CAPÍTULO 12
Halcón pasó el resto del día encerrado en un calabozo oscuro, encadenado cara a la pared con grilletes de plata que ulceraban su piel como sal en las heridas abiertas.
Jamás se había sentido tan desgraciado. Estaba solo, dolorido, angustiado por Attaegina, se sentía débil y, lo peor de todo, tenía hambre.
Mucha. No se había percatado hasta que tuvo el cuello de Libia tan cerca de su boca.
Y es que no había nada que le apeteciera comer excepto eso, la sangre de una doncella, su corazón…
Se sentía culpable, como una abominación.
En ningún momento había querido hacerle daño de verdad a la suma sacerdotisa, solo la había utilizado para ejercer presión sobre Nabor.
Pero cuando la tuvo tan cerca empezó a sentir un instinto monstruoso que, intuía, cada vez le costaría más controlar.
Alguien entró en el calabozo, pero él no se dio la vuelta. Si esa noche le clavaban un puñal por la espalda y le arrebataban la vida, incluso estaría agradecido.
─Déjame a solas con él ─le pidió Nabor a alguien en las sombras─. Es mi hijo.
Cada vez que el Patriarca decía eso, Halcón crujía los dientes con rabia. Aun así, no se movió ni se giró para recibirlo.
─Para no querer ser un diablo, te está saliendo un buen par de alas ─comenzó Nabor quitándose la máscara de oro como gesto de cercanía.
«Así que, ¿era eso?», se dijo Halcón. Ahora comprendía ese dolor agudo y en ocasiones insoportable en la parte superior de su espalda.
─¿Qué quieres? ─le preguntó. Nabor le liberó una de las manos para que pudiera darse la vuelta y conversar con él mirándolo a la cara.
─Hemos empezado con muy mal pie, Keriel.
─¿Por qué insistes en llamarme así?
─Porque es tu verdadero nombre. Ve acostumbrándote.
─Yo me llamo Halcón.
─¿Halcón? ─El Patriarca sonrió con perfidia─. Halcón ya no existe.
─¡Halcón es el nombre que me puso mi madre! ─bramó─. ¡Y el nombre que se pone a un hijo es sagrado!
Nabor resopló con hastío.
─Pensaba que iba a ser igual de sencillo que con Minos. ¿Por qué no puedes parecerte un poco a tu hermano?
─Pero, ¿qué dices? Para ya con esa historia, Minos no era mi hermano y tú no eres mi padre.
─Puedes explicarme, entonces, ¿por qué te convertiste aquella noche en el Ángel de la Codicia? ¿Por qué tú y no Minos? Dime, si no eres hijo mío, ¿por qué reaccionaste a la lectura de los trece nombres? ¿Eh, nawal ? ¿Te lo contó tu maestro? ¿Tienes respuesta para eso?
No la tenía. Nabor era, además, un experto en torturar psicológicamente a sus víctimas antes de destruirlas.
─¿Lo sabía Elkerael? ─dudó, bajando la guardia. El Patriarca hizo un guiño condescendiente.
─¿Cómo no iba a saberlo? Pero, por lo que se ve, él y tu madre jamás hallaron la forma de explicártelo.
Halcón sintió un aguijonazo, una mezcla de furia y sentimiento de traición por parte de los suyos. Aunque trató de mantenerse sereno cuando dijo:
─No te traeré a Attaegina ni la devoraré para dar poder y fuerza a tu imperio ─se reafirmó─. Prefiero morir.
─Bueno, tal vez estás dando por sentado que eres imprescindible para mis planes, Keriel.
Pero, ¿sabes qué? Que si tú no sales a buscarla, ella vendrá.
¿Verdad que sí? ─Halcón sabía que tenía razón y Nabor pareció regodearse en su crueldad─.
Sí, la conoces bien. Sabes que es tozuda como una mula y que vendrá a buscarte.
Y entonces, si tú no la quieres, puede que sea yo quien me coma su corazón.
─¡No la tocarás! ─rugió Halcón abalanzándose sobre él. Había olvidado que uno de sus brazos seguía encadenado a la pared. Nabor le respondió con un latigazo y el nawal aulló de dolor. El contacto con la plata lo fulminaba.
─Mírate, Keriel, ¡eres débil! ─lo increpó el Patriarca─.
¿Qué pretendes conseguir si continúas manteniendo tu apariencia humana?
Piensa: en tu apariencia de diablo, ahora mismo habrías reventado esa pared sin dificultad y quizás hasta me habrías matado, pues ni siquiera llevo escolta.
Pero, si continúas sin comer, solo te torturaré y no podrás defenderte ni a ti mismo.
¿Cómo me impedirás entonces que le arranque el corazón a tu amadísima novia? Dime, ¿cómo?
Halcón sintió que estaba atrapado, sin salida, sin opciones ni caminos. ¿El Cosmos había dejado de escuchar sus plegarias ahora que era un diablo?
─Confiésame algo, Keriel, como un hijo a un padre, dime, ¿a que estuviste a punto de morder el cuello de Libia?
El rostro de Nabor adoptó una expresión perversa mientras se acercaba a él enarcando las cejas, como si se tratara de una broma. Halcón negó con la cabeza.
─Nunca pretendí hacerle daño, ella es inocente.
─Ah, hijo… Encima de holgazán, eres un diablo patético.
¿Estás seguro de lo que dices? Porque yo no te creo.
Es lo que tiene ser un diablo. Pude verte la cara cuando se te afilaron los colmillos y un chorro de tu saliva chorreó por encima de su precioso hombro.
Sentí que se te aceleraba el pulso y observé que se te dilataban las pupilas, dime, ¿no se te hacía la boca agua con el olor que desprende?
