El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

─Creta, Creta... ─la llamó Lorick─. ¿Has oído algo de lo que te he dicho?

Creta, abrazada a su cuerpo y con la cabeza apoyada en su espalda mientras avanzaban en dromedario, se había quedado completamente dormida. Se despertó sobresaltada al escuchar su voz y, aturdida, miró a su alrededor tratando de reconocer el entorno.

─¿Ya hemos llegado a Pira? ─preguntó con desgana.

─No todavía, pero se ven sus murallas un poco más adelante.

Llevaban horas de camino. O mejor dicho, días enteros.

La marcha por el desierto desde que habían abandonado el asentamiento torug  se estaba prolongando más de una semana.

Cuando caía el atardecer, al agotamiento se sumaban el vaivén rítmico y relajado de los andares del dromedario y también la penumbra, que permitía un reposo a la vista cansada tras pasar horas sin hallar una sola sombra.

Los ojos claros de Lorick, en concreto, se resentían mucho con el reflejo del sol en la arena. Pero jamás se quejaba.

─Entonces, ¿me has ignorado deliberadamente?

─le reprochó él. Creta sabía que bromeaba a pesar de la seriedad de su tono.

Había que conocer mucho a Lorick para darse cuenta de ese humor sutil.

Solo ella era capaz de cazarlo cuando sonreía sin que casi se le notara porque algo le había parecido divertido.

Se abrazó aún con más fuerza a su torso y respondió:

─Es que no puedo más. Pero estabas contando algo de la reina y… ¿por qué murió?

Lorick resopló con impaciencia. Después repitió:

─ Dije que la reina de Pira murió por una picadura de araña, hace ya bastantes años. Desde entonces, el rey Orfias es viudo.

─ Ah... ─ asintió Creta con poco entusiasmo.

Y sin separar la cabeza del cuerpo de Lorick se quedó observando a Nilo, que iba un poco más adelante siguiendo a Attaegina.

En otras circunstancias el chico se habría reído de ella, le habría hecho burla y luego se habría dedicado a sacar de quicio al apacible nórdico.

Pero Nilo ya no hacía nada de eso. Desde la muerte de Pantera, no había vuelto a sonreír.

A Creta le daba mucha pena verlo así, pues era como si, de la noche a la mañana, le hubiesen robado a ese niño travieso que se buscaba la vida por el zoco de Teff.

Solamente cuando se detenían a descansar por la noche, Nilo parecía un poco feliz mientras preparaba la cena para todos.

Cocinaba en silencio, muy concentrado, y en esos instantes parecía olvidarse de la tristeza.

─ ¿Tienes frío? ─ le preguntó Attaegina girándose a mirarlo. Nilo asintió con poco afán. Entonces Atti se quitó la capa que le había regalado Raira y se la entregó.

─ Pero… ─ dudó Nilo cuando la tuvo en las manos ─, es tuya. Raira te la regaló.

─Anda, póntela.

Y el chico se la echó por encima de los hombros. Luego la tocó con curiosidad.

─No sé si lo sabes, Atti, pero esta capa es una joya. En el zoco de Teff podríamos pedir cincuenta por ella. O sesenta en días de fiesta. ¿Qué me dices? ¿Te lo piensas?

─¡No lo dirás en serio! ─lo reprendió Creta─. Era del abuelo de Halcón.

─Ya lo sé ─respondió Nilo. Y después, su mirada felina se iluminó con un gesto pícaro─. Solo quería ver qué me decíais…

─No tienes remedio ─resopló Creta. Pero le gustó que, por primera vez desde hacía semanas, Nilo volviese a comportarse así.

─Cuando Halcón vuelva con nosotros, se la regalaré a él ─afirmó Attaegina sin dejar de mirar al frente─. Me imagino que a su abuelo le habría gustado legársela a su nieto.

Ella también había cambiado mucho. Todos lo notaban. Echaban de menos su dulzura, aunque seguía cuidándolos, pero lo hacía como una jefa de tribu. Sin duda, los golpes de los últimos días y su fijación por sacar a Halcón de donde quiera que estuviese, habían endurecido mucho su carácter.

Poco después llegaron a las blancas murallas de Pira, que se alzaban sobre gigantescos bloques de mármol.

La guardia del rey Orfias comenzaba el turno de noche cuando dejaron a los dromedarios a buen recaudo en los establos de una taberna que había fuera de la ciudad, a pie del camino. Luego solicitaron asilo.

