El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Attaegina sintió que un dardo le atravesaba el pecho.

Un dardo envenenado. El mismo que Raira todavía no había logrado extraer de sus entrañas.

Se quedó rígida, como una estatua de sal, y solo el tacto de la mano de Creta la devolvió a la realidad mientras Lorick y Nilo la miraban compadecidos, pues ese golpe había sido, si cabe, aún más duro que ver a Halcón convertirse ante sus ojos en el Rey de los Diablos.

Raira se dio cuenta. Sabía lo doloroso que iba a resultar contar todo aquello y escarbar en ese pasado turbio que ojalá no hubiera existido jamás. Aun así continuó:

─Nabor sabía por sus adivinas que en esos días encontraría cerca de Virim a la mujer que, por destino, engendraría al Ángel de la Codicia con su semilla. Sin duda, no fui su única víctima.

─Eso explica que el Patriarca creyera por mucho tiempo que Minos, y no Halcón, era el elegido ─aportó Elkerael─, pues Minos también era uno de sus frutos. ¿Entiendes ahora, Attaegina, por qué teníamos esperanza? ¿Por qué teníamos fe en que el peor de nuestros temores no se cumpliera?

Atti solo asintió, en silencio, sin soltar la mano de Creta.

Incluso ella, durante su retiro en el desierto, había llegado sola a la verdad, pero había decidido engañarse a sí misma al igual que los otros.

Y lo había hecho porque albergaba una gota de esperanza, un resquicio de fe.

Fe en Halcón. Ahora comprendía el pesar que Elkerael había arrastrado durante tanto tiempo, el grave secreto que se había visto obligado a guardar...

─Cuando desperté al día siguiente me dolía todo el cuerpo ─prosiguió la nawal ─.

Estaba sola, desorientada, tirada en medio de una cañada.

Me sentía enferma, como si algo terrible hubiera germinado en mi interior.

Tuve esa sensación durante días mientras una oscura sospecha se gestaba en mí al tiempo que también lo hacía Halcón en mi vientre.

No recibí mi luna ese mes, y mientras me hacía a la idea, seguí vagando sola durante unas semanas más, topándome de vez en cuando con algún mercader y refugiándome entre selvas y palmerales cuando me sentía sin fuerzas.

No quería hablar con nadie, no quería confiarle a nadie lo que me había ocurrido.

Entonces dudé si regresar a Virim para contárselo a Casio… pero nunca tuve el valor.

─ ¿Por qué? ─ la interrumpió Atti ─ . Casio te amaba. Él no te habría reprochado nada ni te habría abandonado.

─Claro que no. Yo lo abandoné a él. Y lo hice por amor: no quería someterlo a la tortura de ocuparse del hijo de un diablo como si fuera propio.

─ ¿Hijo de un diablo? ¿Cómo puedes hablar de Halcón así? ─ rugió Attaegina ─ . ¡Diablo o no, es hijo tuyo!

Entonces Raira, intimidada por su reacción, se retractó de inmediato:

─¡Perdóname! ¡Yo no quería decir que…! ─ suspiró ─ .

Eso era solo lo que yo pensaba por aquel entonces.

Pero muy pronto empecé a amar a ese bebé, a pesar de todo, sin importarme su naturaleza.

Os lo juro. Yo tenía fe, Attaegina, tenía fe en que, fuera quien fuera aquel niño, sería educado en el camino del bien y brillaría como un sol.

Por eso llevé adelante mi embarazo, porque amaba a mi hijo incondicionalmente sin importarme quién fuera su padre, desafiando a su destino…

No te imaginas lo difícil que fue tomar tantas decisiones mientras caminaba sin rumbo tratando de sobrevivir.

Hasta que un día me crucé con la caravana de los torug , quienes al verme joven, sola, embarazada y desnutrida me acogieron sin preguntar nada, sin saber todavía que yo era nawal .

Y entonces envié señales a Elkerael. El maestro vino a mi encuentro tres semanas después.

Se lo conté todo y estuvimos deliberando sobre Halcón.

─ Y creí absolutamente necesario ocultar a Raira y a su hijo ─ intervino el anciano tratando de apaciguar la indignación de Attaegina ─.

Consideré que, si Nabor planeaba buscar a ese niño en un futuro, convenía hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.

Y la única manera, la más eficaz, fue hacer creer a todos que Raira y su hijo habían muerto durante el parto.

─Así que, ¿Casio nunca conoció a Halcón? ─preguntó Attaegina con un nudo en la garganta─. ¿No lo vio ni siquiera una vez?

