CAPÍTULO 9
Libia regresó a la cámara de Halcón al día siguiente, como cada mañana. Cuando llegaba allí solía encontrarse dormido al viejo sacerdote que cubría el turno de noche.
─ ¿Alguna novedad? ─ le preguntó. Y el anciano, bostezando sin ningún tipo de decoro, negó con la cabeza.
─ Es como vigilar a una piedra ─ respondió.
El heredero no había vuelto a despertarse, sin embargo, todo el miedo que le tenía se había desvanecido casi por completo desde que lo miró directamente a los ojos y escuchó su voz. Una voz cálida, amable, que no podía pertenercer a ningún diablo, sino a un hombre bueno…
─ ¿Qué pasó al final con los carbones? ─ le preguntó Abdur cerrando la puerta tras ella ─ . Cuando llegué ya no te hicieron falta.
─Logré hacerlos prender ─le contestó la suma sacerdotisa con arrogancia. Abdur era un soldado, ¡no tenía derecho a conversar con ella! En fin, siempre acababa bajando la guardia...
─¿Qué vas a poner hoy ahí? ─continuó el centinela, que además hablaba sin parar─. Lo de ayer olía muy bien. ¿Qué era?
Libia se impacientaba mientras buscaba de nuevo los gránulos de mirra.
─Mirra ─acabó respondiendo. Abdur sonrió divertido.
─¿Mirra? ¿Para qué sirve eso?
─¿Quieres mantenerte callado por una vez? ¿Es que no ves que estoy llevando a cabo algo sagrado?
─Ah, perdón…
─Y haz el favor de llamarme de usted. Te estás tomando demasiadas confianzas.
Abdur pareció comprenderlo. O al menos cerró la boca durante un buen rato.
Entonces ella prendió los carbones y esparció la mirra por encima.
Cuando la resina comenzó a calentarse, su aroma amaderado volvió a teñir el aire de la sala con los colores de un dulce recuerdo, acaso el de una noche de pasión en el desierto.
Y la suma sacerdotisa lo pudo percibir cuando sintió una caricia invisible deslizándose por la piel de su nuca.
Abdur continuó callado. Era todo un milagro.
O quizás fue que el perfume de la mirra también influyó en él, tornándolo más introspectivo.
El caso es que Libia se acercó a Halcón para examinarle la espalda.
Aquello no tenía buen color: las heridas seguían infectadas y la carne alrededor se estaba poniendo morada.
Echó mano una vez más de sus ungüentos medicinales y empezó a aplicarle suavemente con los dedos una capa de oleomacerado con cera de abeja.
Al tocar a Halcón, sintió que su respiración cambiaba y supo que se estaba despertando.
Los ojos melados del Heredero al abrirse se clavaron en ella como dos rayos de sol fulminantes. Y Libia se sobresaltó.
Sin embargo, Halcón no se movió. De hecho Abdur, distraído mientras caminaba por la sala, ni siquiera se dio cuenta.
─Haz que se vaya ─susurró el nawal en voz casi inaudible─. Por favor…
Libia lo observaba con las manos temblorosas. El fuego de esos ojos todavía le imponía aunque ya no temía a su poseedor, pues sin saber muy bien por qué, confiaba en él. De pronto alzó la cabeza para buscar a Abdur. El centinela había salido al patio.
─¿Por qué? ¿Por qué quieres que se vaya? ─preguntó. Halcón respiró hondo, cansado, e hizo un gesto de dolor cuando se movió un poco.
─Porque él me delatará. Tú, no.
─Ah, ¿sí? ¿Por qué crees que yo no? ¿No me crees capaz?
Se sintió ofendida. ¿Es que también aquel desconocido dudaba de su autoridad? ¡Ella era la suma sacerdotisa de palacio! Por toda respuesta, Halcón sonrió resignado.
─Lo sé ─se limitó a responder.
Y volvió a cerrar los ojos en cuanto escuchó los pasos de Abdur regresando al dormitorio, momento en que Libia, levantándose con altivez, ordenó al soldado:
─Quiero que hoy me dejes a solas con él.
