CAPÍTULO 4
Todos se mantuvieron en silencio, expectantes, aguardando las palabras de Raira. Aquella mujer era una caja de secretos por lo visto, ¿cuántas cosas más sabría sobre el destino de Halcón?
─Lo que sea para salvar a tu hijo, dímelo y lo haré ─insistió Attaegina─. Aunque me cueste morir.
Raira se sobrecogió al oír sus palabras. Luego, ella y Elkerael cruzaron una breve mirada y, a continuación, el maestro tomó la palabra:
─La gente cree que no quedó nada de la Antigua Pangea tras su destrucción, que el mundo se sumergió bajo las aguas del mar y que solo unos pocos se salvaron a bordo de tres naves…
Sin embargo, lo que casi nadie sabe es que, mucho después de la Lluvia Larga, tres reliquias del viejo mundo sobrevivieron a la hecatombe.
Y esas reliquias, creo, podrían ser la clave para reparar el daño, sanar la herida y remitir el avance de la oscuridad.
Atti y los demás no cabían en sí de asombro. Pero, ¿a qué reliquias se refería? Y, ¿dónde podrían encontrarlas? Elkerael prosiguió:
─Las gemas. Todos los que estáis aquí las conocéis. Muéstranosla, querida.
Attaegina extrajo aquella que en un momento había pertenecido a Halcón.
Y lo hizo con poco entusiasmo, casi con amargura.
Lorick, Nilo y Creta habían visto ese cristal iluminarse en otros tiempos.
Ahora no parecía más que un pedazo de cuarzo muerto, inerte.
Hasta se sentía más pesado y tosco que antes.
Atti depositó la gema sobre la alfombra, a la vista de todos, y se acordó de su luz con una tristeza que le corroía las entrañas. Entonces, Elkerael la alcanzó con los dedos y la miró de cerca. Luego explicó:
─Cuando un ángel de Antigua Pangea moría, su corazón se convertía en un cristal que albergaba toda su memoria vivida, como si fuera un recipiente.
─¿Cómo? ─se extrañó Creta─. Maestro, esas gemas… ¿son los corazones de Attaegina y de Halcón?
Elkerael asintió:
─Exacto. O mejor dicho, son los corazones de los ángeles que fueron.
Hace muchos años, mucho antes de que ninguno de vosotros naciera, encontré las dos gemas en medio del Desierto de Sari, juntas.
Era de noche y desprendían tanta luz que parecían formar una hoguera azul y naranja que se proyectaba en la luna y en las estrellas, y supe sin duda que se trataba de ellos dos: el Primer Ángel y el Rey de los Diablos.
Todo el mundo daba por perdidas desde hacía siglos las gemas que dejaron al morir.
Entendí que mi misión era guardarlas en secreto y protegerlas hasta que sus dueños legítimos volvieran a nacer en este mundo nuevo, momento en el cual yo debería entregárselas, como un simple emisario.
Y así fue, Attaegina: Halcón y tú, siendo niños, las recibisteis de mis propias manos. ¿Te acuerdas?
Attaegina se perdió en los recuerdos de infancia.
Se acordó de las muchas veces que se escondía sin que los otros pudieran encontrarla.
Comprendía ahora, siendo adulta, que sin saberlo utilizaba sus dones de ángel para hacerse invisible.
Pero Elkerael sí la vio, claro: aquella tarde jugaba al escondite como de costumbre.
Ella estaba en el altozano y el viejo nawal , no por casualidad, se dirigía hacia Caliza.
─Maestro ─respondió Attaegina tras agotar mentalmente todas las posibilidades─, todo el mundo sabe lo que sucedió antes de que cayera la Antigua Pangea. ¿De qué nos sirve revisar las memorias de un hecho que ya conocemos? ¿Qué cambiará eso?
─En ocasiones, ha de recordarse la historia para no volver a repetirla ─propuso de pronto Lorick rompiendo su silencio. Y miró a Attaegina con la solemnidad que lo caracterizaba─. Es una segunda oportunidad. Halcón y tú podéis cambiar vuestro destino. Siempre se puede cambiar el destino, Atti.
La sabiduría de las palabras de Lorick caló profundamente en ella. En todos. Attaegina siempre había estado de acuerdo con esa afirmación, con que nada estaba escrito. Aunque reescribir la historia de Nueva Pangea se presentaba como un desafío casi imposible.