Es la sangre de una sacerdotisa joven y virgen, un manjar para cualquier demonio, especialmente para uno que no ha comido en semanas…
─¡Basta! ¡Maldito hijo de perra! ¡Cállate ya! ¡Jamás me convertiré en el diablo de tus profecías!
Nabor reía. Reía a carcajadas.
─Muy pronto acabaré contigo ─lo amenazó Halcón─, aunque tenga que morir para llevarte por delante.
─Como quieras, Keriel, pero para eso tendrás que alimentarte.
No dijo más. Se colocó la máscara y se dirigió a la puerta del calabozo.
Pero no tenía intención de marcharse aún.
En ese momento, instó a Likós a pasar. El guerrero de mirada afilada portaba en sus brazos a una niña dormida, de unos doce años.
Y Halcón reconoció la túnica dorada del círculo Arcano: era una discípula.
─¿Qué es eso? ─titubeó Halcón al verla. El cuerpo de la niña se sentía inerte como la hoja caída de un árbol, casi parecía un cadáver. Nabor sonrió.
─Tu cena ─afirmó.
─¿Qué?
Likós la tendió en el suelo despacio, pero sin sentir un ápice de compasión. Después retrocedió varios pasos e hizo una reverencia al Patriarca.
─Es mejor que Libia no sepa nada de esto ─les dijo Nabor─. Ella no es como Ibis y Sekmis. Por suerte, todavía quedan hombres fieles como tú, Likós. En cuanto a ti ─se dirigió a Halcón con desprecio─, pareces un buey, manso y castrado. ¿Qué tengo que hacer para que te abalances sobre tu presa?
Halcón supo de pronto que la niña no estaba muerta.
Fue como un instinto, una percepción que no había experimentado nunca antes.
Olía su sangre, fría pero joven, y escuchaba los vagos latidos de su corazón luchando por calentar su todavía pequeño cuerpo.
Entonces se descubrió salivando, el estómago empezó a rugirle, un ardor terrible le subía hasta la garganta.
Y Nabor sonrió complacido porque lo sabía.
─He tenido la delicadeza de drogarla ─le dijo─, así no sufrirá ni escucharás sus gritos.
Los colmillos de Halcón se afilaban dentro de su mandíbula sin que pudiera contenerlos. Su juicio se nublaba, ¡tenía hambre! Sus recuerdos humanos parecían perderse solapados bajo la sombra del diablo que quería tomar el control de su cuerpo.
─Considéralo un bocado valioso, ¡es una discípula, Keriel!
─¡No me llames más así! ─rugió Halcón. Era tanta su ira, su odio, su impotencia y también el miedo que lo asolaba que, sin pensarlo, se lanzó sobre Nabor con la única idea de descuartizarlo.
Pero la cadena de plata que lo mantenía cautivo se lo impidió ulcerando de nuevo su piel con el roce.
No podía escapar de allí a menos que se convirtiera en bestia, pero si lo hacía, ¿quién sabe?
¿Se comería a esa niña como una alimaña del infierno?
Algo lograba todavía doblegar su instinto.
Era como una luz, muy tenue, sí, pero suficiente para hacer desaparecer la oscuridad que asolaba su alma en ese instante.
Y esa luz era blanca y azul, tenía la iridiscencia plateada del reino de los ángeles…
Era como si Attaegina hubiera dejado esa luz encendida en algún lugar de su consciencia, por si la necesitaba.
Nabor lo percibió con la decepción en el rostro.
─¿Qué vas a hacer? ─lo increpó en un último intento por tentarlo─. ¿Te vas a dejar morir de hambre o qué?
Halcón estaba muy cerca del cuerpo de la niña.
Solo con dar un paso más podría tocarla, arrastarla y llevarse su frágil cuello a la boca.
Y entonces volvería a transformarse en ese monstruo que era el Ángel de la Codicia, sí, pero eso también le permitiría asesinar de una vez por todas a Nabor…
¿O no era tan fácil? Al fin y al cabo, el Patriarca era su padre.
Y según la Ley, él le debía obediencia, aunque deseara darle una muerte larga y dolorosa…
La saliva le caía por ambos lados de la boca entreabierta, sus pupilas se habían dilatado y su corazón bombeaba con fuerza mientras un hormigueo en los dedos le avisaba de que pronto comenzarían a extenderse como garras. ¡Y esa niña era un manjar!
De forma repentina, Halcón giró sobre sí mismo, colocándose cara a la pared, y se mordió su propio brazo hincando los dientes con fuerza para contenerse. Su sangre sabía a dolor, a castigo. Era lo peor que había probado jamás, pero no pensaba separar la boca de su piel.
─¿Es que no vas a dejar de darme problemas? ─le reprochó Nabor─. ¡Te ordeno que te gires ahora mismo y que te tragues a la niña!
Halcón sentía sus órdenes como una inexplicable fuerza invisible que le hacía dudar de su voluntad.
Suponía que era la magia negra de Nabor sobre él, ese vínculo padre e hijo que el Patriarca había hilado desde hacía siglos y que, supuestamente, lo convertía en dueño y señor del Rey de los Diablos.
Pero, una vez más, la luz angélica de Attaegina le concedió la lucidez que necesitaba.
Recordó con tristeza una de las enseñanzas secretas de los nawales , la que ninguno querría llevar a cabo nunca salvo en circunstancias desesperadas.
Y entedió que pasaría a formar parte de los pocos que la habían ejecutado: concentrando su propio prana , se encomendó al Cosmos, decretó que su cuerpo muriese y que su alma trascendiera.