio nawal .

Le habría funcionado de seguir siendo humano, pero era un diablo, ya no podía morir.

Ahora estaba inconsciente. Sí, otra vez.

«Maldito zángano...», pensó el Patriarca con rabia.

Aunque esta vez lo había dejado tendido en el suelo de los calabozos.

No pensaba volver a agasajarlo con los lujos de la mejor cámara de palacio. De eso nada. Estaba harto.

En momentos como ese, Nabor echaba de menos el cuerpo cálido de una mujer humana.

Ibis y Sekmis habían sido sus mejores concubinas.

Ahora, lisiado y envejecido como estaba, se sentía desprovisto de su talento en el arte de la seducción, ese que siempre le había proporcionado a las hembras que deseaba.

A casi todas: no lo consiguió con Pantera ni con Attaegina.

«Attaegina», pensó. ¿Dónde andaría esa infeliz?

A esas alturas, habría esperado que Halcón ya la hubiese encontrado y se hubiera comido su corazón.

Pero esa cabra silvestre se escondía bien entre las rocas.

Nabor de pronto lo comprendió: Attaegina vivía en Halcón.

Una parte de ella se había quedado en él.

Y seguramente también Halcón había dejado su impronta en ella, era magia ancestral.

Sexualidad sagrada. La última vez que Attaegina estuvo allí, escuchó que Minos protestaba por algo.

«¿Por qué huele como tú?», había increpado a Halcón cuando los vio aparecer a los dos.

Pues claro, ¿cómo no se había dado cuenta?

Por eso Attaegina fue adiestrada por Halcón.

─Malditos viejos ─se lamentó acordándose de Yarbha y de Elkerael.

Y es que sus antiguos compañeros de viaje habían hilado muy fino al enviar a Attaegina con Halcón al desierto.

Sabían que, tarde o temprano, los dos jóvenes iban a forjar ese vínculo al entregarse mutuamente su virginidad.

O mejor dicho, a restaurarlo: un vínculo que los mantenía unidos a través de los tiempos.

Acababa de encontrar la respuesta a lo acontecido esa noche en los calabozos: Halcón no se había comido a la niña porque la luz de Attaegina que ahora moraba en él se lo había impedido.

Pasó frente al espejo de su cámara. Vio su reflejo, su cuerpo degradado, la piel de los brazos flácida, su pierna mutilada por Molok y el único ojo que conservaba. Y empezó a arrojarle objetos hasta que su superficie se hizo pedazos. ¡No, las cosas no iban bien!

El cielo comenzaba a clarear en torno a la cicatriz, más ancha y más parda con el paso de los días. Necesitaba salir a los jardines, respirar aire fresco, visitar la tumba de Ibis.

Al parecer, aún no eran suficientes todos sus problemas. En cuanto puso un pie en el exterior se dio cuenta de que alguien había dejado una flecha de oro en el suelo de su jardín privado. Y, quien quiera que hubiera sido, había procurado apuntar en dirección a su cámara.

Era un oro distinto de todo el que tenía en su palacio, un oro rojo y muy pesado. Solo existía un lugar donde se trabajaba ese oro. Y Nabor no lo había visitado desde hacía cientos de años.