El Rey de los Diablos (Las Reliquias del Nawal 3)
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CAPÍTULO 1
A estas alturas no queda nadie en Nueva Pangea que no conozca mi nombre: Attaegina Mentastro son palabras que hoy andan de boca en boca, de pueblo en pueblo.
Soy la chica ángel que Nabor busca con todo su imperio, a cualquier precio, a cambio de la mayor de las recompensas que jamás se haya concedido a un ciudadano.
Pero parece que también soy algo más, algo que me hace aún más codiciada que el resto de los ángeles: soy el Primer Ángel, el de las leyendas del pasado.
Aún no sé cómo ni por qué. Ni siquiera conservo recuerdos de esa existencia ni de la caída de la Antigua Pangea. No tengo alas. No sé volar.
Lo que sé a ciencia cierta es que el amor de mi vida me busca desesperadamente.
¿El motivo? Todos creen que Halcón quiere devorar mi corazón.
Todos están convencidos de que es el Ángel de la Codicia encarnado en un nuevo tiempo y en un nuevo cuerpo.
Pero yo no les creo: Halcón no es nada de eso, ¡puedo sentirlo en mis entrañas!
A pesar de haberlo visto convertido en ese monstruo, en el Rey de los Diablos…
yo sé lo que siento. Y el día en que comienza esta historia, empieza también mi búsqueda de la verdad. Para salvarlo. Para salvar a todos.
El hogar de Halcón se sentía vacío, desamparado.
No hablo solo de la tienda donde se crio.
Hablo del Desierto de Sari. Una luz turbia lamía los cielos reflejándose en las arenas con un filtro cetrino, falto de aliento.
Y la cicatriz que surcaba los cielos desde el día fatídico en que el Ángel de la Codicia fue despertado se ensanchaba poco a poco, con cada crepúsculo, abriendo una brecha oscura que amenazaba con tragarse el sol en cuestión de semanas.
Habíamos esperado a Raira durante horas y al fin nos recibía en su casa.
O, mejor dicho, la recibíamos nosotros. Allí, todos sentados en círculo sobre las esteras, la saludamos cortésmente en cuanto entró.
Los torug la habían avisado de nuestra visita, pero eso no la hizo ponerse menos nerviosa.
Al fin y al cabo, era madre. Daba igual qué edad tuviera su hijo, su único hijo, el que no había acudido.
En primer lugar, Raira hizo una ligera reverencia delante de Elkerael.
─Maestro ─lo saludó cortésmente. Su tez, a pesar de las marcas de la madurez, era hermosa, del mismo color que la de Halcón, aunque las cicatrices negras se habían cebado con ella aún con más crueldad que conmigo: en su cuello, en su pecho, en sus dedos y en sus brazos las llevaba.
Su cabellera rizada, que en la juventud debió de ser tan negra como la de su vástago, se componía ahora de una amalgama de grises que afianzaban su aspecto de mujer sabia.
Raira recordaba mucho a Halcón pero no tenía ojos de rapaz, sino una mirada oscura como el café y teñida por igual de su amargura.
─Ella, ¿es tu discípula? ─le preguntó a Elkerael mientras me señalaba. Su dicción no estaba impregnada del característico acento del desierto que, en cambio, sí tenía su hijo. ¿De dónde procedía Raira?
─No. Es la discípula de Halcón. Su futura esposa, por cierto. Y, además, es el Primer Ángel.
Raira se cubrió la boca con las manos, ahogando una exclamación, mientras se acercaba hasta mí con los ojos desorbitados. En aquel instante yo ignoraba qué significaba para ella toda esa información. Solo pude notar que temblaba de los pies a la cabeza.
─¿Cómo te llamas, joven? ─me preguntó.
─Attaegina Mentastro.
Se limitó a asentir. Luego observó a Creta, a Nilo, a Lorick. No comentó nada, simplemente parecía estar asegurándose de que todos eran de confianza, amigos de Halcón. Después nos invitó a sentarnos.
En silencio absoluto nos sirvió té. Sentí sus manos temblorosas cuando colocaba un pocillo caliente en las mías.
Sus ojos, mientras tanto, rehuían los míos concienzudamente, nublados por la carga de la culpa.
Luego, cuando ella también tomó asiento, respiró hondo, con la cabeza erguida hacia el cielo y los párpados cerrados. Y armándose de valor, comenzó:
─He rezado noches enteras, años enteros de mi vida, para que este día no llegara jamás.
Pero, ignorante de mí, compruebo una vez más que el Cosmos es inescrutable.
Y temo que… ─Se interrumpió haciendo un gran esfuerzo para no romper a llorar─.
Por favor, contadme primero por qué mi hijo no os ha acompañado hoy hasta aquí.
Después de varios segundos de incomodísimo silencio, fue Elkerael quien tomó la palabra. Sé que ella lo prefirió así, y no solo por el carácter amable del viejo maestro. Al fin y al cabo, él era como un padre para Raira y, de todos nosotros, quien mejor conocía a Halcón. Mejor incluso que yo.
Elkerael relató lo que había sucedido con Halcón en Teff, en el palacio de Nabor.
Y contó con no poco dolor la manera en que el Patriarca había despertado en el joven nawal al legendario Ángel de la Codicia.
Raira permaneció inmóvil como una estatua de terracota, oyendo en silencio el modo en que sus peores pesadillas habían cobrado forma en el cuerpo de su único hijo.
Sus ojos eran un manantial de penas y pesadumbres mientras su gesto continuaba inexpresivo.
Mientras tanto, yo la observaba de soslayo.
Despertaba en mí una mezcla de compasión con una rabia furibunda, como si yo sospechara que había algo que ella sabía y que había preferido mantener en secreto, alguna información valiosa que, de haberse sabido, tal vez podría haber evitado que Halcón se convirtiera en el hijo predilecto del Patriarca.
« Mantén la cabeza fría, Atti » , parecía decirme Creta a través de sus pensamientos, sentada muy cerca de mí. Y así lo hice. Al fin y al cabo, ¿qué me daba derecho a juzgar a la madre de Halcón?
Cuando Elkerael terminó de hablar, Raira se tomó unos minutos de silencio.
Nadie supo qué pasaba por su mente ni qué se retorcía en su memoria mientras ponía a calentar la tetera por segunda vez.
Entonces nos observó uno por uno, deteniéndo su mirada sobre mí en último lugar.
Y ese día la madre de Halcón reveló el mayor de sus secretos, uno que había guardado durante veintidós años bajo capas de vergüenza, miedo y deshonra.
Un secreto que no solo la implicaba a ella, sino también a su hijo… y a su presunto padre.