CAPÍTULO 11
Cuando Libia y Abdur ya se hubieron alejado lo suficiente de la cámara de Halcón, la suma sacerdotisa pidió que se detuvieran a descansar.
Jadeaba con angustia y, de repente, rompió a llorar.
Abdur no sabía cómo debía actuar en un momento así.
Y es que jamás se había visto a una suma sacerdotisa llorar con tanto desconsuelo, con el miedo imprimado en la cara.
Entonces, y para su sorpresa, Libia se abrazó a él, quien se quedó rígido sin saber cómo reaccionar para no meter la pata.
Aunque, en ese instante, Libia no era más que una joven asustada que hacía escasos minutos había estado a punto de morir asesinada en las manos de un diablo.
Y él no solo era un soldado dispuesto a protegerla, sino también un hombre dispuesto a morir por ella si era necesario.
De haber habido más gente delante, posiblemente Libia se habría contenido.
Pero aquellos rincones de palacio estaban apartados y eran poco transitados, pues su acceso estaba prohibido prácticamente a todo el mundo excepto a la guardia personal de la suma sacerdotisa que, en este caso, se reducía únicamente a Abdur.
─¿Quieres que te acompañe a tu cámara? ─le preguntó el centinela. No le estaba hablando de usted ni la había llamado señora , pero eso a Libia, en aquellas circunstancias, le daba absolutamente igual.
Ella seguía llorando sobre su hombro, abrazada a su cuerpo, temblando, mientras él, con la torpeza de un hombre bruto y ruborizado al tenerla tan cerca, le daba de vez en cuando alguna palmada en la espalda como gesto de consuelo. Abdur nunca había consolado a nadie.
La suma sacerdotisa, algo más tranquila, alzó la cabeza y lo miró, asintiendo sin decir nada. Y acto seguido se separó de él, avergonzada.
─Tranquila, no se lo diré a nadie ─le prometió él.
Caminaron solos, despacio, en dirección a la lujosa cámara que en su momento había ocupado Ibis, y Libia se fue sintiendo mejor.
─Si te llega a matar, te juro que lo mato yo a él ─continuó Abdur empezando a digerir lo que había sucedido con Halcón─.
Me da igual que sea hijo del Patriarca. Ojalá se pareciera un poco a Minos.
Él sí que era leal y agradecido. El pueblo lo quería.
Pero Keriel es arrogante, vago, desafiante y, además, es una bestia inmunda.
Ella asentía sin opinar nada. Sí, eso era Halcón, una bestia inmunda.
¿Cómo había podido pensar, ni por un momento, que era apuesto y que sus ojos brillaban más que el sol?
¿Cómo había podido sentir celos de Attaegina?
¿Quizás porque Halcón era el peor de los diablos y sabía cómo ganarse el favor de las mujeres solo con mirarlas?
─Libia, si quieres puedo pedirles a las siervas que te preparen algo, no sé, algo para los nervios...
Según terminaba de decirlo, Abdur se dio cuenta de la cantidad de errores que en una sola frase había aunado.
No solo no se había dirigido a ella según el protocolo, sino que, además, había obviado sus conocimientos sobre remedios medicinales.
¿Quién iba a saber más que Libia sobre preparados de ese tipo?
Ella no le reprendió. En momentos como ese no se encontraba ahí arriba, en el pedestal de una suma sacerdotisa presuntuosa, sino abajo, refugiada en el consuelo de un soldado como una mujer más en compañía de cualquier hombre.
─No hace falta ─se limitó a responder. Poco después llegaron a la puerta de su cámara. Abrió despacio y se giró para despedirse de Abdur. Y lo hizo regalándole una tímida sonrisa y murmurando en tono casi inaudible─: Gracias.
Cuando entró en su espacio privado, se reflejó en el enorme espejo que llegaba hasta el techo.
Era un mueble precioso, tallado en ébano y muy apreciado por Ibis en su momento, que hacía buen uso de él cada día para comprobar que su belleza y su juventud continuaban intactas, infalibles al paso del tiempo.
También Sekmis había gozado de esos dones.
La imagen de Libia, en cambio, distaba mucho de la exuberancia de cualquiera de sus mentoras. Era una joven bonita, en fin, como todas a su edad, pero jamás habría sido aceptada en el Templo del Laurel por su belleza, como por ejemplo Pantera.