─Soy nawal ─anunció Attaegina descubriendo su cabeza delante de dos centinelas.

Vestían loriga de cuero, faldón de lino y sandalias, ambos erigían lanza y portaban un escudo ligero en el brazo contrario.

Su cabello oscuro y ensortijado recordaba al de Raira, y a diferencia de los soldados de Teff, obligados a rasurarse la cabeza, estos otros lo llevaban suelto por encima de la espalda.

Attaegina les mostró su bastón de acebuche, el mismo que Halcón le había fabricado con sus propias manos.

Raira le había contado que en Pira se respetaba profundamente a los nawales , que se volcarían en ayudarlos si se presentaba como uno de ellos.

Y tal como esperaba, los centinelas les dieron permiso para pasar la noche en la ciudad.

El olor de Pira, lejos de la amalgama de fragancias y pestes que poblaba las calles de Virim o de los perfumes exóticos del zoco de Teff, contenía la viva esencia del fuego.

La madera carbonizada de las fraguas emitía el aroma de la constante fabricación de armas, el aroma de los preparativos de batalla.

Un olor contundente y sobrio que carecía del aire festivo de las opulentas capitales de Alandum.

Las calles eran estrechas. Los suelos estaban recubiertos de teselas en distintos colores que formaban delicadas figuras sobre el pavimento, y las viviendas eran de adobe, de planta cuadrada, sencillas y de ventanas pequeñas.

Se trataba de una ciudad hermosa, sin embargo, a diferencia de Teff o de Virim, que a esas horas hervían con el bullicio nocturno, Pira se encontraba desierta y callada, y Attaegina tuvo una sensación aciaga.

─Hay una hospedería en la siguiente esquina ─le dijo uno de los centinelas─. Id y no salgáis hasta el amanecer. En Pira hay toque de queda.

Un mal presagio los invadió al escuchar eso, pero no era buen momento para preguntar por qué. Y haciéndo caso a los soldados, se dirigieron en seguida a la hospedería.

─¿Asilo para cuatro? ─les preguntó el muchacho que abrió la puerta nada más verlos.

Después los examinó con la mirada y supuso que eran nómadas…

o algo parecido, pues era obvio que Lorick no procedía de los desiertos.

Pero no hizo preguntas. Miró a otro hombre que había tras él, dudoso, y aquel decidió intervenir.

─Padre, son cuatro ─le informó el muchacho. El hombre, flaco y desgarbado, hizo un guiño disconforme.

─No me queda sitio para cuatro ─dijo─. Solo para dos.

─Pero es que es muy tarde y no tenemos dónde ir ─respondió Attaegina─. Podemos dormir los cuatro en la misma habitación. Hemos pasado semanas en el desierto. Por favor…

El dueño de la hospedería hizo un gesto de negación con la cabeza cuando, de pronto, se cruzó con los ojos de Attaegina. Unos ojos que reconoció como de otro tiempo y otro mundo. Y, con una amabilidad repentina, accedió:

─Bueno, está bien. Creo que podemos daros dos habitaciones.

Una vez más, el favor de los ángeles les facilitaba el camino.

─Pasad, venga, no os quedéis ahí ─insistió─. Esperad dentro. Están sirviendo la cena. Yo vengo en seguida.

Entraron en un salón alargado. Las barricas de vino se acumulaban entre las mesas, sirviendo de asiento a algunos comensales, y el olor de la cocina caliente sumió sus sentidos en un abrazo confortable: el pan de aceite recién horneado, la cebolla rehogada con piñones, el arroz con pasas en hoja de parra, la albahaca y el orégano liberando su aroma a fuego lento...

Los cuatro estaban hartos de las sopas de sémola y tomate seco, así que se sentaron y comieron con voracidad.

Solo había cuatro o cinco clientes más compartiendo con ellos el salón y todos parecían mercaderes, gente de paso, extranjeros.

Nilo sonreía y masticaba. Attaegina agradecía el calor del queso fundido sobre su lengua.

Lorick comía en silencio y Creta, acariciándole la mano por debajo de la mesa, se acurrucaba en su cuerpo luchando por no dormirse todavía, pensando en todos los besos que le daría esa noche cuando por fin obtuviesen algo de intimidad.

La puerta de la hospedería se abrió y entró un hombre de cabello y barba canos que en otro tiempo habían sido negros como carbón.

