El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Crónicas de Antigua Pangea

La tierra se aproximaba vertiginosamente mientras se terminaba una caída sin remedio al vacío. Eran dos figuras precipitándose desde el cielo, quizás dos estrellas fugaces cuyo destino era impactar contra las montañas de un mundo aún virgen.

─¡Voy a morir! ─gritaba una de ellas, la que parecía un varón─. ¡Me caigo! ¡Voy a morir!

─¡Abre las alas! ¡Abre las alas, Keriel!

─¿Qué alas? ¡No sé qué dices!

Por aquel entonces, Keriel tenía dos alas de pluma blanca pegadas a la espalda, pero jamás las había utilizado. Nunca las había necesitado porque en la nación de las estrellas no era necesario volar.

─¡Voy a morir, Altair!

Cuando apenas quedaban unos metros por debajo de sus cuerpos Altair lo sujetó en el aire y, puesto que ella sí había abierto sus alas de ángel, no siguieron cayendo.

Se quedaron flotando los dos, fundidos en un abrazo capaz de desafiar la gravedad, la soledad de un nuevo mundo sin habitar, la oscuridad de las tinieblas.

Un abrazo eterno en el que sus cuerpos encajaban perfectamente, como dos piezas exactas, gemelas pero opuestas.

─Altair, no me sueltes nunca… ─susurró Keriel. Todavía estaba asustado.

─Jamás. Lo sabes. Iré siempre contigo.

Lentamente, Altair descendió sin soltarlo, con las alas abiertas pero rígidas, planeando con suavidad. Solo cuando sus pies tocaron la tierra, Keriel se separó de ella, despacio, temiendo volver a caer.

─Así que, ¿esto es lo que se llama Pangea? ─preguntó.

─Sí… El Cosmos nos habló de este sitio, ¿recuerdas?

─Pero no hay luz. Este lugar es oscuro y tenebroso.

─Ven, acércate.

Altair abrazó de nuevo a Keriel. En ese momento, los dos juntos irradiaron una hermosa luz que se proyectó en la negrura de la noche eterna pareciendo que eran un sol caído del cielo. Y esa luz era azul índigo, pero también naranja.

─No me gusta Pangea ─susurró Keriel sin dejar de abrazarla─, quiero volver a casa.

Altair murmuró junto a su oído:

─Abrázame. Quédate a mi lado y abrázame.

El viento agitó las hojas de un gran árbol que crecía muy cerca del lugar en donde habían aterrizado.

Apenas se veía en la oscuridad, pero su presencia les pareció tan reconfortante que se refugiaron en sus raíces, abrazados, cubriéndose el uno al otro con sus alas de ángel, esperando que llegara la luz.