El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El palacio del rey Orfias podía competir en belleza con el de Nabor, aunque no en tamaño, desde luego.

Era como un enorme caserón colmado de lujo, labrado en mármol crema, adornado principalmente con tapices de macramé blancos, con hojas de acanto y sobrios jardines de verbena a la sombra de tortuosas celosías de parras que, hacía poco menos de un mes, habían entregado su follaje a las cocinas y suculentos racimos de vid negra a las bodegas.

Un lugar como ese, tan poético y lleno de espacios abiertos y anchos pasillos, era un blanco fácil para un ejército invasor.

Sin embargo, la verdadera fortaleza de Pira residía en sus guerreros.

La vida militar estaba fervientemente asentada entre sus hombres, que tenían por obligación aprender a manejar armas nada más llegar a los diez años.

Eran sometidos a duros adiestramientos y educados para no tenerle ningún miedo a la muerte.

Ese era, sin duda, el secreto de su respetable reputación.

Cuando Attaegina y los demás fueron conducidos a los calabozos, había decenas de soldados custodiando las entradas de palacio. Así era día y noche, y llegar tarde o faltar a los cambios de turno se castigaba con tanta inclemencia como se castigaría a un desertor.

─ ¿Quién deambula tan tarde por las calles?

─ preguntó un militar de rango mayor al verlos llegar, un veterano con el rostro sembrado de marcas de heridas.

« Heridas negras de alimaña » , pensó Attaegina.

La barba le crecía sorteando las cicatrices, como cuidándose bien de no ocultar sus méritos en el campo de batalla.

─General Arestes, son l adronzuelos ─ respondió el centinela con desgana─. Una bronca de taberna.

El veterano observó a Nilo, a Creta. Todo parecía normal. En cuanto a Lorick…

─Llevaban armas, pero se las hemos quitado. Las entregaron sin oponer resistencia.

Era obvio que Lorick no era un vulgar ladronzuelo, sino que más bien tenía la planta de un mercenario.

Además, la ropa de los nómadas puesta en ellos era más que sospechosa…

El general Arestes se acercó más, Lorick no le retiró la mirada.

Luego se fijó en Attaegina, en su cicatriz.

Él también sabía qué significaba. En cuanto a sus ojos…

─Tú, mujer, ¿cómo te llamas?

─Altair ─mintió ella casi sin pensar. Ni Creta ni los otros intercambiaron una sola mirada de sorpresa. ¿Se lo había creído el general? O, ¿sabía cosas?

─También llevaban esto, mire ─lo interrumpió en tono divertido uno de los soldados mostrándole la baraja de Nilo.

─¡Devuévemela! ─protestó el chico. Creta le dio un codazo para que se callara.

─¿Qué es? ¿Supercherías de Alandum? ─preguntó el general mirando los arcanos con poco interés. Luego deliberó─: Una noche en el calabozo. Pero mañana no los liberéis hasta que los vea el rey.

El veterano observó a Atti un instante más y después se retiró ondeando su capa blanca con elegancia. Y una vez fueron encerrados, los cuatro se resignaron a descansar de la peor de las maneras.

─Y yo que pensaba que esta noche dormía en una cama… ─se quejaba Nilo─. Jodido viejo tarado…

─Al menos hemos cenado caliente ─respondió Lorick. Creta, acurrucada a su lado, se durmió en cuestión de un minuto o dos. El nórdico la arropó con su turbante, pues allí hacía frío y se sentía el aire muy húmedo ya que los calabozos estaban excavados bajo tierra.

─¡Y encima se ha quedado con la capa! ─continuó Nilo. Y soltó una ristra de insultos y palabras mal sonantes. A Lorick le consoló: significaba que el chico volvía a ser el de siempre.

─Creo que el viejo es el abuelo de Halcón ─soltó de pronto Attaegina.

Y exceptuando a Creta, que seguía dormida, se quedaron boquiabiertos mientras esperaban alguna explicación─.

Raira me dijo que su padre le dio esta capa a ella, que su familia gozaba de mucho prestigio y buen nombre en la confección de esas prendas que, al parecer, solo pueden comprar los oligarcas.

Nilo se cruzó de brazos. Ahora ya no sabía qué pensar, o mejor aún, no sabía si decir qué pensaba. Lo hizo:

─¡Pues me cago en el abuelo de Halcón!

Lorick le dio otro codazo para que no fuera maleducado.

Pero Atti ni siquiera había escuchado eso último.

Sintió que se le rompía algo dentro del pecho, como si se le abriera una grieta, comenzó a acelerársele el pulso y, de repente, tuvo una percepción angustiosa, como si su cuerpo se muriera mientras su alma se separaba de sus huesos, de su carne, de su piel. Se marchaba lejos de allí.

─¡Atti! ¡Atti! ─gritaba Creta tratando de reanimarla. Attaegina, tendida en el suelo del calabozo, se convulsionaba─. ¡Por favor! ¡Que venga un médico!