CAPÍTULO 2
Raira terminó de servir una segunda ronda de té negro con hierbabuena.
No ofreció comida a sus visitantes, algo bastante insólito entre los nómadas, que tenían por costumbre embuchar a sus invitados hasta hacerlos reventar.
Pero en la tienda de la nawal no parecía haber mucho más que remedios caseros y hierbas medicinales.
Era una mujer muy delgada, de carne fibrosa, seguramente acostumbrada al ayuno, al silencio y, por lo que se veía, al dolor de una vieja herida que no solo no había cicatrizado, sino que ese día se volvió a abrir.
Cuando se sentó de nuevo ante la expresión expectante de sus invitados, especialmente de Attaegina, sin levantar la mirada del suelo comenzó:
─Antes de hacerme nawal yo era una joven de diecisiete años y estaba a punto de ser entregada en matrimonio a un próspero comerciante de Pira.
─¿De Pira? ─preguntó Atti extrañada─. Entonces, ¿naciste en el Sari o no?
Raira negó con la cabeza, pero continuó con los ojos clavados en la alfombra. Se adivinaba cuán intimidada estaba por la presencia de Attaegina siendo esta, sin embargo, mucho más joven que ella y más inexperta. Prosiguió:
─Nací en Pira. Es un reino antiguo al oeste del desierto que aún resiste como buenamente puede al régimen de Nabor.
En esos tiempos mi familia vendía telas preciosas, carísimas, del gusto de las damas más nobles.
Es por eso que mi padre viajaba a menudo a Virim, pues allí había afianzado buenos clientes.
Y un día, cuando faltaba muy poco para que se celebrara mi boda, decidí acompañarlo durante una de sus rutas: ese fue mi viaje iniciático. Un viaje de ida sin retorno.
La voz de Raira ganó algo de calidez, como una fragua que tarda en calentarse.
Entretanto, Attaegina analizaba cada uno de sus gestos faciales, el movimiento monótono y nervioso de sus dedos, quizás movida por una necesidad imperiosa de encontrar en ella un mínimo parecido con Halcón, pues así sentía que no lo había perdido para siempre.
─ Me quedaba un mes para casarme ─ prosiguió la anfitriona ─, aunque solo había visto a mi prometido en un par de ocasiones y apenas habíamos intercambiado, con suerte, una frase o dos.
Entonces sentí que el destino me brindaba una oportunidad, que el Cosmos conspiraba a mi favor para que no me conformase con una vida anodina que yo no había elegido.
Y justo unos días después, Elkerael se cruzó en nuestro camino cuando cruzábamos el Corazón del Desierto.
Raira intercambió un gesto cómplice con el viejo nawal .
Tal vez necesitaba asegurarse un apoyo seguro para continuar su relato, pues todavía ignoraba si las reacciones de sus invitados serían hostiles cuando revelara toda la verdad.
El anciano le guiñó un ojo y ella pareció armarse de fuerzas para seguir hablando:
─ En Pira se honra a los nawales . Se les tiene mucho respeto.
Mi padre no era una excepción, por supuesto.
Así que cuando vimos al maestro caminando solo al anochecer, le ofrecimos comida, bebida y un lugar junto a nuestro fuego.
Mi padre estaba cansado, se quedó dormido tan pronto que ni siquiera se terminó la cena.
En cambio yo, ávida de saber más, estaba fascinada porque jamás antes había hablado con un nawal .
Por aquel entonces era joven, intrépida y tenía muchas preguntas a las que Elkerael concedió muchas respuestas.
Así que, de pronto, la senda del espíritu se me presentó como un propósito divino, como la misión que mi alma había escogido incluso antes de que yo naciera.
Y esa misma noche le pedí al maestro que me iniciara.
─Y, ¿qué opinó tu padre? ─inquirió Creta, boquiabierta. La curiosidad les picó a todos. Y es que Raira no parecía una mujer corriente. Tampoco en esta ocasión alzó la cara para responder:
─Mi padre se apenó porque conocía la dureza de la vida de los nawales .
Sabía que su hija andaría sola y sin tribu por el mundo confiando en los designos del Cosmos como único medio de supervivencia, pero también se llenó de orgullo, pues mi decisión aportaría honor a mi familia.
Y con mucho dolor, al día siguiente se despidió de mí besándome la frente, desgarrado, como si nunca más me fuera a volver a ver.
─¿Y os volvisteis a encontrar?
Raira hizo un amago de contestar pero no encontró las palabras necesarias.
─Bueno, pasaron cosas con las que yo no contaba y…
─añadió en tono funesto. Luego volvió al hilo de su narración─.
En fin, cuando terminé mi iniciación Elkerael y yo nos separamos.
Entonces me dirigí a Virim en solitario.
Era una joven nawal dispuesta a interpretar cada experiencia como una lección más de la escuela del alma.
Tenía energía, vigor, ideales, ganas de conocer mundo, de gozar de mi libertad aunque tuviera que pasar hambre y sed, calor o frío.
¡Daba igual! Mi cuerpo poseía la fortaleza suficiente, y mi espíritu, la fe.
Incluso en las peores circunstancias, el Cosmos proveía.
Siempre. Cuando vagaba por las calles, sola y sin dinero, desvalida en medio de la noche por uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, Casio me encontró. Y yo… me enamoré perdidamente de él.
Creta, Nilo y Lorick se miraron entre ellos. ¿Había dicho Casio? Raira percibió su inquietud e interrumpió su narración, abrumada, como si hubiera dicho algo malo.
