CAPÍTULO 7
─ Attaegina ─ susurró Elkerael dándole un golpecito suave en el hombro ─ , despierta, querida.
Atti se incorporó de inmediato. Se sentía aturdida y había tenido un sueño extraño. Solo recordaba haber estado en los brazos de Halcón. Había sido tan real que durante unos segundos creía haber olido su piel.
Era de noche. Todo el campamento torug dormía. También Creta, Lorick y Nilo descansaban apaciblemente a su alrededor, en la tienda de huéspedes. El cielo estaba muy oscuro esa noche y solo la luz casi extinta de una hoguera en el exterior le permitió distinguir la enjuta figura del viejo nawal .
─ ¿Qué pasa? ─ le preguntó desconcertada.
─ Raira quiere verte.
─ ¿A estas horas?
─ Está muy enferma. Te necesita.
Attaegina venció la pereza de un plumazo al escuchar al maestro y se levantó de golpe.
Se peinó un poco con los dedos y salió de la tienda siguiendo a Elkerael.
Los dos, en silencio absoluto, cruzaron el campamento caminando sobre la arena fría como dos fantasmas, con mucho cuidado de no despertar a nadie.
Por un lado se escuchaban ronquidos, por otro el llanto quejicoso de una criatura de pecho.
Atti supuso que sería el bebé que Raira había ayudado a venir al mundo la noche anterior.
─ ¿Qué le pasa? ─ insistió cuando llegaban a la tienda de la nawal de la tribu. Elkerael se detuvo antes de levantar con el brazo la cortina que hacía de entrada.
─ Tiene mucha fiebre y ha vomitado lo poco que cenó ─ anunció. Atti se quedó pensativa y solo pudo asentir:
─ Entiendo.
Después, ambos entraron en la casa de Raira. Cuando Atti puso un pie sobre la alfombra, creyó viajar muy atrás en el tiempo, justo al momento en que Halcón, con apenas cinco años, se retorcía y gimoteaba en la cama, pidiendo perdón no sabiendo por qué ni a quién…
─ Attaegina ─ murmuró Raira intentando sonreír ─ , gracias.
Cuando Atti vio a Raira tan vulnerable, dejó a un lado todo su rencor, las rencillas personales, la rabia contra esa mujer a la que había juzgado como mala madre.
Y arrepentida por su dureza, se arrodilló junto a ella en actitud servicial y le puso un paño frío en la frente.
Luego, otros dos en la cara interna de los brazos.
Ante todo, siempre que hubiera alguien enfermo, se sentía en la sacra obligación de cuidarlo.
─Perdóname ─dijo, muy sobria─. Mi comportamiento contigo ha sido indigno de una nawal. Aún más indigno de un ángel… Eso si Elkerael no se equivoca y resulta que sí soy el Primer Ángel de las leyendas, algo que yo todavía no me creo.
Raira la miró con amabilidad.
─Indigno o no, tu comportamiento es propio de una joven enamorada... No esperaba menos de la mujer a la que Halcón eligiera: ahora sé lo mucho que amas a mi hijo, puedo sentirlo en tu aliento, puedo verlo en tu mirada, y eso es lo único que puede darme consuelo en momentos como este.
Dos amargas lágrimas se mezclaron con su sudor. Entonces Atti le sujetó la mano... y la notó extrañamente fría a pesar de las fiebres. En esos momentos miró a Elkerael. Pero el viejo maestro no le devolvió una expresión esperanzadora ni la tranquilizó con un gesto. ¿Se moría Raira?
─Raira, escúchame, ¡Raira! ─insistió.
─Desde hace veintidós años he vivido dando la espalda a mis traumas ─explicó la nawal ─. Hoy, al conocerte, me he dado cuenta de que durante todo este tiempo he sido una cobarde...
─¿Cobarde? ¿Cómo puedes decir eso? Sacaste adelante a Halcón tú sola, en medio del desierto, después de todo cuanto sufriste. Después de lo que te hizo ese diablo de Nabor...
─Agradezco tus palabras, pero he intentado olvidarme de mis tragedias, he escapado de mis demonios personales sin darme cuenta de que me han seguido persiguiendo como chacales oliendo la sangre de una presa herida.
Pero hoy, conocer la muerte de Casio y saber que en Halcón se ha cumplido la peor de las profecías...
Ah, Cielo y Tierra... Todo ese veneno contenido se ha esparcido por mi sangre, como si el escorpión de la muerte me hubiese clavado su aguijón tras años y años ignorando su presencia.
─Halcón me contó que hay quienes sobreviven a la picadura del escorpión ─afirmó Atti con total convencimiento─. Y cuando lo consiguen, viven con mucha más fuerza. Y también con más alegría.