Tenía el aspecto de los nativos de Pira, aunque daba la sensación de ser un trotamundos y, a pesar de su avanzada edad, no mostraba signos de cansancio ni de debilidad.

Su mirada era despierta, aguda como la de un lince, y tres aros de oro colgaban de una de sus flácidas orejas, en concreto de la izquierda.

Esa era costumbre por las tierras del Sur entre mercaderes y comerciantes, como una garantía, un modo de asegurar que, aun vestidos con harapos y cubiertos de polvo del camino, podían pagar en tabernas y casas de huéspedes como aquella.

Attaegina lo miró un instante y creyó reconocerlo, pero luego continuó cenando porque eso no tenía sentido. Ella nunca había pisado Pira.

─¿Por qué creéis que hay toque de queda? ─preguntó Nilo.

─Malas relaciones con Teff ─respondió Lorick─, ya las tenían cuando yo andaba por la flota pesquera. Hace mucho tiempo que Pira decidió romper todas las alianzas con Alandum. Supongo que, ahora que el Patriarca tiene más fuerza…

No siguió hablando. Observó a Attaegina de forma fugaz y no hicieron falta palabras para comprender que el arma letal de Nabor, aquella con la que estaba intimidando a todos los pueblos que aún no le rendían pleitesía, era Halcón.

─¡Oye, tú! ─exclamó de pronto el anciano recién llegado agarrando a Nilo por el hombro de malas maneras─. ¡Ladrón!

Nilo, que no se lo esperaba, ahogó una exclamación tratando de no atragantarse con la última oliva que se había echado a la boca, e intentado zafarse de las manazas de aquel desconocido, intentó hacer memoria de todos los pequeños hurtos que había cometido en el zoco de Teff para saber si aquel ataque gratuito respondía a algún ajuste de cuentas, aunque él jamás metía la mano en bolsillos de mercaderes…

«¿O quizás sí?», se preguntó recordando la vez en que le robó la gema a Halcón.

Lorick se levantó de inmediato y, con la mejor educación que pudo, apartó al viejo de Nilo.

─Señor, cálmese.

─¡No me toques, bigardo! ─respondió con grosería.

─¡Yo no he robado nada! ─se defendió Nilo. Y Attaegina se interpuso entre el anciano y él esperando que la respetara más que a Lorick por ser una mujer.

─¡Dice la verdad! ─exclamó con tenacidad─. No sé quién es usted, pero mi amigo no es un ladrón.

─¡Ah! ¿No? Entonces, ¿de dónde diablos ha sacado esa capa que lleva? ¿Quieres que me crea que unos muertos de hambre como vosotros podéis comprar una capa regia?

─¿Qué?

Todos los ojos se posaron sobre la capa bordada que Nilo había tenido la mala suerte de aceptar ponerse.

¿De verdad era tan valiosa? Ya daba igual seguir discutiendo: el viejo había salido a toda prisa de la hospedería y ya estaba avisando a los centinelas que, sin permitirles alegar nada, esposaron a los cuatro para llevárselos como sospechosos.

La calle vacía se convirtió el escenario donde todas las miradas, ocultas tras las ventanas, asistían al lamentable espectáculo mientras el comerciante seguía protestando, loco de rabia, por demostrar que eran una panda de ladrones.

─¿Cómo que por qué? ─discutía con uno de los soldados, que trataba de pedirle una explicación coherente para su acusación─. ¡Pues porque no hay nadie que sepa hacerlas así, solo yo y mi familia! ¡Ese chaval me la ha robado para revenderla!

Attaegina se quedó sin aliento al oírlo. ¿Sería posible que aquel anciano fuera…?

─Ya lo has oído, chico ─le dijo a Nilo uno de los guardias─. Quítatela y devuélvesela al señor.

─Pero… ─quiso protestar Nilo.

─Obedeced y solo pasaréis una noche en el calabozo. Mañana os soltaremos.

Fue Attaegina quien tomó la iniciativa porque Nilo se había quedado paralizado.

Y también porque ella sabía muy bien qué hacía.

Así que le quitó la capa a su joven compañero y, cuando el anciano se acercó y alargó los brazos para cogerla, Atti se la puso en las manos con un movimiento brusco. Lo miró con aire desafiante y susurró:

─No tienes derecho. Me la regaló Raira.