CAPÍTULO 5
Halcón ocupaba la mejor cámara de palacio solo por detrás de la de Nabor.
De hecho, era la cámara de la que Ibis habría disfrutado si hubiera llegado a escalar al puesto de Matriarca.
Disponía incluso de un jardín privado donde cuatro higueras centenarias crecían en torno a una fuente circular que manaba incansablemente.
Era un espacio de ensueño, sin duda un pequeño paraíso en medio del mundanal ruido de Teff.
Pero ni siquiera la capital del Imperio era indiferente a la caricia sin vida de los vientos de finales del otoño: las ramas peladas, los frutos no recogidos a tiempo esparcidos sobre la tierra, abiertos y picoteados, la hojarasca acumulándose sobre las baldosas, los rosales retraídos…
Incluso se habían marchado las aves que no acostumbraban a migrar, como si intuyeran que el invierno próximo fuera a ser especialmente amargo.
Y es que la siniestra cicatriz en medio del cielo no pasaba por alto a nadie, ni siquiera en los bellos parajes de Teff.
Se sentía como una amenaza latente, como la promesa de que el mundo, tarde o temprano, se iba a partir en dos.
Cada día, cuando entraba en la cámara de Halcón, lo primero que Libia hacía era abrir una ventana para ventilar la sala y prender resina de copal sobre un quemador de cobre.
Después examinaba el cuerpo del heredero, cubierto todavía de cicatrices y moratones, y si notaba que había empeorado, entonces llamaba a los médicos.
Jamás entraba sola allí. No se atrevía. De hecho, los primeros días solicitaba la presencia de varios hombres de armas mientras hacía guardia durante horas frente a la cama de Halcón, que todavía no se había despertado desde la noche en que el Ángel de la Codicia tomó forma en el recipiente de su cuerpo.
Y es que, tras haber presenciado el modo en que ese diablo había asesinado a dos docenas de centinelas durante la noche del ritual, a Libia le aterraba imaginarse sola ante esa criatura del infierno cuando abriera los ojos por fin, por muy humano que pareciese su aspecto ahora mientras se recuperaba.
Sin embargo habían pasado ya diez días, una espera que a Nabor comenzaba a hacérsele interminable, y su hijo continuaba dormido con la espalda sembrada de cicatrices, desgarros y heridas infectadas que seguían supurando sangre sucia y pus a pesar de los muchos cuidados que recibía.
─El Patriarca se impacienta ─le dijo Abdur a Libia aquella mañana, nada más llegar.
Era su soldado de mayor confianza, nativo de Teff, hijo de esclavos liberados que habían prosperado.
También era joven y tan osado como para dirigirse a la suma sacerdotisa sin permiso.
Y, dicho sea de paso, lo bastante atrevido como para mirarla directamente a los ojos.
Libia supuso que tendría que reprenderlo, pues su estatus quedaba muy por encima del de cualquier centinela: vestida con una túnica tostada y enjoyada de la cabeza a los pies, como antaño fueran Ibis o Sekmis, su imagen cobraba un aspecto imponente.
Sin embargo, nada le habría resultado más forzado que regañar a Abdur, pues ambos tenían la misma edad y, a decir verdad, el hecho de pasar tantas horas juntos cada día, aunque fuera casi en absoluto silencio, comenzaba a despertar entre ambos cierta relación de familiaridad, como si fueran amigos.
Libia jamás había tenido por amigo a un varón.
─Yo no tengo la culpa ─replicó con altivez─, que no lo hubiese azotado tan salvajemente.
De pronto se descubrió opinando sobre el Patriarca. Y eso se castigaba… Abdur le sonrió. Su blanca sonrisa relucía sobre su piel oscura, la más negra que Libia hubiera visto jamás.
─Tranquila ─respondió─, que no diré nada.
─Es que no hay nada que decir ─le espetó ella con mordacidad. Pero Abdur volvió a sonreírle. Por mucho que se esforzara, él no veía ya a la suma sacerdotisa, sino a una mujer asustada y muy joven con una carga demasiado grande. Por desgracia, él sentía algo parecido.
─¿Por qué tienes que quemar eso? ─le preguntó Abdur sin tener en cuenta el carácter áspero de Libia─. Huele mal.
Ella lo miró con condescencia mientras avivaba las brasas. ¿Qué sabría un soldado raso sobre alquimia y plantas medicinales?
─El copal limpia el aire, lo purifica ─explicó─. Es bueno para Halcón. Quiero decir… ─Había vuelto a meter la pata delante de Abdur─. Para Keriel.
─¿Tan importante es su nombre? ─opinó aquel desde su completa ignorancia. Libia asintió con la cabeza recuperando la arrogancia que, consideraba, debía transmitir por ser quien era. El centinela resopló─: Qué tontería…
─¡No es una tontería! Cada cosa ha de llamarse por su nombre. Y una suma sacerdotisa habla con propiedad.
Abdur se encogió de hombros.
─¿Halcón? ¿Keriel? ─dijo sin comprender la trascendencia de ese hecho─. En fin, será como gustes. Y tranquila, que de eso tampoco diré nada. Soy una tumba.