Raira entreabrió los ojos para mirarla. Por un instante sintió que una parte de su hijo moraba en esa joven de las cordilleras y posiblemente eso le dio ánimos. Entonces recuperó algo de su entereza. Attaegina prosiguió:
─Sacaré a Halcón de los infiernos y tú vivirás para verlo. Pero si te marchas ahora, no podrás asistir al final de esa pesadilla que te atormenta desde hace años. Porque solo es una pesadilla, no es real, ni Halcón es un diablo.
Raira la observaba con mucha atención. Habría dado lo que fuera por poder creer a Atti, pero hacía años que su fe se tambaleaba, y la noticia de que el Ángel de la Codicia había despertado en su único hijo había sido un golpe mortal.
─Escúchame, Raira, te oí decir que Casio tenía los ojos dorados, como la miel.
Halcón ha heredado los ojos de su padre.
Y no, ¡no me digas que no era Casio! Para Halcón sí lo era.
Aun no sabiendo nada de él, ni tan siquiera su nombre, Halcón sentía que su padre era un hombre bueno y sabio que le enviaba mariposas azules.
Su alma lo sabía. Y el alma nunca se equivoca.
─Querida ─intervino Elkerael─, no quiero ser pájaro de mal agüero, pero no debemos olvidar que Halcón es hijo de quien es. Tú misma lo viste convertirse en...
─Tal vez ─lo interrumpió Raira─, tal vez yo amaba tanto a Casio y deseaba con tanto fervor que fuera el verdadero padre de Halcón que, de tanto pensarlo, obré un extraño milagro en él y por eso se parecían tanto. No sé, misterios del Cosmos, supongo... Las mujeres somos como recipientes, ¿sabes?
Por primera vez desde que había conocido a Raira, Attaegina notó que su anfitriona se colocaba por fin en el lugar que le correspondía: en el de una nawal adulta, en el de una madre, en el de una suegra. Y entonces se abrió a escuchar lo que tuviera que enseñarle. Raira continuó:
─Nuestra matriz es un cuenco, y todo lo que se vierte en ella nos condiciona de alguna manera.
En nuestro útero se guardan memorias, tanto nuestras como de los hijos que gestamos.
Pero también de los hombres que nos visitan, para bien y para mal.
Supongo que la mies de Casio, a pesar de no haber arraigado aunque también vertida, regaló a Halcón esos ojos.
En cambio, la semilla maldita de Nabor me secó de por vida.
─No digas eso ─la corrigió Atti─, o le darás poder.
Casio pasó toda su vida enviándote mensajes para que supieras lo mucho que os amaba.
Por lo que me ha contado mi hermana, que conoció a su discípulo, Casio jamás volvió a enamorarse.
Te esperó hasta el final. ¿Acaso no queda nada de su valentía en ti?
Raira suspiró al recordar al amor de su vida. Luego, respondió:
─Attaegina, yo también quiero preguntarte, ¿recibiste a mi hijo en sacra unión?
Esta vez fue Atti quien sintió que la había pillado completamente desprevenida.
Entonces, se acordó de su primera vez con Halcón, solos en medio del oasis.
Recordó el aroma de la mirra envolviéndolos en un aura de dulce intimidad, la luz naranja del interior de la tienda, la piel ardiente de su mentor, esa piel hermosa del color del azúcar de caña.
Cuánto la amó, cuántos besos derramó sobre su cuello, cuántas veces le prometió que iría con ella al fin del mundo...
y se le escapó una lágrima más amarga que el cianuro.
Raira lo comprendió y le apretó una mano con cariño.
─Entonces ─dijo─ Halcón ya es una parte de ti y tú de él. Y lo que mora de él en ti, sin duda, te guiará incluso por los caminos más oscuros.
Raira se incorporó en su lecho y Attaegina, dejando aflorar su pena y su desconsuelo por primera vez en semanas, se dejó abrazar por aquella madre que el Cosmos le enviaba en ese instante de necesidad.
Apoyó la cabeza sobre el pecho de la nawal y lloró en silencio mientras aquella le acariciaba el cabello.
─Attaegina ─le dijo. Atti, separándose de ella lentamente y enjugándose los ojos con la manga, preguntó:
─¿Qué?
─Esta noche me has devuelto la fe y las ganas de seguir viviendo.
Luego señaló un cesto de rafia y le indicó que lo abriera. Atti extrajo de allí una capa bordada en azul y ocre, de un tacto maravilloso, una prenda digna de alguien de alta cuna.
─Me la regaló mi padre el último día que estuve con él ─le explicó Raira─. Era suya. La tejió él y la bordó mi madre. Ahora te pertenece.
─No, no puedo aceptarla... ¡Es demasiado valiosa!
Raira insistió.
─Vamos, no vayas a rechazar un regalo de tu suegra ─dijo guiñándole un ojo. Le recordó tanto a Halcón en ese gesto…
Cuando Atti se colocó la capa por encima de los hombros sintió un abrazo reconfortante, una protección invisible.
─ Llévala contigo, Attaegina. Creo que te dará suerte.