CAPÍTULO 10
Nabor entró en la cámara de Halcón acompañado por Abdur y otros tres soldados más: entre ellos iba Likós, quien tenía mayor rango que los otros y, según se decía, se estaba convirtiendo en uno de sus hombres de armas predilecto. Aunque a Libia no le gustaba su mirada afilada.
La suma sacerdotisa, silenciosa, se echó a un lado para dejar paso al Patriarca, bajando la cabeza hacia el suelo en actitud sumisa. Entonces Halcón lo retó con la mirada.
─ Ya era hora ─ comenzó Nabor . En su voz se percibía que estaba muy irritado─, has dormido a pierna suelta durante días. Estarás orgulloso, Keriel.
─No respondo a ese nombre.
─¡Cállate de una vez, maldito holgazán!
Nabor intentó asestarle un bofetón, pero Halcón detuvo su brazo y comenzó un forcejeo entre ambos que terminó con el Patriarca tambaleándose hacia atrás.
En ese momento, los ojos de Halcón fulguraron como dos volcanes, igual que en la noche en que se transformó en diablo, y sus colmillos comenzaron a crecer.
Libia, al verlo así, con la mandíbula entreabierta y mostrando sus fauces amenazantemente, empezó a asustarse.
─¿Cuántos latigazos más tengo que darte? ─bramaba Nabor─. ¿Es que no has aprendido nada?
Acto seguido extrajo una cadena de plata, la misma con la que había torturado a Halcón durante horas durante la primera noche hasta hacerlo caer exhausto, y la sacudió sobre él sin ningún reparo, arrancándole un grito de dolor y rabia.
Pero Halcón había aprendido de esa experiencia y, rápido como el vuelo de una rapaz, esquivó el siguiente golpe.
Luego, viró en dirección contraria al Patriarca y, de manera inesperada, tomó a Libia como rehén.
─Si os acercáis, le rompo el cuello ─amenazó.
A Libia comenzó a faltarle el aire y un sudor frío y abundante empezó a caerle por en medio de la espalda.
Podía sentir la fuerza de los brazos de Halcón alrededor de su cuerpo, su mano demoníaca demasiado cerca de su garganta.
Era capaz de asesinarla en cuestión de segundos si se lo proponía, bastaba que Likós o Abdur dieran un paso en falso.
Y sin embargo, algo en su interior le decía que Halcón nunca haría algo así. ¿Por qué confiaba en él, ciegamente?
─Deja libre a mi suma sacerdotisa ─le ordenó Nabor tratando de contenerse─. Estás cometiendo un error muy grave, Keriel.
─¡Te he dicho que no me llamo así! ─rugió Halcón apretando con más fuerza a Libia─. ¡No te pertenezco ni soy lo que tu crees que soy!
Nabor deseaba provocarle, arrojarle una serie de palabras hirientes capaces de remover sus peores sentimientos. Era lo que solía hacer con sus enemigos para minar su moral y debilitarlos antes del ataque. Pero Libia estaba en medio.
─Suéltala, Keriel. Soy tu padre y te lo ordeno.
─¿Aún intentas que me crea eso? ¿Que tú eres mi padre?
─Si me obedecieras como un hijo bueno, todo sería mucho más fácil.
Libia no quería morir. Buscó la complicidad en los ojos de Abdur, un rostro conocido, para consolarse. Pero aquel y los demás tenían toda su atención puesta en Halcón mientras sus manos sujetaban los sables bañados en plata con que lo abordarían sin piedad si osaba asesinar a la suma sacerdotisa.
─Si hoy matas a esa mujer ─prosiguió Nabor─, te reafirmarás todavía más en lo que eres, Keriel: un maldito demonio. Y no quieres eso, ¿verdad?
Halcón sabía que no tenía escapatoria. El único a quien quería matar en esa sala era a Nabor, así que empezó a aflojar la tensión de los brazos en torno al cuerpo de Libia.
Pero entonces sintió algo con lo que no contaba: de pronto, el olor que desprendía la joven se le antojó aromático, casi apetecible.
Comprendió que era el perfume de su sangre, de su cuerpo virgen, y él llevaba días sin comer.
Notó que la saliva se acumulaba debajo de su lengua, que sus colmillos se afilaban más y más y escuchó cómo le latía el cuello.
Solo tenía que morderla y se saciaría. Apenas la haría sufrir…
─Por favor ─gimió Libia al sentir su boca tan cerca─, no me hagas daño… Halcón…
Su nombre pronunciado en tono de súplica, con tanto miedo, fue la palabra mágica, la que rompió ese trance, ese horrible estado de incosciencia en el que había comenzado a sucumbir sin control… Y sin poder aguantar más, la soltó y se rindió.
Libia corrió en dirección a Abdur, que se la llevó de inmediato protegiéndola de esa criatura con su cuerpo enorme.
Y antes de que abandonaran la sala, Likós y los otros centinelas rodearon a Halcón, apuntándole con sus armas de plata, mientras Nabor lo sacudía una vez más con su látigo para someterlo.