Delante de su propio reflejo comenzó a quitarse las joyas, una a una.
Ese día no pensaba salir de su cámara a menos que el propio Patriarca se lo ordenase.
Se sentía ridícula cubierta por tantas alhajas.
Hasta los pies los llevaba colmados de adornos de oro con filigranas.
Con uno solo de esos ornamentos, familias como la de Abdur habrían comido durante un año.
De pronto un recuerdo doloroso se derramó sobre ella como jarro de agua fría y, al mirar su rostro en el espejo, encontró a la Libia niña, flaca y tristona, que ayudaba a su madre a traer agua de las fuentes bajo el sol picajoso de los caminos secos de la isla de Tebur.
Un día su madre le pidió que fuera sola.
Su padre era marino mercante y había enfermado tras su último viaje por mar.
Cuando Libia regresó a la villa rural en que vivían, el cuerpo de su padre estaba envuelto en una sábana de lino y olía a aceite de lavanda y de romero.
Fue enterrado aquella misma noche con ayuda de los vecinos.
En la tribu de Libia se tenía por costumbre casar a las viudas con algún hermano de su difunto esposo.
Craso era el único tío de Libia por la rama paterna, y Megna, su madre, sabía que era un hombre cruel y rufianesco que andaba siempre metido en negocios turbios.
Sin embargo, Craso había cosechado mucho dinero en Amarat, la isla más grande del archipiélago, y aunque jamás podría amarlo, pensó que sus segundas nupcias servirían por lo menos para dar a su hija huérfana la oportunidad de prosperar en la ciudad.
Libia no podía borrar de su mente la imagen del rostro de su madre el día que se casó con Craso.
Vestida con sedas de color malva, como correspondía a las viudas, Megna se había marchado ya muy lejos de la vida, acaso con su marido muerto, y únicamente había dejado en el mundo el cuerpo de una mujer fuerte que tendría por obligación en adelante soportar la violencia y los abusos de Craso.
Y sucedió como esperaba: Megna hacía de escudo entre su hija y su nuevo esposo cada día mientras Libia crecía en Amarat, recibiendo una educación mucho más sofisticada que en la rural Tebur.
Hasta que un día, al alcanzar los once años, resultó que Libia empezó a convertirse en mujer, y Craso por primera vez se dio cuenta de que, al mirarla, era fácil encontrar en ella la viva imagen de su esposa, solo que rejuvenecida, fresca y todavía por descubrir.
Sigue siendo verdad que Libia jamás había tocado a un hombre en toda su vida. Lo que no significa que ningún hombre la hubiera tocado a ella o, al menos, lo hubiera intentado. Cuando Megna descubrió a Craso intentando ponerle a su hija las manos encima, lo mató de un golpe en la cabeza.
Megna había ignorado hasta la fecha que tenía tanta fuerza, y es que, al parecer, la de una madre podía llegar a ser sobrehumana cuando se trataba de defender a su prole.
Se lamentó por no haberla ejercido antes para protegerse de aquel canalla.
En cualquier caso, ya no había tiempo que perder: anunció la muerte de su marido alegando que unos hombres habían entrado por la fuerza en casa para ajustar cuentas con él.
Una excusa creíble, por el momento, teniendo en cuenta su trayectoria.
Sin embargo, no creyó que fuera seguro quedarse mucho más tiempo allí, por lo que pudiera pasar.
Así que, acopiando todo el oro que fue capaz de transportar sin levantar sospechas, subió con Libia al primer barco que zarpó rumbo a Teff, la capital del Imperio de Alandum, y una vez allí, tras preguntar a dos o tres viandantes, encontró el Templo del Laurel.
Megna creyó que colocar a Libia ahí era lo mejor que podía hacer por su hija, y de hecho no le faltaron argumentos y tretas cuando fue recibida por Sekmis para examinar a la nueva candidata.
─ Lee, escribe y cuenta desde los tres años ─ comenzó Megna sin casi dar tiempo a la suma sacerdotisa para preguntar siquiera sus nombres ─ , se ha educado en Amarat, en la ciudad, y también ayuda en casa, es hacendosa y sabe cocinar.
Sekmis miró a Libia. La niña permanecía callada como una tumba dejando que su madre, esa madre que era dios para ella, se ocupara de todo.