Libia trataba de ignorarlo mientras continuaba empeñada en las brasas. Pero aquella mañana el carbón se notaba mustio, como si se hubiera humedecido. Desprendía un humo blanco y molesto y después se apagaba.
─Necesito carbón nuevo ─anunció con frialdad─. Pídeles a las siervas que lo traigan.
Abdur pareció no entenderla.
─¡Vamos! ─insistió Libia.
─¿Te vas a quedar aquí sola? ¿Con él?
Libia miró hacia la cama, esa inmensa cama cubierta de sábanas de seda manchadas de sangre reseca, y luego se fijó en Halcón, que seguía durmiendo boca abajo, casi desnudo, en una postura de lo más tosca.
Por un instante sintió escalofríos de pensar qué haría si se despertaba en ausencia de Abdur.
Sin embargo, eso le parecía tan improbable como que el centinela fuera capaz de comprender una sola de las enseñanzas sagradas.
─Ve. Rápido ─le ordenó decidida─. Apresúrate.
Y el soldado, que en el fondo enloquecía por complacer cada deseo u orden de la suma sacerdotisa, no protestó ni puso excusas.
Cuando Libia se quedó completamente a solas con Halcón tuvo miedo, pero intentó distraerse mientras buscaba el copal en un mueble. No lo encontró ese día. En cambio, sus dedos palparon un saquito de rafia lleno de mirra en gránulos.
Por un instante se quedó pensativa, como guiada por la intuición.
Luego desechó la idea y siguió buscando el copal cuando el saquito de mirra saltó de la estantería en que se encontraba.
Supo entonces que aquella mañana tenía que cambiar uno por otro y, cuando trató de prender de nuevo los carbones, estos reaccionaron al fuego como semillas a la lluvia de primavera, tornándose rojos al momento, incandescentes, y recuperando el vigor de sus mejores tiempos.
Cuando los dedos de Libia esparcieron la mirra por encima, se levantó una cálida brisa dulce como las tardes del estío entre los cañaverales de la playa.
Y la suma sacerdotisa notó un cambio radical en el ambiente, en el olor del aire, y hasta el silencio vacío y hueco del jardín recuperó por un instante el canto de las aves y el rumor tranquilizante de las aguas de la fuente.
En ese momento, Halcón murmuró algo que Libia no comprendió y se revolvió en la cama. «¡Cielo y tierra! ¿Por qué tardas tanto, Abdur?», se dijo aterrada mientras acudía junto al Heredero.
Le caía sudor frío por la nuca y sus manos temblaban justo cuando Halcón abrió los ojos.
Pero Libia, lejos de sentir que se hallaba ante la alimaña más peligrosa del mundo, fue abordada por una compasión que casi le causó dolor.
Y en un raudo cruce de miradas pudo sentir todo el sufrimiento de Halcón, tanto el de su cuerpo y sus heridas como el de su corazón roto en pedazos.
─Attaegina… ─rumió el nawal . Su rostro había recuperado la forma humana y solo las heridas recordaban que en una ocasión había sido un diablo.
─Tranquilo ─titubeó Libia─, estás en casa, Keriel.
Incluso ella notó que esa palabra no fluía por sus labios de forma natural.
─No respondo a ese nombre ─susurró Halcón. Pero no movió ni un dedo, casi ni podía abrir la boca para hablar. No se incorporó ni pidió comida o bebida.
Justo entonces la voz de Nabor se escuchó llegando desde el vestíbulo de la cámara.
El Patriarca maldecía su suerte mientras un muy amedrentado Abdur caminaba rígido y en silencio, rogando por no recibir ningún castigo.
Libia se puso nerviosa, seguía sin gustarle estar en presencia de Nabor.
Y por otro lado, los ojos de Halcón la habían atrapado. Como un ave rapaz atrapa a su presa.
─No le cuentes que me he despertado ─masculló dejando caer nuevamente la cabeza sobre la almohada─. Por favor, no se lo cuentes…
Y cerró los párpados dispuesto a seguir durmiendo, exhausto, más muerto que vivo.
Cuando Nabor entró en el dormitorio, Libia se levantó de inmediato temiendo haber hecho algo malo.
Confundida por la mirada del Heredero, compadecida por su dolor, asombrada por su amabilidad y, por qué no confesarlo, atraída por su físico masculino, no pudo sino mentir por primera vez al Patriarca.
─Sigue dormido, señor ─anunció convencida. ¿Se había dado cuenta Abdur de que mentía? ¿Y Nabor?
El Patriarca, cojeando y con el rostro cubierto por su máscara de oro, no podía ocultar ya su deterioro, la vejez que delataba en él la avanzada edad. Ya en nada se parecía al joven líder con cuerpo de dios que había cautivado a mujeres de cada época. Pero ese tema era tabú entre sus subordinados.
─Pues empieza a pensar en cómo vas a despertarlo ─sentenció mirando a Libia con su único ojo sano─. Alandum lo necesita.