Raira negó con la cabeza. Elkerael tomó la palabra por ella:

─Yo mismo me ocupé de llevarle a Casio las supuestas cenizas de su mujer y de su hijo. Fue lo más cauto. Aunque el Patriarca lo hubiese interrogado con los métodos de sus adivinas no habría descubierto nada sobre Halcón, ya que Casio creía firmemente que el niño había muerto de verdad.

─Eso es muy triste ─opinó Atti con el corazón en un puño─. Y, ¿de qué sirvió al final? Halcón se pasó la infancia añorando a su padre y la adolescencia buscándolo.

─¿Él te contó eso? ─le preguntó Raira con los ojos anegados en lágrimas. ¿Acaso no se lo imaginaba? Attaegina asintió y prosiguió:

─Sí, me lo contó. Él nunca te preguntaba por Casio porque te ponías triste. Ni siquiera le dijiste nunca cómo se llamaba su padre…

─Es que no era su pa…

─¡Para Halcón sí que lo era! Pero lloró en silencio su ausencia mientras cada día de su vida esperaba que Casio llegara al atardecer de un largo viaje, lo conociera y se sintiera orgulloso de su vástago. ¿Te enviaba él las mariposas azules?

Raira se enjugó las lágrimas con la manga.

─Sí… A Halcón le encantaban. Él creía que era un truco de magia, un juego. En realidad, Casio continuó enviándome señales durante años, supongo que para asegurarse de si verdaderamente yo estaba muerta. ─Su mirada se perdió en un pasado lejano y doloroso─. Jamás le respondí.

─Lo entiendo ─respondió Attaegina, consternada.

Después su tono cambió y se volvió más suave, menos severo─: Elkerael y tú hicisteis cuanto estuvo en vuestra mano, aunque no haya funcionado…

Sin embargo, sigo pensando que deberíais haberle contado a Halcón la verdad.

Y ya sé lo que me vas a decir, maestro: que era un secreto, que contener esa información podría haberlo salvado, que el silencio sagrado podría haber virado el rumbo de su destino.

En fin, supongo que es demasiado tarde ya…

Attaegina se cruzó de brazos. No había probado el té.

Se había pasado la vida buscando soluciones a los males de todos quienes estaban a su alrededor.

Siempre encontraba la manera de arreglar los entuertos ajenos.

Pero aquello era lo más difícil a lo que se había enfrentado.

Además, no contaban con el manuscrito de Calíope, así que no podían usar el contradecreto que revertiría la transformación de Halcón. Solo quedaba luchar contra él.

─Si la única solución para vencer al Ángel de la Codicia compromete la vida de Halcón ─afirmó Attaegina en tono decidido─, sabed que, en ese caso, yo misma renunciaré a vivir cuando todo haya terminado.

─¡Atti, no digas eso! ─respondió Creta de inmediato─. Nadie va a morir, ¿me oyes! ¡Nadie!

─¡Sé realista! ─la cortó Attaegina con dureza─. ¡Halcón es el Rey de los Diablos! ¡Y yo, el Primer Ángel! ¿Cómo pretendes que se resuelva? Dime, ¿cómo?

Creta bajó la cabeza, avergonzada. Aun así insistió:

─Acuérdate de cuando nos contabas la historia del Ángel de la Codicia, antes de dormir… Al final todo salía bien, nadie mataba a nadie…

Attaegina se enterneció al bucear en aquellos recuerdos de tiempos mejores, cuando narraba las viejas leyendas para conseguir que sus hermanos se fueran a la cama. Era obvio que Creta intentaba darle algún tipo de consuelo, pero ya no existía nada que fuera capaz de alentarla.

─Creta, eso solo era un cuento ─dijo─. Pero en el mundo real esto es una guerra entre la luz y la oscuridad.

La historia se repite. La muerte y la destrucción camparán a sus anchas, y Halcón y yo…

─Respiró profundamente, tensando los músculos para soportar el dolor que le producía aquella verdad tan cruda─.

Supongo que estamos condenados a destruirnos el uno al otro. Solo así la paz será devuelta al mundo.

Una sensación de abatimiento los envolvió a todos. Creta no habló más. Lorick permaneció frío, gélido. Nilo hundió la cara entre sus manos. En cambio, Raira se había quedado extrañamente pensativa. Miró a Elkerael, buscando su beneplácito, y propuso:

─Yo creo que aún se puede hacer algo. Attaegina, si has llegado hoy hasta mi casa es porque debes conocer más acerca de tu historia y la de Halcón.