─Dicen que eras la chica oráculo de tu tierra, Attaegina ─le dijo Raira─, ¿cómo sabes que lo que recibías eran premoniciones y no recuerdos? ¿No recordabas a Halcón?
Atti se estremeció al pensar en la primera vez que vio el rostro de Halcón, cuando se retiró el turbante en el altozano y el primer rayo de sol del día lo iluminó.
─La primera vez que me econtré con Halcón, mi cuerpo, mi alma y mi corazón lo reconocieron… Pero ya está. No tengo más recuerdos.
─Entonces, es imprescindible que recuperes la memoria guardada en la gema.
─Pero, ¿cómo? ─intervino Nilo─. ¿Cómo se hace? ¿Es como leer un oráculo? Yo conozco los arcanos, tal vez podría…
─No tiene nada que ver con los arcanos, muchacho ─respondió Raira─. Esas técnicas no os servirán. Nadie puede desentrañar los mensajes que hay guardados en las gemas. Son herméticas.
─¿Qué opción nos queda? ─preguntó Attaegina empezando a impacientarse.
─La tercera reliquia: el Espejo de Obsidiana.
Nadie en Caliza había hablado jamás de eso. Ni siquiera Nilo se lo había escuchado a Pantera, quien conocía gran parte de la sabiduría prohibida del Templo del Laurel. Elkerael se aclaró la garganta con un poco de agua y continuó:
─Junto a las dos gemas, el Espejo de Obsidiana es la tercera reliquia de la Antigua Pangea que se recuperó.
Se trata de un espejo tallado en piedra negra, tan reluciente que refleja con nitidez todo cuanto hay a su alrededor.
Pero esa no es su función, como podréis imaginaros: el Espejo de Obsidiana era usado en tiempos de los ángeles como único oráculo del mundo.
Ahora bien, no podía ser utilizado para banalidades ni para ayudar a nadie a engrandecerse.
Por ese motivo, era custodiado día y noche por los ángeles guardianes asignados y solo podía consultarse para garantizar el equilibrio de la comunidad.
─Y ese espejo, ¿cómo puede ayudarnos, maestro? ─preguntó Attaegina sin perder detalle de su relato.
─Creo que si te acercas a él con la gema, el Espejo de Obsidiana reaccionará de algún modo. Algo te mostrará, estoy seguro.
Atti asintió con la cabeza asimilando poco a poco toda esa información, atando cabos y planeando sus siguientes movimientos.
─¿Dónde se encuentra el espejo? ─inquirió. En esta ocasión, fue Raira la que respondió:
─Hay quien cree que lo guardan en Pira, en secreto. Mi padre me lo contó hace mucho tiempo. Al parecer, el rey Orfias lo esconde en su palacio.
─Y, ¿lo utilizan? Es decir, ¿aún funciona? ¿Existe algún ser humano que sepa manejarlo? Ese espejo pertenecía a los ángeles.
Raira se encogió de hombros:
─Eso es un misterio. Mi padre pensaba que es gracias al espejo que los reyes de Pira han logrado resistir a la invasión del Patriarca durante generaciones. Pero yo nunca lo he visto. Me atrevo a decir que nadie.
Una vez más llegaban a un camino inconcluso. Podrían ir a Pira a buscar esa reliquia pero, ¿y si no estaba allí y todo era un falso rumor? En ese momento, Nilo extrajo sus arcanos y empezó a hacer una lectura. Era lo mismo que Pantera había hecho meses atrás para dar con el manuscrito de Calíope.
El joven se pasaba las imágenes de una mano a otra, absorto, concentradísimo, cuando de pronto escogió tres:
─El Carro, la Estrella y… La suma sacerdotisa.
Se quedó en silencio, pensativo, mientras los demás lo observaban a la espera de que tradujera aquel mensaje.
─En Pira se encuentra aquello que necesitamos ─aclaró─. Sin embargo, me temo que el rey Orfias se cuida muy bien de esconder sus cosas, incluso de adivinos como yo.
─Nilo, ¿qué significa eso? ─preguntó Creta.
El chico recogió los arcanos y resolvió:
─Que en Pira se guardan muchos secretos. Mantengamos los ojos bien abiertos.