CAPÍTULO 8
Cuando a Raira le bajó la fiebre, faltaba un par de horas para que amaneciera. Attaegina y Elkerael habían velado junto a su cama, cabeceando de tanto en tanto, y al verla descansar apaciblemente después de una lucha contra el dolor y la angustia, al fin pudieron dormir un poco.
Attaegina estaba despierta cuando Elkerael se levantó a calentar leche y té. El viejo maestro le sirvió un pocillo y se sentó junto a ella mientras el alba despuntaba sobre los horizontes de arena del Sari.
─Querida, no puedo acompañaros a Pira ─resolvió como si le hubiera costado mucho tomar esa decisión y, todavía más, contársela a ella. Atti sorbió un poco de leche, pero no se sorprendió.
─Lo suponía. Raira no se encuentra bien. Va a necesitar tus cuidados y tu compañía. Tranquilo: no me perdonaría que le sucediera algo malo a la madre de Halcón.
─De hecho, está bastante grave. La muerte todavía la acecha. Además, no podemos dejar a los torug sin un nawal en estos días. Recuerda que una joven acaba de dar a luz. Es posible que puedan necesitarme.
─No te preocupes por nosotros, Elkerael. Tan solo tenemos que llegar a Pira y encontrar ese espejo del que nos habéis hablado.
─Raira cree que el rey Orfias se mostrará cooperativo en cuanto le cuentes quién eres y le digas que luchas contra Nabor. Al fin y al cabo, Pira y Alandum son enemigos desde hace décadas.
─Así se hará entonces.
Cuando Attaegina terminó su modesto desayuno salió de la tienda para respirar el aire fresco del amanecer. Pensaba en las palabras de Raira, en el Espejo de Obsidiana. Pero sobre todo pensaba en ese raro sueño que había tenido: había sido tan lúcido, tan real…
─¿Eres tú la esposa de Halcón? ─le preguntó una joven sentada sobre la arena.
Tenía un marcado acento sureño y en su regazo sostenía a un niño de apenas dos días de vida.
Attaegina se quedó mirándola, sorprendida por su pregunta, tan directa, y comprendió que era la joven madre a la que había ayudado Raira.
─Futura esposa, más bien ─respondió titubeando.
La joven la examinó de arriba abajo. Tenía la tez tostada, los ojos negros y era bellísima.
En ese instante, se sacó un pecho y empezó a amamantar a su bebé, que por instinto se agarró al pezón materno en cuanto lo notó cerca de su boquita. Attaegina se enterneció.
─Me llamo Aradia y conozco a Halcón desde siempre. Nos criamos juntos, como quien dice. Pero no me esperaba que fuera a casarse.
Atti pudo percibir en su tono un ligero reproche, como si Aradia sintiera celos de ella. La joven le sonrió:
─Considérate afortunada. En verdad debes de ser muy especial para que te lo haya pedido.
─Gracias ─dijo Attaegina sin saber muy bien qué responder.
─Anda, acércame el arrullo para el niño, ¿quieres?
Cuando Atti arropó al bebé, al verlo más de cerca no pudo evitar sonreír. Se acordaba del nacimiento de cada uno de sus hermanos pequeños excepto de Creta, claro, por la poca edad que se llevaban. Aradia la miró y le preguntó:
─¿Quieres cogerlo?
─¿Yo?
La joven insistió y le puso al bebé en los brazos.
Entonces Attaegina se sintió invadida de una paz que se había perdido en tiempos muy lejanos de su vida, en los rincones más dulces de su casa, cuando su madre aún vivía y Bérika era todo su mundo…
Y por un momento se imaginó a sí misma arropando al hijo de Halcón.
Al hijo que, quizás, jamás podría darle…
─Siempre estuve enamorada de él ─contó Aradia.
Attaegina no supo cómo tomárselo─. De Halcón, sí.
Hace años me habría encantado casarme con él.
Lo habría dejado todo solo con que me lo hubiera pedido.
Pero a Halcón no le interesábamos. No, ninguna.
Así que, quédate tranquila. Creo que eres la primera mujer a la que ha amado. Y conociéndolo, serás la única.
Attaegina recordó que Halcón le había dicho eso mismo en la intimidad, y la tristeza la sacudió como una bofetada al recordar todo lo que vivieron en el oasis. En ese instante el bebé comenzó a estar incómodo en sus brazos, así que se lo devolvió a su madre con sumo cuidado.
─Es un niño precioso.
─Se parece mucho a su padre ─explicó Aradia colocándose al bebé en el otro pecho─. Yo amo a mi esposo. No vayas a pensar mal. Pero Halcón fue muy importante para mí. ¿Él está bien?
Atti negó con la cabeza conteniendo una lágrima. Y el semblante de Aradia cambió de pronto. Ya no bromeaba.
─¿Qué le ha pasado? ─preguntó─. ¿Es por eso que no ha venido contigo?
─El Patriarca lo ha hecho su esclavo. Pero voy a ir a sacarlo de allí. Solo necesitaba saber cómo.
─¿Y ya lo sabes? ¿Te lo ha dicho Raira?
Attaegina asintió y Aradia pareció relajarse al saber que aquella joven caliza se iba a ocupar de todo. Era un tremendo acto de fe.
─Entonces, quizás el afortunado sea Halcón por tener a una mujer a su lado dispuesta a morir por él. No me extraña que se haya enamorado de ti. Eres una mujer fuerte.
Attaegina se arrodilló sobre el niño y lo besó en la cabeza.
Después, trazó sobre su piel el símbolo de protección con el que siempre bendecía a sus hermanos: el símbolo del Primer Ángel.
Luego se marchó a la tienda de huéspedes.
Tenía que preparar su equipaje pues, a más tardar, partirían rumbo a Pira de madrugada.