Abdur no daba crédito. ¿A qué se debía esa orden repentina?
─Pero, Libia…
─¡Llámame señora!
─Señora, usted misma pidió que nunca se la dejara sola aquí. ¿No le asusta que se pueda despertar y que…?
─Haz lo que te ordeno. Soy la suma sacerdotisa de Teff y puedo manejar la situación perfectamente sola, sin vuestros sables.
Abdur se encogió de hombros y, haciendo un chasquido con la lengua, se marchó de mala gana. Entonces Halcón volvió a abrir los ojos.
─¿Dónde está Attaegina? ─preguntó. Cuando escuchó el nombre de la traidora, a Libia se le revolvieron las entrañas.
─¿Para eso querías que se fuera? ¿Crees que yo te lo diré? No, de eso nada. Además, yo no sé nada sobre esa mujer infiel.
─¿Consiguió escapar? ─insistió Halcón ignorando por completo sus quejas. Libia hirvió de rabia pero, al volver a mirar sus ojos…
─Desapareció, sí ─respondió cediendo al fin─. Nadie sabe dónde anda. Pero el Patriarca cuenta con que tú, con tu olfato de diablo, vayas a su encuentro y…
─¿Y la devore? ¿Queréis que me coma su corazón? ¿Creéis que así, conmigo a vuestra merced, Teff será más poderoso? ¿Qué os hace pensar que vuestro imperio no sucumbirá al fin de los tiempos?
Libia no tenía respuestas para eso. Ella no era sabia como Ibis o Sekmis ni poseía su astucia. Tampoco su edad o su conocimiento. Y se avergonzó por su falta de garbo.
─Libia.
─Llámame señora ─lo reprendió. A veces se sentía mejor cuando recibía ese trato, como si la palabra señora pudiera enmascarar que el cargo de suma sacerdotisa le venía grande.
─Como guste, señora… Cuando llegó al Templo del Laurel, ¿sabía algo sobre los pactos que Nabor hacía con demonios? ¿Le hablaron sus mentoras en alguna ocasión de Molok? ¿Le contaron que Epona fue sacrificada para que el Patriarca obtuviera más poder a cambio de dar de comer a esa alimaña?
─¡Cállate! ─estalló ella─. Tus palabras demuestran que no tienes ni idea. ¡Mientes como un bellaco! Si el Patriarca te tiene bajo su yugo, es por el bien de su pueblo, para controlarte y que no te ensañes con su gente. Y ahora, cállate o te entregaré.
Pero Halcón no vaciló ni se mostró intimidado. Seguía mirándola con aplomo.
─Usted no es como Ibis o Sekmis ─prosiguió el nawal ─. Ellas encubrían todas las maldades del Patriarca. Usted es diferente. Se hizo sacerdotisa para servir al bien… Piénselo.
Libia tenía un nudo en la garganta. Notaba que no era capaz de tragarse todo aquello, ¡y hasta tuvo ganas insultarlo! Pero se relajó y, sin decir más, siguió untando las heridas de Halcón con sus remedios curativos.
─Me duele todo ─se quejó él.
En ese momento, Libia le tocó las sospechosas marcas negras de los omóplatos. Y se sobrecogió.
─¿Qué tengo? ─preguntó Halcón─. Ahí es donde más duele.
─Es por los latigazos ─mintió ella. Pero sabía que en absoluto se trataba de eso. Eran dos protuberancias de hueso recubiertas de un tejido membranoso que, con el paso de los días, le iban ulcerando la carne desde dentro. « Alas... de diablo » , se dijo.
En silencio, continuó con las curas. Solo entonces fue consciente de que, virgen y casta como correspondía a sus votos, prácticamente nunca había tocado a un hombre.
No tenía importancia durante los días que Halcón pasó inconsciente porque era como tocar un pedazo de cuero.
Sin embargo, ahora que estaba despierto y que se habían quedado a solas, todo cambiaba.
De hecho, fue una suerte para Libia que él estuviera tendido boca abajo, porque incluso se había sonrojado.
