El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Crónicas de Antigua Pangea

─ Altair, ¿sabes qué? Creo que ya no tengo miedo.

Keriel estaba tumbado boca arriba, con las alas extendidas sobre la tierra, cogiendo su mano mientras los dos observaban las estrellas en medio de una amplia pradera alfombrada de cantuesos.

Altair lo miró y le sonrió. Después continuó con los ojos fijos en el firmamento.

Unos ojos brillantes como la plata. Iguales a los de Keriel.

─ Entonces, ¿ya no quieres volver a casa? ─le respondió ella.

─Echo un poco de menos cuando estábamos ahí, en el cielo. Era parecido a abrazarte todo el tiempo. A sentir lo que sentías. A hablar con tu voz y escuchar la mía en la tuya…

Se quedó pensativo.

─Deja de ponerte triste por eso ─lo consoló Altair─. Ya no somos una estrella. Nuestros cuerpos se han separado al caer aquí. Pero nuestras almas siguen unidas. Nuestra esencia sigue siendo la misma.

─Entonces, ¿crees que es eso lo que nos han enviado aquí a aprender?

─Nadie nos envió, Keriel. Tú y yo decidimos venir, ¿es que se te ha olvidado?

Keriel la miró. Y la vio tan bonita como jamás la había visto cuando moraban en las estrellas.

─Sí, puede ser, sí… Pero dime, ¿cuál es la enseñanza? ¿Qué tenemos que aprender de esto?

Altair suspiró, reflexionando sobre esas palabras. ¡Palabras! Nunca antes en el cielo les habían hecho falta. Las palabras creaban la vida, daban forma al mundo, asentaban su pensamiento. Y en ocasiones, eran innecesarias. Como esa noche.

─Ya lo descubriremos, Keriel. Mientras tanto, vamos a disfrutar de esto.

¿No hueles la mejorana que crece entre las rocas, el dulzor de las jaras, la frescura de los musgos?

Oye los grillos, los mochuelos, las ranas, el fluir del arroyo…

Hasta ese árbol inmenso que nos vio llegar emite un murmullo dulce si pegas la oreja a su tronco.

Keriel soltó su mano para acariciarle el dorso con los dedos.

Entonces Altair sintió que algo recorría su cuerpo, una cálida sacudida en el vientre que jamás había experimentado antes.

Nunca había tenido un cuerpo. Aunque el de Keriel le gustaba más.

A veces se quedaba mirándolo. Sentía una atracción imposible de explicar por él.

Y, quién sabe: quizás porque también echaba de menos los tiempos en que eran un espíritu único compactado en la forma de una estrella, se acercó a él hasta que sus labios se encontraron.

Y fundidos en ese, su primer beso, descubrieron otra de las maravillas que la vida en Pangea deseaba regalarles: la forma en que se aman un hombre y una mujer.