─ Apreciamos cualidades como esas en el templo ─ respondió Sekmis colocándose un dedo en el tercer ojo ─ , pero tengo que examinar sus destrezas para la adivinación.
A medida que Sekmis acercaba la yema de su dedo a la frente de Libia, esta buscó el rostro de su madre sin poder ocultar cierta sensación de angustia, pues ella jamás había gozado de ningún don de ese tipo. Aun así, Megna estaba sospechosamente tranquila.
Cuando Sekmis evaluó a Libia y descubrió que esa niña era opaca, como llamaban las adivinas a quienes no poseían el don, intentó dar su veredicto para que se marcharan a otro lugar. Sin embargo, apenas había abierto la boca cuando Megna mostró delante de ella una saca con todo el oro que poseía.
Ante todo la misión de Sekmis era velar por el templo. El oro, sin duda, les vendría bien. Además, últimamente su círculo de discípulas era mucho menor que el de su hermana, y eso le fastidiaba.
Megna cerró la saca de oro y se la puso en las manos sin haber recibido todavía respuesta, dando por hecho que se quedaban a Libia.
En cualquier caso, era una madre de armas tomar, habría muerto por colocar allí a su hija.
Y a Sekmis, que llevaba años corroída por la culpa al no haberse ocupado de su propia maternidad, eso la conmovió.
Si no lo hacía por la niña, al menos lo haría por su madre.
─ Señora ─ añadió por último Megna, agotando todos sus recursos ─ , le prometo que es una niña muy obediente. No se arrepentirá.
Y eso terminó de convencer a Sekmis pues, precisamente en esa época, los problemas de disciplina con Amneris y Nimeria estaban llegando a límites insostenibles.
Así que se quedó con Libia, una niña con muchas virtudes y con una dote generosa pero sin ningún don adivinatorio ni sobrenatural.
Y pensó que, con mucho trabajo, ayuno y vida monástica, quizás la medicina del Gran Laurel podría llegar a afilar un poco su intuición y a tornar su consciencia algo más transparente.
─De momento será nuestro secreto, ¿vale? ─le dijo la primera noche. Y es que Sekmis era tan dulce en el trato, tan cercana, que Libia no se pudo resistir. Desde entonces, fue la discípula más dócil que hubiera pisado ese templo.
Nadie más supo nunca lo de su falta de don, ni siquiera Ibis, que valoraba enormemente su buena disposición y su carácter recto.
Cuando tomaba la medicina del Laurel, Libia llegaba a tener sueños premonitorios y a vislumbrar algunos presagios, aunque jamás canalizó una profecía ni leyó los pensamientos de alguien con solo tocar su piel, como Epona o Razel.
La Libia adulta ese día se sintió como una farsante.
Su madre, con su mejor intención, había comprado su cargo.
Y ella, como una hormiga obrera, se había ido labrando con perseverancia un ascenso que, lejos de lo que esperaba, la había colocado en una de las posiciones más importantes de Teff.
¿Qué era ella comparada con las maestras Sekmis o Ibis, sino una muerta de hambre ida a más?
¿Era la fe lo que la había movido a servir al Gran Laurel, o simplemente un mundano instinto de superviencia?
A menudo ese cargo era una lápida muy pesada. No poseía ninguna sabiduría capaz de iluminar a nadie que fuera a consultarle. ¿Es que Nabor nunca se había dado cuenta de su mediocridad?
─Si al menos quedara medicina del Laurel…
─se lamentó mientras peinaba su cabellera rizada.
«Tenía razón tu madre», escuchó la voz de Sekmis en su cabeza, «eres muy buena elaborando preparados.
Posiblemente, la mejor». Eso se lo dijo un día en el taller de las alquimistas.
Por una vez Libia sintió que destacaba en algo, y más tarde tanto Ibis como Sekmis comenzaron a delegar con mayor frecuencia en ella para las elaboraciones de tinturas, ungüentos y oleomacerados.
Terminaron pidiéndole otras fórmulas más concretas reservadas solo a discípulas aventajadas como, por ejemplo, determinados venenos y narcóticos.
Y finalmente, Libia se convirtió en la discípula que, de forma prácticamente exclusiva, preparaba la medicina del Gran Laurel para el resto de sus compañeras y superioras.
¿Cómo podría poner de nuevo sus dones al servicio del Imperio?