La piel de Halcón, salvando las heridas y las marcas de infección, tenía un hermoso color que le recordaba al de las mieles oscuras. Y además, estaba caliente.
─El Patriarca preguntó por ti ayer, Keriel ─anunció Libia en tono áspero, intentando sonar orgullosa. Pero Halcón no dijo nada. Comprobó que no se hubiera dormido de nuevo y, una vez más, se topó con sus ojos de rapaz─. Te estoy hablando, Keriel.
─No respondo a ese nombre.
─Pues acostúmbrate, porque es el nombre por el que he de llamarte.
─Haz lo que quieras... No te responderé.
Halcón se giró y le retiró la mirada, algo que irritó a Libia todavía más.
¿Qué habría hecho la maestra Ibis en su lugar?
Posiblemente, avisar a Nabor y dejar que él se ocupara de aquel hijo desobediente.
Pero, por ironías de la vida, la única desobediente estaba siendo ella al no dar el aviso tal y como se le había ordenado.
─En cuanto salga de aquí, le contaré al Patriarca que has despertado. Y vendrá, ¿sabes? Te necesita.
Halcón continuó sin dar muestras de escucharla hasta que Libia se exasperó:
─¿Oyes algo de lo que te digo? ─Y después, dudando de si hacía lo correcto, pronunció─: ¿Halcón?
Él levantó la cabeza.
─¿Te compromete a ti? ─le preguntó tomándose la libertad de hablarle de tú . Libia no comprendía. Halcón se explicó mejor─: Si descubre que no le cuentas la verdad, ¿te castigará de algún modo?
Libia continuó masajeando la espalda del heredero con las manos temblorosas y una incómoda sensación de miedo aferrada a la boca del estómago. No quería ni pensar en las represalias si Nabor descubría que lo estaba engañando. Halcón respondió por ella:
─Eso es que sí... El Patriarca te da miedo.
─¿Y a quién no?
El nawal sonrió con nostalgia y añadió:
─Attaegina… Attaegina no le tiene miedo.
─Attaegina es una descarada.
Con un movimiento ágil y repentino, Halcón giró sobre sí mismo y se incorporó, deteniendo en el aire la mano con que Libia le iba a aplicar otro poco de ungüento.
La suma sacerdotisa, al notar la fuerza de sus dedos sujetándole la muñeca, se arrepintió por un momento de haber echado a Abdur de allí.
¿Y si el Heredero se convertía en diablo en ese instante y la asesinaba?
─No toleraré que hables así de ella ─le advirtió Halcón en tono sereno─. Me da igual quién seas o a quién representes.
La soltó despacio, mirándola fijamente. Incluso enfadado, seguía resultando apuesto. Libia tenía la respiración agitada y un hormigueo en las piernas la hizo tambalearse. Entonces, Halcón se levantó de la cama y avanzó hacia la puerta caminando con dificultad.
─¿A dónde vas, insensato? ─le preguntó Libia desconcertada por completo.
─A ver a Nabor. No quiero que tengas problemas por mi culpa.
Libia corrió a detenerlo.
─¡Vuelve ahora mismo a la cama! ¿No te ves? Si apenas puedes caminar.
Lo tomó por un brazo y Halcón, sin oponer resistencia, la siguió y volvió a acostarse. Aún le dolía todo el cuerpo.
─Le pediré a Abdur que avise al Patriarca ─anunció ella. Luego, dudó un momento de lo que iba a decir, pero no se contuvo─: Y no te pongas desafiante o te volverá a azotar.
Pero, ¿por qué se preocupaba por aquel nawal del bando enemigo?
Quizás le había despertado compasión ver sus heridas, saber de qué manera tan salvaje Nabor lo había maltratado.
«Sí, es eso», se dijo Libia tratando de convencerse.
Sin embargo, en su interior acababa de germinar un sentimiento hasta entonces desconocido para una sacerdotisa.
Y el mero hecho de oír el nombre de Attaegina en los labios de Halcón la removía como las marejadas cuando sacan a flote la inmundicia de las profundidades. ¿Serían celos?