─¿Casio, el director de la biblioteca? ─sugirió Creta. Attaegina no sabía de quién hablaban. Elkerael sí. Raira asintió. Se había puesto todavía más nerviosa.
─¿Lo conocéis? ─preguntó. Más bien parecía una súplica. Necesitaba saber de él encarecidamente. Entonces, cogiendo aire, Creta tomó la palabra en nombre de sus compañeros para darle la noticia.
─No, no lo conocemos… ─dudó─. Murió hace unos meses. El Patriarca lo mandó ejecutar.
Raira buscó de inmediato una confirmación en el rostro de Elkerael, que asintió apesadumbrado.
Ella no opinó, no abrió los labios, no gesticuló siquiera.
Pero Atti pudo escuchar cómo se quebraba su corazón.
También fue capaz de sentir el modo en que su aliento se tornaba frío y su pecho se vaciaba como un fuelle incapaz de avivar el fuego de la vida.
Lágrimas silenciosas, como aguijones de escorpión en el sigilo de la arena, herían en esos instantes los ojos de la nawal .
Y Attaegina, por primera vez desde que se encontraba en presencia de Raira, dejó de observarla con recelo y la compadeció, pues el dolor de su alma era muy similar al de ella.
La diferencia era que Halcón, a pesar de todo, seguía vivo…
─Querida, ¿quieres que se lo cuente yo? ─propuso Elkerael dispuesto a levantarse para ir a consolar a su discípula. Raira se opuso, resignada, asumiendo que no podía pasar más tiempo eludiendo la verdad y dando excusas para permanecer callada.
Mientras tanto, Attaegina ansiaba preguntarle quién era Casio y por qué era tan importante.
Mil pensamientos se agolpaban en su mente, algunos optimistas, otros nefastos, y necesitaba encajar todas las piezas para dar cuanto antes con una solución para salvar a Halcón, pero tenía la sensación de que Raira ya se sentía lo bastante agobiada como para insistirle, pues esa pobre mujer acababa de recibir en apenas unos minutos las dos peores noticias de su vida.
De hecho, Atti observó que le temblaba el labio inferior.
─Casio era un nawal ─declaró Raira después de unos instantes intentando que su voz sonara firme─.
Era el más osado de todos los nawales de Virim, nawales que contradecían en secreto el régimen del Patriarca, que soñaban con un mundo justo y que llevaban siglos planeando la caída de Nabor…
─Un recuerdo hermoso en medio de la tormenta logró arrancarle una débil sonrisa─.
Y tenía los ojos dorados como la miel, de un color tan intenso que me recordaba al brillo del sol.
Attaegina tuvo que luchar por no venirse abajo al acordarse de la mirada de Halcón, esa mirada radiante como el oro. Entre Raira y ella acababa de producirse una extraña conexión. Ambas se percataron, pero ninguna dio muestras a la otra. Ningún gesto, ningún guiño. Raira prosiguió:
─Casio y yo nos amábamos. Queríamos caminar juntos por la solitaria y complicada senda del espíritu.
Pero las cosas en Virim se complicaron. El Patriarca sospechaba de algunos de nosotros que conspirábamos contra él.
Entre ellos me encontraba yo. Casio, gracias a su buena reputación en la biblioteca y con los círculos intelectuales, fue capaz de encubrirnos.
Sin embargo, mi presencia en Virim era peligrosa para ambos, así que decidí marcharme una temporada al desierto.
Supuse que me iba a venir bien la soledad de las dunas hasta que el peligro pasara y pudiera regresar junto a mi amado.
Se quedó callada y Attaegina supo, por el modo en que respiraba, que todo ese veneno no era ni la mitad del que guardaba dentro, supurando en la herida, escociendo dentro de sus carnes. La peor parte venía ahora:
─El Cosmos es inescrutable, decimos los nawales …
Attaegina me entiende, ¿a que sí? ─Atti se esforzó por mostrar algo de complicidad con ella, aunque lo cierto es que las dos lloraban: Raira para purgar su pena, Attaegina para ayudarle a cargar con ella─.
Hui de Virim para escapar del peligro ignorando que el propio peligro saldría a mi encuentro fuera donde fuera.
Y me atrapó al atardecer del día que abandonaba la ciudad.
Virim ya había quedado atrás. El horizonte lo devoraba poco a poco a medida que me alejaba en dirección al sur.
Era hora de descansar. Me sentía agotada y sin fuerzas temiendo por la vida de Casio y rogando al Cosmos que nada le sucediera en mi ausencia, cuando me topé con otro nawal , uno vestido como los nómadas del Sari.
─El pavor invadió su expresión con el horror de una pesadilla revivida─. Yo no lo conocía. Él a mí, sí…
Asintió con la cabeza, varias veces. Attaegina se puso muy tensa. Creía saber lo que estaba a punto de contar porque ella también conocía esa manera de temer a alguien. Solo podía tratarse de una persona. Mejor dicho, de un diablo…
─Nabor me violó aquella noche ─reveló Raira al fin. Creta ahogó una exclamación. Nilo y Lorick no podían creerlo. Attaegina apretó los puños con rabia. Y Elkerael… El maestro se mostraba compungido.
─Una mujer puede superar eso ─continuó Raira─, eso y más cosas. Pero la incertidumbre de no saber a quién iba a parecerse mi hijo, si al amor de mi vida o al peor diablo de Nueva Pangea… Aquello me trastornó por completo.